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Los temerarios del aire
The Gypsy Moths
     
    Director (es) : John Frankenheimer
    Año : 1969
    País (es) : USA
    Género : Drama
    Compañía productora : Frankenheimer-Lewis Productions para Metro-Goldwyn-Mayer
    Productor (es) : Bobby Roberts, Hal Landers
    Productor (es) ejecutivo (s) : Edward Lewis
    Compañía distribuidora : Metro-Goldwyn-Mayer Ibérica
    Guionista (s) : William Hanley
    Guión basado en : La novela de James Drought
    Fotografía : Philip H. Lathrop en Metrocolor
    Director (es) artistico (s) : George W. Davis, Cary Odell
    Decorados : Henry Grace, Jack Mills
    Vestuario : Bill Thomas
    Maquillaje : William Tuttle, John Truwe
    Música : Elmer Bernstein
    Montaje : Henry Berman
    Sonido : Tom Overton
    Efectos especiales : J. McMillan Johnson, Carroll L. Shepphird
    Ayudante (s) de dirección : Al Jennings
    Duración : 110 mn
   
     
    Burt Lancaster
Deborah Kerr
Scott Wilson
Gene Hackman
William Windom
Bonnie Bedelia
Sheree North
Carl Reindel
Ford Rainey
Dick Donforth
   
   
    Mike Rettig, Malcolm y Joe Browdy se dirigen a Bridgeville, una localidad del estado de Kansas para participar en un espectáculo de acrobacia aérea. El trío de paracaidistas supervisa la explanada donde se desarrollará el espectáculo para posteriormente dirigirse a casa de los tíos de Malcolm, el más joven de ellos. El matrimonio formado por Elizabeth y Allen Brandon, de marcado cariz conservador, acoge con alegría la llegada de Malcolm y la de sus dos veteranos compañeros. El denominador común de cada uno de los integrantes del equipo de paracaidistas es la capacidad de riesgo y la ausencia del apoyo de una mujer que les aliente en sus respectivas vidas. En el caso de Mike, cree que Elizabeth puede ser su última oportunidad para reiniciar una vida compartida con una mujer que le respete y le ame, mientras que Joe ahoga sus frustraciones en un burdel de la localidad y Malcolm proyecta formalizar una relación con Ann Burke, una bella estudiante que reside en casa de los Brandon.
   
   
   
PAISAJES HUMANOS
 
Por Joaquín Vallet Rodrigo 
John Frankenheimer se enfrenta a la dirección de Los temerarios del aire en un momento muy concreto de su carrera. Sus ocho primeros films, rodados en blanco y negro, se vinculan a unos rasgos temáticos de clarísimo contenido social —Los jóvenes salvajes (1960), Su propio infierno (1962)— o circunscritos a la política-ficción la cual, en el fondo, no oculta el carácter ideológico de su máximo responsable —El mensajero del miedo (1962), Siete días de mayo (1964)—. Todos ellos son films sobrios, austeros. Aún proponiendo constantes soluciones visuales caracterizadas por la heterodoxia (la utilización de objetivos de gran angular, sobre todo, en Plan diabólico), éstas se muestran directamente dependientes de las infraestructuras dramáticas que componen el film. Son, por tanto, parte indeleble de la personalidad del mismo y no un recurso exhibicionista propio del narcisismo de determinados autores, como sucedería pocos años después dentro de la industria cinematográfica estadounidense. Grand Prix (1966), sin embargo, rompe parte de estos esquemas. Su carácter de superproducción se intenta combinar con cierta tendencia a mantener un poso de intimismo en el tratamiento de los personajes. Algo que también se encuentra en El hombre de Kiev (1968) aunque, en ambos casos, el peso de la envergadura industrial de los films acabe siendo más potente que la mirada esencialmente humana. Ejemplos de ello se encuentran en el montaje fragmentado de Grand Prix o la inclinación al exceso en la composición de la puesta en escena de El hombre de Kiev.
Los temerarios del aire, por consiguiente, se desplaza de los aspectos más superficiales exhibidos en las dos películas anteriores y vuelve a transitar por los derroteros del intimismo y las incidencias personales. De hecho, el film está casi desprovisto de acción, ya que los recursos que utiliza para hacer avanzar la historia son casi mínimos, cuando no directamente inexistentes. Lo que copa toda la atención de Frankenheimer es la construcción de unos caracteres que posean la suficiente entidad para convertirse en el centro neurálgico de la función. Mucho más que la historia escenificada o la manera con la que ésta pueda narrada. De hecho, la dirección del autor de El hombre de Alcatraz (1962) llega a unos extremos de sobriedad completamente inusuales en sus piezas pretéritas. Las lentes deformantes o las composiciones expresivas dan paso a la colocación de la cámara a la altura de los ojos y al deseo por escrutar la psicología de los seres que aparecen en el film. En efecto, el clima de lasitud que preside toda la obra está directamente relacionado con el estado emocional de los protagonistas.
   Mike Rettig (Burt Lancaster) es un ser de vuelta de todo, que ha construído su cosmos vital en las acrobacias aéreas, hallando una única salida al vacío que lo reconcome en ir cada vez un paso más allá en el nivel de riesgo de su trabajo. Elizabeth (Deborah Kerr) aparece como una especie de segunda oportunidad. Una mujer que también concibe la vida desde el hastío y que comparte con él la sensación de soledad. Elizabeth siente, de inmediato, una profunda fascinación por el peligro de la profesión de Mike. Un peligro de tendencias suicidas que se adhiere al ánimo de la mujer, anclada en un matrimonio inerte y una comunidad hueca. Mike y Elizabeth, de hecho, participan de gestos comunes, de miradas furtivas que solo ellos interpretan de la manera adecuada. Y, de hecho, la muerte de Mike no hace variar en absoluto el gesto impertérrito de la mujer sabedora, quizá, de las intenciones del acróbata y, asimismo, dando plena comprensión a un gesto que ella no tiene la valentía de realizar. Joe (Gene Hackman), por su parte, desea huír con todas sus fuerzas del ambiente en el que está envuelto. Se aferra a la religión como una manera de encontrar sentido al camino que ha elegido aunque, en el fondo, no posea una conducta moralmente aceptada dentro de los preceptos cristianos. Su constante ironía es solo el armazón que oculta un vacío de idéntica magnitud al de Mike o Elizabeth.
   Con el personaje de Malcolm comienzan los problemas de Los temerarios del aire, ya que, comparativamente a la fuerza que poseen los ya citados, el interpretado por Scott Wilson apenas tiene mayor trascendencia. Completamente obviado durante buena parte del film y recuperado con cierta torpeza en el tercio final, se ve desprovisto de la entidad necesaria y, en muchos aspectos, aparece únicamente como la «excusa» para que el resto de personajes se puedan encontrar. Algo que también se puede decir del de Annie (Bonnie Bedelia), condenado a ser un mero objeto decorativo. En este aspecto, Frankenheimer parece no ir más allá en las posibilidades que ofrecen ambos personajes: Malcolm como alguien que aún tiene toda la vida por delante y que no se da cuenta de que se encamina a idéntico abismo que sus colegas y Annie como su primera tabla de salvamento. Es decir, el reverso «positivo» de la relación entre Mike y Elizabeth. Lamentablemente, estos aspectos temáticos apenas quedan trazados a lo largo del film, construyéndose las secuencias que tienen a ambos como protagonistas con sorprendente ramplonería.
   Sin ningún género de dudas, es éste el aspecto menos destacado de una película, en líneas generales, de notoria solidez. Frankenheimer logra dar pleno sentido a una historia, sobre el papel, completamente insignificante gracias a su habitual maestría en la dirección de actores y, sobre todo, a la concepción de una puesta en escena de contundente profundidad, que llegaría a una de sus más altas cotas apenas un año después con Yo vigilo el camino
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Características DVD: Contenidos: Menús interactivos / Acceso directo a escenas. Formato: Pal 1.85:1 16:9 . Idiomas:  Castellano e Inglés. Subtítulos: Castellano. Duración: 107 mn. Distribuidora: Sony Pictures. Fecha de lanzamiento: 12 de abril de 2011.  
   
   
     
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THE GYPSY MOTHS (1969) 
Elmer Bernstein
Film Score Monthly FSMCD Vol. 5, No. 12, 2002. Duración: 60: 05. 

   
       
   

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