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El señor de los anillos: la comunidad del anillo
The Lord of the Rings: The Fellowship of the Ring
     
    Director (es) : Peter Jackson
    Año : 2001
    País (es) : USA
    Género : Fantástica
    Compañía productora : Wingnut Films para New Line Cinema
    Productor (es) : Barrie M. Osborne, Peter Jackson, Fran Walsh, Tim Sanders
    Productor (es) ejecutivo (s) : Mark Ordesky, Bob Weinstein, Harvey Wenstein, Robert Shaye, Michael Lynne
    Compañía distribuidora : Aurum
    Guionista (s) : Fran Walsh, Philippa Boyens, Peter Jackson
    Guión basado en : en la novela homónima de J. R. R. Tolkein
    Fotografía : Andrew Lesnie, Deluxe color
    Diseño de producción : Grant Major
    Director (es) artistico (s) : Mark Robins, Joe Bleakley, Philip Ivey, Rob Outterside, Dan Hennah
    Decorados : Dan Hennah
    Vestuario : Ngila Dickson, Richard Taylor
    Maquillaje : Bronwyn Knott, Kerryn Roberts, Lenore Stewart, Janine Schneider, Tera Treanor, Noreen Wilkie, Jeremy Woodhead, Margaret Aston, Rick Findlater
    Música : Howard Shore
    Montaje : John Gilbert
    Montaje de sonido : Timothy Nielsen, John McKay, Ethan Van der Ryn, Brent Burge, Mike Hopkins
    Sonido : Malcolm Cromie, Ken Saville, Hammond Peek
    Efectos especiales : Jim Rygiel
    Ayudante (s) de dirección : Carolynne Cunningham, Marc Ashton, Eric Houghton
    Duración : 178 mn; 208 mn
   
     
    Sir Ian McKellen
Sir Ian Holm
Christopher Lee
Elijah Wood
Liv Tyler
Viggo Mortensen
Sean Astin
Cate Blanchett
John Rhys-Davies
Billy Boyd
Sean Bean
Orlando Bloom
   
   
    La legendaria Tierra Media está poblada por infinidad de criaturas, algunas bellas y luminosas, otras horribles y oscuras, y se rige por unos poderes que escapan a la comprensión de muchos de esos seres. Los elfos son la raza más antigua; son inmortales, aman a todos los seres que respetan la vida, y son los guardianes de la sabiduria de los antiguos. Los hombres son orgullosos y sólo se preocupan por su bienestar. La raza de los enanos se mantiene ocupada con sus tradiciones mineras, y se mantienen apartados de las demás razas. Por último, los hobbits son pequeñas criaturas, dadas a la vida en comunidad, trabajando la tierra y manteniendo sus costumbres ancestrales. Después de miles de años, Sauron, el señor oscuro, que ha recuperado parte de su maligno poder, se erige de nuevo en una amenaza para todos los pueblos libres de la Tierra Media. Gracias a sus ejércitos de orcos, las criaturas más horribles y ruinosas, siembra de nuevo el terror. Sauron persigue recuperar el anillo único, que antaño forjó en el Monte del Destino, para así aumentar su poder hasta hacerlo irresistible. Cuatro Hobbits: Frodo, Sam, Merry y Pippin; dos hombres: Boromir y Aragorn; un elfo: Legolas; un enano: Guimli; y un mago: Gandalf el Gris, se embarcan en una grandiosa aventura para destruir el anillo, que obra en poder de Frodo, y librar así a toda la Tierra Media de la terrible amenaza que se cierne sobre ella.
   
   
   

LOS «OCHO MAGNÍFICOS»
 
Por Christian Aguilera
Por la complejidad de la empresa, la adaptación a la gran pantalla de la mastodóntica novela El señor de los anillos parecía advertirse como un imposible desde que John Boorman, después de buscar la aprobación del autor de la misma, J. R. R. Tolkien (1890-1973), tratara de persuadir a los directivos de la Disney sobre un proyecto que, al medio y largo, les reportaría unos réditos económicos espectaculares. El cineasta británico gozaba por aquel entonces —la primera mitad de la década de los setenta— de una reputación que el paso del tiempo minaría considerablemente tras encadenar una serie de erráticas apuestas que fracasaron en taquilla. El proyecto, que no convenció a Disney por la carga de violencia que contiene el relato original y por la desmesura del presupuesto —concebido en tres partes con un minutaje total de trescientos minutos—, acabaría siendo «traspasado» a Ralph Bakshi, quien presentaría a la compañía de Saul Zaentz (Alguien voló sobre el nido del cuco) la idea de combinar dibujos animados —la especialidad del realizador de origen palestino— con personajes de carne y hueso. Lo insólito de la propuesta acabaría pasando factura, quedando inconclusa una película cuyas «estrellas» se situaban fuera de las pantallas, esto es, las voces que Bakshi había seleccionado mientras un «ejército» de dibujantes trataba de resolver el entuerto de compartir protagonismo con personajes reales. De aquel costoso «naufragio» tan sólo lograría salir «a flote» la extraordinaria partitura de Leonard Rosenmann, objeto de veneración por parte de los aficionados a las bandas sonoras, no así un film que por su propia naturaleza de obra inacabada estaría marcada a fuego por el concepto de obra maldita.
   Parece, pues, que cae por su mismo peso que semejantes antecedentes no ayudaban a confiar precisamente en la idea de rescatar El señor de los anillos para la «causa» cinematográfica, cuyo destino parecía dirigido hacia el espacio de obras literarias que aguardan la enésima oportunidad por ser «revisitadas» en la gran pantalla, pero igualmente «condenadas» a perecer en el intento, léase En busca del tiempo perdido de Marcel Poust, El guardián entre el centeno de J. D. Salinger o El cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell.  Por ventura, al cumplirse el 50 aniversario de la publicación de El señor de los anillos el interés por la obra magna de Tolkien renació bajo nuevos estímulos provenientes de las Antípodas. No en vano, el paisaje fantástico imaginado por el escritor británico llamaba, a juicio de varios analistas, a corresponderse con las tierras salvajes de Nueva Zelanda, país donde son oriundos Peter Jackson y su esposa Fran Walsh, los principales instigadores a la hora de desenterrar el «hacha de guerra» de un proyecto que había dormido en los cajones de las oficinas de distintas productoras. Alentados por el entusiasmo de Jackson y Walsh, New Line Cinema, después de sopesar diversas opciones, dieron vía libre al proyecto una vez constatado que el advenimiento de las técnicas digitales hacía posible el «milagro». Los directivos de New Line Cinema sabían que podrían ganar la partida de antemano si se cumplía el requisito de la fidelidad al «espíritu» del texto escrito por Tolkien a lo largo de una docena de años; los lectores de El señor de los anillos se contabilizaban por millones y todos los vaticinios apuntaban a que se incrementarían aritméticamente si se daba un paso al frente y se anunciaba el rodaje de un solo film aproximadamente de once horas de duración que, por imperativos de distribución  se presentaría en tres partes y y con sus respectivas versiones reducidas. Fran Walsh, ex cantante de una banda punk, se atribuía el papel de «celadora» de ese «espíritu Tolkien» por cuanto, tras numerosas lecturas, conocía el detalle el universo pergeñado por el erudito y políglota de nacionalidad inglesa. Solo así se llegaría a un guión satisfactorio que se ganaría el beneplácito de New Line al entrar en el tramo final del siglo XX que se «coronaría» con un plan de rodaje de más de un año, un tiempo nada desproporcionado si tenemos en cuenta lo extenso de su metraje.
 
El señor de los anillos: la comunidad del anillo, primera entrega
 
Enfrentarse al análisis de El señor de los anillos dividiéndolo en tres partes tiene tanto sentido como hacerlo en dos entregas, pongamos por caso, Novecento (1976) o Érase una vez en América (1984). Pero la extensión del metraje —uno de los más largos de la historia del cine, al menos de los que han podido ser contemplados en la gran pantalla y no tan sólo en la mesa de montaje— invita a resolver los análisis en correspondencia con los tres «segmentos» que acabarían estrenándose por separado en un intervalo de un par de años. Salvado este inconveniente de partida, El señor de los anillos: la comunidad del anillo fija las coordenadas por las que transitarán las dos siguientes entregas, El señor de los anillos: las dos torres y El señor de los anillos: el retorno del Rey. En realidad, al haberse rodado con un sentido de continuidad, la percepción que estamos ante una sola obra fílmica es más que razonable, pero el desgaste que representa situarse frente a una pantalla por espacio de nueve u once horas (según se traten de las versiones «reducidas» o las «extendidas») —con los interludios que se consideren menester— hubiera modificado, me atrevo a decir, sustancialmente a la baja la valoración final. Es por ello que la combinación del factor sorpresa y la expectación que había despertado el proyecto desde su anuncio a finales de los años noventa hicieron mella en que La comunidad del anillo cobrara ventaja sobre las futuras valoraciones que se granjearían los dos «segmentos» siguientes. De esta impresión un servidor no pudo abstraerse y, al término de la visión del primer «segmento» no pude por menos que sumarme a las alabanzas sobre la que considero la primera obra maestra generada por el fantastique en el siglo XXI, aunque «cocinada» en los estertores del siglo pasado. La revisión de La comunidad del anillo matiza esa primera impresión en relación a algunos aspectos que hablan inevitablemente de la necesidad de sus artífices por allanar el camino a aquellos que no se habían enfrentado a la lectura de la obra capital de Tolkien, atendiendo a un encadenado de subrayados que restan fluidez a la narración. Pequeños inconvenientes que habían pasado inadvertidos en una primera lectura del film al sobrepasarnos su imaginería visual, el carácter novedoso y coral de la historia, pero que aun así sigo situando a El señor de los anillos en la cúspide de las propuestas cinematográficas de cariz fantástico-mitológico desarrolladas en la presente centuria.
La forma cómo Peter Jackson y Fran Walsh —con el concurso de Philippa Boyens— se enfrentaron a las primeras páginas del guión de El señor de los anillos: la comunidad del anillo en aras a traducirlo en imágenes por parte del primero representa un acierto absoluto. El concepto básico es el de insertar lo fantástico dentro de un ambiente de cotidianeidad que el público interpreta cercano a su propia realidad aunque recorrida por el sedal de lo bucólico; la Comarca, pues, no deja de ser ese espacio que reconocemos en nuestros periodos vacacionales, invadidos de verdor y que apelan al sentido de la joie de vivre. Un punto de arranque excelente para quedar «atrapados» y dejarnos llevar, como si de una montañas rusas se trataran (alternando espacios de relativa calma con pasajes dominados por una trepidante emoción no exenta de temor), por esos mundos que buscan traducir en imágenes lo plasmado en el papel por John Tolkien. Personajes que hacen de la afabilidad uno de sus trazos más visibles —los Hobbits Bilbo Bolsón (Sir Ian Holm) y Frodo Bolsón (Elijah Wood), y el mago Gandalf (Sir Ian McKellen)— se sitúan en un similar plano de empatía para con el espectador, que identifica a cada uno de ellos como los baluartes de un relato de ficción encardinado en un concepto de mundo fantástico con un envoltorio de realidad. La humanidad con los que dota a este trío y a los compañeros de Frodo —Sam (Sean Austin), Pippin (Billy Boyd) y Merry (Dominic Monaghan)— y crea un severo contraste con las formas «inhumanas» a los que acabarán enfrentándose —los Orcos proyectados por las Fuerzas del Mal lideradas por Saurión (Sir Christopher Lee, quien llegaría a conocer en persona al propio Tolkien)— en pos de un anillo que «dinamita» su significación como McGuffin para erigirse en ese «personaje» inanimado que sirve de engarce para distintos pasajes del film. El anillo se presenta bajo un manto metafórico al trazar un círculo invisible que contiene a los «nueve magníficos» dispuestos a sellar un sentimiento de lealtad llevado hasta las últimas consecuencias. Frank Walsh, Phillipa Boyens y Peter Jackson despojan esas infinitas «ramas» repletas de follaje que ofrece la vasta obra literaria para quedarse con un «tronco» común en el que prima el sentido de la aventura transitada por lo fantástico con algún que otro destello onírico al percibir esas conexiones que vinculan el anillo con Saurón —falto de su dedo anular como advertimos por dos veces en distintos momentos del relato fílmico— o el mundo «paralelo» en el que habitan los elfos. Con la relectura de La comunidad del anillo no es difícil dejarnos seducir por la idea de que el trío de guionistas trataron de buscar analogías entre el esquema narrativo de Los siete samuráis (1954) de Akira Kurosawa —del que sería partícipe su remake americano «encubierto», Los siete magníficos (1961)— pero fijando la acción en un marco netamente fantástico. Una observación que podría perderse frente a ese alud de sensaciones que reclama en el espectador una obra ejecutada con los medios suficientes como para ser concebida a golpe de espléndidas panorámicas aéreas que acentúan al sentido del riesgo y de la aventura iniciada en los dominios de Rivendal y que no nos abandonara hasta que Frodo salva in extremis a su compañero Sam de morir ahogado en el curso de un río caudaloso. El final de La comunidad del anillo que se corresponde con el punto de partida de Las dos torres. Valga, por tanto, el lugar donde se desarrolla esta secuencia en continuidad para indicar que el factor sorpresa quedaría sepultado en el fondo del río cuyo horizonte se pierde en el infinito. La aventura, en todo caso, continuaría con idénticos estándares de calidad pero con el contratiempo de pronosticar las reacciones de algunos de los personajes que orbitan en el mundo de ese gigante de las letras llamado J. R. R. Tolkien.•
   
     
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Características DVD: Contenidos: Disco 1: La película (Versión Extendida de la Película). Disco 2:  La película + material adicional: Comentarios de los equipos que participaron en la película. Disco 3: Del libro a la pantalla: Introduccion / J. R. R. Tolkien: creador de la Tierra Media / Del libro al guión / Visualizando la historia / Diseñando y construyendo la Tierra Media / Nueva Zelanda se convierte en la Tierra Media / Créditos. Disco 4: De la pantalla a la realidad: Introducción / Rodando la Comunidad del Anillo / Efectos visuales / Post-producción / El sonido y la música / Servicio de producción / Escala digital / El camino nunca se acaba / Atlas de la Tierra Media / Créditos / Los apéndices Tercera Parte - El Viaje continúa... Formato: 2.35:1, 16:9. Idiomas: Castellano e Inglés. Subtítulos: Castellano e Inglés. Duración: 200 mn. Distribuidora: Sony Pictures.

   
     
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Autor: J. R. R. Tolkien.
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THE LORD OF THE RINGS: THE FELLOWSHIP OF THE RINGS (2001) 
                                         
Howard Shore
Reprise Records 9362 48110 2, 2001. Duración: 71: 29. 
 

COMENTARIO (Por Christian Aguilera): Cuando todo hacía prever que Howard Leslie Shore (Toronto, 1946) estaba «condenado» a pasar a la historia de la música cinematográfica merced al tándem que aún sigue formando con su compatriota David Cronenberg, es más que factible que para una parte de aficionados al Séptimo Arte su nombre quede asociado a El señor de los anillos (2001-2003). Sin duda, la apuesta de Peter Jackson —consensuada con New Line Cinema, la compañía dispuesta a hacer un desembolso descomunal para llevar a cabo la adaptación de la novela homónima de J. R. R. Tolkien— por confiar en el compositor canadiense para tamaña empresa podría extrañar en ámbitos vinculados a la música de cine al adjudicársele la creación de una partitura que debía ser extraordinariamente diversa y cuantiosa. Así pues, a los oídos de algunos aficionados la elección de Jackson hubiera podido entrañar un cierto riesgo porque hasta entonces Shore solía moverse en producciones más bien modestas o medias, aunque por la relevancia que obtuvieron algunas de las mismas —léase El silencio de los corderos (1990) o Philadelphia (1993), ambas dirigidas por Jonathan Demme— podría indicar lo contrario. Shore, no obstante, ya había dado señales de querer «despegarse», ni que fuera intermitentemente, de esas atmósferas que apelaban a lo malsano y a lo turbulento en las cintas en las que compuso y sigue componiendo para Cronenberg. A partir de esta asociación, al músico canadiense le llovían ofertas que parecían ir una misma línea, aunque la pericia de cineastas como Robert Benton le El compositor canadiense Howard Shore,impulsaría a abrirse a otros universos compositivos. Su score para Ni un pelo de tonto (1994) daría la medida de ese cambio de «ordenamiento» en el devenir profesional de Shore. Un lustro más tarde Jackson contribuiría decisivamente a la hora de «reiventar» un nuevo perfil musical para el norteamericano, aquel que le daría vía libre para atacar cualquier flanco compositivo aunque siguiera prevaleciendo en el futuro su concurso en producciones en las que se extiende el concepto de lo insano y lo perverso. Es evidente que el neozelandés razonaría que «su» lectura de El señor de los anillos se correspondía, en determinados pasajes, con una partitura que subrayara el efecto de lo siniestro que, de una forma tan certeza, a la par que sutil, Shore había repercutido en relación a las imágenes creadas por David Cronenberg. A pesar de ello, la lógica hubiera dictado que James Horner, en el punto álgido de su andadura profesional, tomara las riendas de una macroproducción como El señor de los anillos que demandaba un concepto de música decantada hacia lo fastuoso. La decisión parecía, pues, dirimirse entre Shore y Horner, pero a la postre el primero quedaría facultado para concebir una obra de dimensiones operísticas que tan sólo en el recorrido de una década, a mi juicio, le valdría para ser ascendida al estadio de las grandes partituras sinfónicas para cine de los últimos tiempos, y en cierta manera, obteniendo los «galones» de clásico contemporáneo.
 
Una partitura sublime
 
La posibilidad de trabajar en un film de las dimensiones —en diversos aspectos—de El señor de los anillos no puede ser más que interpretado para un compositor como un «regalo». Lo es por cuanto entraña el reto de componer música que fluctúa constantemente entre lo mágico y lo real, lo ilusorio y lo mundano, lo fantástico y lo onírico. Valga el simil de «visualizar» un paisaje «mudo» en el que el «pincel» compositivo de Shore proyecta una gama de colores extraordinario sin menoscabo que el resultado final ofrezca un sentido homogéneo. La música escrita por Shore para el primer segmento de El señor de los anillos tiene la virtud de ir fluctuando por diversas líneas o capas compositivas pero sin perder comba una cierta uniformidad. Una vez listas las imágenes en los estudios de grabación, Peter Jackson debió intuir a las primeras de cambio que esa composición solemne que suele practicar Shore se ajustaba a la perfección, casi de una forma «mágica», a esas masas corales que tienen la característica común de expresarse en lenguas antiguas —el celta en el fragmento Concerning Hobbits— o inventadas —el Quenya y el Sadarín, extraídas del peculiar «diccionario de Tolkien», audible en el corte Lotherian—. Bien es cierto que, por otro lado, sin abandonar el peso coral de The Lord of the Rings, Howard Shore se plegaría a la voluntad de productores y director para dar un empaque más comercial a la propuesta con un par de temas cantados por una de las «musas» de la new age Enya —The Council of Elmond (Theme For Aragorn and Arwen), a modo de «interludio» amoroso, y May It Be, sobre fondo de los eternos títulos de crédito finales—. Una dualidad conceptual que asimismo asoma en el modo que Shore violenta al espectador con una aguerrida composición en la que vibra la percusión y los metales —preferentemente, destinadas a las escenas de batallas o aquellas que transcurren en el interior de la Mina de Maldaur— mientras que despliega esas cadencias que invitan a la parsimonia y al sosiego, arropadas por un cuerpo de flautas, violines y violas. The Lord of the Rings: The Fellowship of the Rings es, en definitiva, una partitura que oscila continuamente, ganando altura para, acto seguido, descender y buscar un remanso de paz en forma de una música que intima con un paisaje luminoso, virginal y vestido con el mejor traje de gala del que puede presumir la Madre Naturaleza. Una obra sinfónica de ominosa fuerza expresiva en simbiosis con un estudiado trabajo coral que ayuda a colocar en perspectiva que aquella función de más de tres horas —en su versión «extendida»— de duración tiene su epicentro en el terreno de lo mitológico y de lo fantástico. Como en infinidad de ocasiones hizo Bernard Herrmann, la música de Shore contribuye a sublimar unas imágenes que, en manos de otro compositor no tan competente hubiera quedado en «Tierra Media». El Oscar® refrendaría la labor desplegada por Shore a lo largo de varios meses. Éste se haría cargo de los otros dos segmentos de El señor de los anillos. El balance sería altamente favorable para el canadiense, con un total de tres estatuillas —dos para la banda sonora y otra en calidad de letrista de la canción Into the West, escuchada en El retorno del Rey (2003) en la voz de la ex Eurithmics Annie Lennox— y sobre todo el saberse que dio un gran paso hacia adelante a nivel artístico, a pocos años de cumplir su sesenta aniversario. Algo ciertamente poco frecuente.•
   
       
   

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