Ampliar imagen
   
Yo vigilo el camino
I Walk the Line
     
    Director (es) : John Frankenheimer
    Año : 1970
    País (es) : USA
    Género : Drama
    Compañía productora : Frankenheimer-Lewis Productions/Halycon/Atticus para Columbia
    Productor (es) : Harold D. Cohen
    Productor (es) ejecutivo (s) : Edward Lewis
    Compañía distribuidora : Suevia Films-Cesáreo González S. A.
    Guionista (s) : Alvin Sargent
    Guión basado en : La novela An Exile de Madison Jones
    Fotografía : David Walsh, en Eastmancolor y Panavisión
    Director (es) artistico (s) : Albert Brenner
    Vestuario : Lewis Brown
    Maquillaje : Ben Lane, Frank Prehoda, Jack Petty
    Música : Johnny Cash
    Montaje : Henry Berman, Harold Kress
    Sonido : Tom Overton, Arthur Piantadosi
    Ayudante (s) de dirección : Philip L. Parslow
    Duración : 95 mn
   
     
    Gregory Peck
Tuesday Weld
Estelle Parsons
Ralph Meeker
Jeff Dalton
Lonny Chapman
Jane Rose
Charles Durning
Freddie McCloud
J. C. Evans
Margaret A. Morris
Dodo Denney
Leo Yates
   
   
    Mientras realiza una inspección rutinaria por los alrededores de un pueblo de Mississippi, el sheriff Henry Tawes pasa por alto un incidente automovilístico al interceder la hermana mayor del chico que conducía sin permiso dada su corta edad. Progresivamente, Tawes se siente cada vez más atraído por esta joven rubia llamada Alma McCain hasta el punto de intentar rehacer su vida a su lado, hastiado de la convivencia con su esposa Ellen Haney. Al cabo de unos días, Ellen es consciente de las relaciones extramatrimoniales de su marido, mientras Alma se ve forzada a mantener un idilio con una persona unos veinte años mayor que ella para encubrir a su familia que se dedica a la fabricación clandestina de licor.
   
   
   

POSIBILIDAD DE ESCAPE
 
Por Lluís Vilanova
Cuando en 1970 John Frankenheimer se hace cargo del rodaje de Yo vigilo el camino es un hombre esencialmente conocido en la industria por su compromiso político, de orientación izquierdista y liberal, que le había llevado hasta entonces a construir la mayor parte de sus películas en función del discurso político y/o social que contenían: la delincuencia juvenil como consecuencia de una sociedad despreocupada hacia los miembros más jóvenes de la misma —Los jóvenes salvajes (1961)—; la posibilidad de encontrarse a uno mismo en un contexto, el carcelario, más dirigido a la represión que no a la rehabilitación —El hombre de Alcatraz (1962)—; los fantasmas de la Guerra Fría, el miedo al comunismo y la utilización interesada de los mismos como medio para acceder al poder aún a cuesta de hacer tambalear el sistema democrático —El mensajero del miedo (1962) y Siete días de mayo (1964)—; el cuestionable sacrificio del individuo para salvaguardar el orgullo de la nación y los desmanes provocados por el sinsentido de la codicia humana en un escenario caótico propicio para que los mismos pasen desapercibidos —El tren (1964)—; el antisemitismo mostrado a través de la crónica de una terrible injusticia personal — El hombre de Kiev (1968)... —. Todos estos títulos eran y siguen siendo reveladores tanto de las aptitudes del cineasta (su hábil dirección de actores, la seguridad en la composición del encuadre heredada de su previa experiencia televisiva y la importancia otorgada al montaje como medio para imprimir el adecuado ritmo a cada uno de sus trabajos) como de sus carencias, entre las cuales la más manifiesta sería la misma que sufren todos los que profesan que no hay mejor manera de transmitir una idea (más aún si se está convencido de la trascendencia de la misma) que recalcándola más allá de lo necesario, poniendo el acento una y otra vez en los aspectos más evidentes de aquella, consiguiendo con ello a veces el efecto contrario al deseado, que no es otro que el desapego ocasionado por el afán subrayador. Aquí entrarían sus composiciones «psicológicas» con algún personaje ocupando el plano con preeminencia respecto de los demás o su recurso a la palabra para enfatizar el discurso, presentes incluso en sus películas más interesantes —Siete días de mayo— y responsables de la reducción de otras a poco más que un catálogo de evidencias y buenas intenciones —Los jóvenes salvajes, El hombre de Alcatraz—. Con todo, las virtudes enumeradas unidas al propio interés que pudiera tener el discurso en sí mismo considerado y a la convicción de su exposición por parte del cineasta (pienso, por ejemplo, en la cadena de sucesos que llevan al personaje encarnado por Kirk Douglas en Siete días de mayo a intuir la existencia de un posible complot encabezado por su superior, el General Scott (Burt Lancaster) dirigido a derrocar al presidente electo; o bien en los planos con los que termina El tren, que relacionan las cajas que contienen las pinturas saqueadas por el Coronel Von Waldheim (Paul Scofield) con un puñado de víctimas de su desmedida codicia, ambas desparramadas por la ladera que separa los raíles del tren de una carretera) conseguían que parte de aquellos defectos fueran hasta cierto punto perdonables a lo que ayudaría, y no poco, la adscripción de buena parte de los títulos citados a cierta concepción de thriller conspirativo (las referidas El mensajero del miedo y Siete días de mayo) o de película trepidante (los continuos sabotajes y muy especialmente los magníficos quince minutos finales de la antes aludida El tren) con los que Frankenheimer parecía sentirse cómodo y a los que recurriría en reiteradas ocasiones a lo largo de su carrera, sobre todo a raíz del éxito de Domingo negro (1977).
No obstante, en Yo vigilo el camino John Frankenheimer se aleja de los ambientes conspirativos cercanos al poder y su intención tampoco pasa por impartir ninguna lección de historia, concienciar al espectador sobre una realidad social latente u ofrecer una película de acción vibrante en que la acumulación de incidencias marque su ritmo, sino más bien todo lo contrario; su progresión no se sustenta tanto en la narración de unos hechos (la anécdota argumental es mínima) como en la repercusión que los mismos tienen en su protagonista, un hombre ya maduro recluido en una prisión de barrotes «invisibles» pero mucho más sólidos que los que retenían al Robert Stroud (Burt Lancaster) de El hombre de Alcatraz.
   Henry Tawes (un Gregory Peck en otra demostración de cómo encarnar a personajes de convulso mundo interior) es el sheriff de una población de mala muerte en lo que lo más interesante que sucede es que a uno de sus vecinos le han cortado uno de los árboles de su jardín. Su quehacer diario trascurre entre papeleos inútiles y patrullas que no llevan a ningún sitio por los aledaños de la localidad. Él está casado y tiene una pequeña hija, pero su mente no parece estar puesta en ellas y el amor hacia su esposa (Estelle Parsons) de haber existido alguna vez ya hace tiempo que se desvaneció. El tedio, el hastío, la convicción de que su vida se ha reducido a seguir una línea recta de remoto principio e inevitable desenlace se han apoderado de su existencia cotidiana. Pero para el sheriff Tawes toda está a punto de cambiar: su encuentro durante una de sus rutinarias rondas con Alma Mc Cain (la ex reina de la belleza Tuesday Weld, aquí en su papel más memorable) que junto con su padre Carl (Ralph Meeker) y su dos hermanos se ha instalado en fecha reciente en una casa sita en las afueras del pueblo, significará para él un rayo de esperanza en su adormecida vida, una posibilidad de escape a un destino al que ya parecía haberse resignado.
  A los que les pueda sorprender el planteamiento y desarrollo de Yo vigilo el camino, de aire existencialista. sólo hay que recordar que el mismo no era en 1970 nuevo para el cineasta: Plan diabólico (1966), bajo su manto de film de ciencia-ficción, no disimulaba su condición de crónica sobre el miedo a la vejez y a la decrepitud, y a los acrobáticos paracaidistas de la inmediatamente anterior Los temerarios del aire (1969), les angustiaba más su falta de arraigo y las oportunidades perdidas en la vida, que les han llevado a convertirse en unos «bufones» al servicio de la fugaz diversión de lugareños con ansias de emociones fuertes, que no la peligrosidad de su oficio. Ocurre, no obstante, que en Yo vigilo el camino todo ello resulta mucho más sutil (algo sorprendente en un cineasta entre cuyas mejores cualidades no se encontraba, por lo general, ésta) y, además, se encuentra mejor contado que en los otros dos títulos citados. Aquí no hay sitio para las lamentaciones a gritos provocadas por los efectos del alcohol y para los grandes angulares y encuadres rebuscados heredados del peor Orson Welles que invalidaban parcialmente la, por otra parte, bastante insólita Plan diabólico; ni tampoco se cae en el error de prestar demasiada atención a aspectos secundarios (las excesivas escenas aéreas) ni optar por un final hasta cierto punto esperanzador que suponga para unos de sus protagonistas un punto y aparte a partir del cual podrá encarar con mayor optimismo el futuro, como sucede en Los temerarios del aire. Digámoslo de otro modo, en Yo vigilo el camino el cineasta norteamericano supo encontrar el tono adecuado que requería lo narrado y, tal vez, consciente de las posibilidades del material que tenía entre manos (guión de Alvin Sargent a partir de la novela An Exile de Madison Jones) aparcó casi en su totalidad la ampulosidad y la tendencia al subrayado que atenuaban el alcance de otras interesantes propuestas suyas. Cierto es que a Yo vigilo el camino se le puede reprochar que las canciones de Johnny Cash que puntúan la narración y cuya letra va dirigida a concienciar de la necesidad de apartarse a veces del camino que se nos ha asignado en la vida y de tener a alguien a nuestro lado en el empeño, no siempre suenan en los momentos más oportunos (por el contrario, en otros, como la escena posterior a la proyección en el autocine o en el desolador final sí que cumplen eficazmente su cometido) y que la peligrosa propensión al artificio cinematográfico del cineasta todavía hace acto de presencia en algunos momentos (Cfr. la conversación acerca de los Mc Cain que mantienen el ayudante de Tawes y el agente federal situados ambos en primer termino del encuadre mientras que el sheriff permanece al fondo del mismo entrevisto en medio del espacio que dejan los otros dos), pero son pecata minuta en comparación con todo lo positivo que a cambio ofrece la película de Frankenheimer.
Yo vigilo el camino cuenta, aparentemente, la desaforada pasión amorosa profesada por el sheriff Tawes hacia Alma, pero en realidad ésta sólo es el desencadenante para mostrar la profunda e irreversible angustia vital a la que parece condenado el sheriff; un malestar provocado por la conciencia de haber llegado a un punto en la vida en que ésta se ha convertido en una sucesión diaria de inanes «rituales» a la espera de la llegada de la vejez. Un encierro en vida ya intuido en la escena de apertura que muestra a nuestro protagonista abstraído, con la mirada perdida en el pantano que marca los límites de su jurisdicción, sin reparar en las repetidas llamadas radiofónicas de uno de sus subordinados para que acuda a atender una (otra) de sus rutinarias tareas. No es de extrañar, pues, que cuando su esposa, enterada de la relación que mantiene con Alma, intente ser comprensible con él apelando a la idea de la transitoria necesidad que tienen algunos hombres maduros de correr una aventura con mujeres mucho más jóvenes, aquél sea incapaz de hacerle partícipe de una desazón que escapa al entendimiento de la mujer.
   Frankenheimer muestra de manera transparente, sin resquicios para la esperanza, como la fugaz relación que mantendrán el sheriff y la recién llegada durante apenas unos días se sostiene sobre pilares de barro. De tal manera, si para Henry Tawes la misma es una desesperada puerta de escape para recuperar el tiempo perdido, para dejar atrás su letárgica existencia, para la muchacha no es más que una diversión tan ligada a su juventud como a la existencia que le ha tocado vivir debido a las actividades de su padre y hermano mayor —encaminadas a destilar whisky de manera ilegal para su posterior contrabando— que la llevan a saltar de pueblo en pueblo con relativa frecuencia para eludir la justicia; es más, aún sin saberlo él, Alma ya está casada con un chico al que apenas conocía y que actualmente cumple pena en prisión. En este sentido sólo cabe prestar atención a la cena en casa de Tawes entre éste y su familia después de que los destinos del sheriff y la hija del contrabandista ya se hayan cruzado, en la que Frankenheimer sólo necesita de un casi imperceptible acercamiento de la cámara al rostro de Gregory Peck para mostrar cómo los pensamientos de su personaje no están puestos en la anodina charla que mantiene con su esposa e hija sino en el recuerdo de su encuentro matutino; o a la escena posterior a la proyección en un autocine de una película protagonizada por Jerry Lewis, La otra cara del gangster (1967), en la que la contenida felicidad de Tawes durante su trayecto de regreso a casa no viene provocada por las excelencias de la película ni por verse acompañado de su familia sino por el hecho de compartir de manera secreta parte del camino con su amada; y, a continuación, contrastarlas todas ellas con las que el cineasta dedica a Alma con su padre y sus hermanos después de haber estado con su maduro amante. En estas últimas la emoción que, se supone, debería presidir una relación amorosa en sus inicios es la gran ausente —es más, incluso hay un momento en que todos ellos irrumpen en carcajadas al enterarse de los planes de fuga que el sheriff tiene pensado para Alma—, y van encauzadas más bien a transmitir la idea de que el romance no tiene otro objetivo que mantener alejado al sheriff de los ilícitos asuntos que se traen entre manos los miembros masculinos del clan Mc Clain.
   Ambas sensibilidades, la juvenil y juguetona de Alma, y la madura y desesperada de Henry, se encontrarán en una escena extraordinaria desarrollada en la casa, ahora deshabitada y con evidentes signos de los estragos producidos por el abandono, en la que transcurrió la infancia de aquél. Si para Alma el paseo por los restos del ruinoso caserón tiene lo que una visita a una mansión (falsamente) encantada, con sus estancias vacías y sus escaleras carcomidas; una ocasión para exteriorizar su jovialidad, para el sheriff Tawes es, en cambio, el lugar idóneo para oficializar su despedida —del recuerdo de su infancia y juventud y con ellas de la promesa no cumplida de un futuro menos gris— y abrazar abiertamente la posibilidad de una nueva (última) oportunidad para él, haciendo partícipe a Alma de los planes que tiene pensados para ambos que pasan por una utópica fuga a la ciudad en la que nadie más que él parece creer.
Como no podía suceder de otro modo, los acontecimientos se precipitarán a partir del momento en que Tawes averigüe que la muchacha está casada y que el inoportuno regreso del agente federal amenace con poner al descubierto las actividades de los Mc Cain. Tawes presionará entonces a la muchacha para que parta con él lo antes posible, en otro momento resuelto admirablemente por el cineasta: su despedida en el campo acompañada de la promesa de un pronto reencuentro viene desmentida por la manera de filmarla de Frankenheimer que mantiene al Sheriff en primer plano y, por el contrario, a Alma en plano general, alejada de su interlocutor, sugiriendo de esta manera que las intenciones de la chica distan de ser las que desea su amante.
   Los últimos quince minutos de Yo vigilo el camino bien podrían ser considerados los más intensos jamás legados al cine por su responsable: una vez se ha desembarazado del molesto cadáver de su ayudante, abatido por los Mc Cain cuando intentaba aprovecharse de Alma, el sheriff Tawes parte en busca de su amada, primero a su antiguo hogar y luego a la vivienda que el clan ha utilizado durante su breve estancia en el pueblo, siendo recibido sólo por el silencio, en unos instantes en que el peso de la ausencia se hace dolorosamente hiriente. Pero el atolondrado servidor de la Ley aún intentará una última y desesperada jugada al emprender una loca carrera por la carretera tras la furgoneta de los Mc Cain consiguiendo finalmente interceptarlos. No obstante, lo que le espera a Tawes no será recuperar Alma, para la cual el desenfrenado interés amoroso del sheriff se ha convertido más en un motivo de agobio que no de diversión, sino ver, lastimado y humillado, como su última oportunidad de escape se evapora para siempre. Frankenheimer cierra su película mostrando una serie de imágenes de la población en donde ha transcurrido toda la vida del sheriff Tawes; viviendas abandonadas, cementerios de vehículos e individuos envejecidos dejando transcurrir el tiempo inmóviles bajo el porche de sus hogares nos conducen nuevamente a la carretera en donde todavía permanece el sheriff. Frankenheimer congela la imagen sobre su rostro integrándolo así definitivamente en el «museo de horrores» que nos acaba de presentar y en el que Henry Tawes permanecerá el resto de su existencia.•
   
     
Comprar en fnac.es
   
Características DVD: Contenidos: Menús interactivos / Acceso directo a escenas. Formato:  Pal 16:9. Idiomas:   Castellano e Inglés. Subtítulos: Castellano. Duración: 95 mn. Distribuidora:  Suevia Films/Ida Films. Fecha de lanzamiento: 15 de septiembre de 2010. 
   
       
   

Ver comentarios    Ingresar comentario

Valoración media: 8,6

Comentarios: 1   (Ver)

Total de votos: 8


¿Qué valoración le darías a esta película?

Valoración:

Enviar