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Lolita
Lolita
     
    Director (es) : Stanley Kubrick
    Año : 1962
    País (es) : USA-GBR
    Género : Drama
    Compañía productora : Seven Arts/Anya Production/Transworld Pictures para Metro-Goldwyn-Mayer
    Productor (es) : James B. Harris
    Compañía distribuidora : Metro-Goldwyn-Mayer Ibérica
    Guionista (s) : Vladimir Nabokov
    Guión basado en : la novela homónima de Vladimir Nabokov
    Fotografía : Oswald Morris
    Director (es) artistico (s) : William Andrews
    Vestuario : Elsa Fennell, Barbara Gillet
    Maquillaje : George Parleton
    Música : Nelson Riddle
    Montaje : Anthony Harvey
    Sonido : Len Shilton, H. L. Bird
    Ayudante (s) de dirección : René Dupont, Roy Millichip, John Danischewsky
    Duración : 153 mn
   
     
    James Mason
Sue Lyon
Shelley Winters
Peter Sellers
Marianne Stone
Jerri Stovin
Diane Decker
Gary Cockrell
Suzanne Gibbs
Eric Lane
Roberta Shore
Shirley Douglas
William Green
Roland Brand
Colin Maitland
Cec Linder
Lois Maxwell
Marion Mathie
Craig Sams
John Harrison
James Dyreforth
Maxine Holden
   
   
    Humbert Humbert, un profesor de literatura inglesa de mediana edad, se traslada a una pequeña localidad de Nueva Inglaterra para seguir ejercerciendo la docencia. Humbert se instala en un casa donde vive la solterona Charlotte Haze y su hija de trece años, Lolita. El primer encuentro con Lolita despierta la atracción del nuevo inquilino, que se verá acrecentada con el paso del tiempo. Tras la muerte de Charlotte como consecuencia de un accidente de tráfico, Humbert decide viajar con Lolita sin un destino concreto. La extraña unión entre ambos despierta las sospechas del enigmático Clare Quilty.
   
   
   

LA TRAGEDIA DE HUMBERT HUMBERT
 
Por Tomás Fernández Valentí
«Lolita, luz de mi vida, fuego de mi entrañas». Así es como empieza Lolita, de Vladimir Nabokov, que el que suscribe se atreve en colocar entre las mejores novelas que haya leído en su vida y, si sus conocimientos literarios fuesen todo lo amplios que desearía, entre las mejores novelas que conoce de entre las que han sido publicadas a lo largo del siglo XX. Teniendo en cuenta la elevada calidad del libro de Nabokov, y la práctica imposibilidad de que una película fuese capaz de captar todos sus sugestivos matices, no hay más remedio que reconocer, de entrada, que el film homónimo de Stanley Kubrick no termina de estar a la altura del mismo. Ello no significa, en este caso, que nos hallemos ante una obra fallida ni mucho menos, antes al contrario: la Lolita de Kubrick es una magnífica película, en sí misma considerada y también como adaptación del maravilloso texto de Nabokov, quien además firmó el guión de esta adaptación al cine. El resultado de la colaboración del escritor en la película de Kubrick dio pie a una singular relación amor-odio con el film, dado que en declaraciones posteriores Nabokov explicaba que la Lolita de Kubrick le parecía una gran película, a pesar de que la primera vez que la vio le desagradaron ciertas innovaciones respecto al libro introducidas por Kubrick; pero que, a fin de cuentas, el film le interesaba porque le había servido, a nivel personal, para volver a ver su propia novela con otros ojos.
    Ya he mencionado que la adaptación de libro a la pantalla tal cual resulta prácticamente imposible, habida cuenta de que está narrado en primera persona y el relato abunda en acotaciones personales muy subjetivas sobre la vida de su protagonista y narrador, Humbert Humbert, de muy ardua traslación al cine. De hecho, es famosa la anécdota según la cual Kubrick habría ideado una primera secuencia destinada a describir gráficamente la atracción sexual del personaje por las niñas, luego suprimida por temor a incurrir en las iras de la censura y en las críticas de las ligas de opinión católicas (las cuales, a pesar de ello, no dejaron de atacar la película cuando se estrenó en los Estados Unidos; en España, donde fue prohibida por la censura franquista, lo hizo muchos años más tarde); en dicha secuencia debía verse una serie de fotografías de niñas, o cuanto menos adolescentes, acompañadas de una voz en off detallando las preferencias de Humbert Humbert por féminas tan jóvenes, o como él mismo las llama en el libro, «nínfulas». Sin embargo, si ya de por sí entrar en detalles respecto a esa cuestión resultaba complicado, cómo no iba a serlo trasladar al cine el espíritu de una novela tan brillante, llena de pasajes rebosantes de inteligentes observaciones sobre la vida y el comportamiento humanos, arrojados además con tanta ironía, como el que voy a mencionar ahora, y que no fue incluido en la película de Kubrick: me refiero a aquel fragmento, en los primeros capítulos del libro, en el que Humbert Humbert rememora cómo se separó de su primera mujer; esta última tenía un amante, un ruso alto y apuesto por el cual acabó abandonándole; un día, rota ya su relación por completo, la mujer de Humbert Humbert recogió sus cosas del piso de este último, y su amante ruso fue con ella a ayudarla a llevarse las maletas; el protagonista recuerda cómo se dio cuenta, cuando su ex mujer y su amante se marcharon, que el ruso había orinado en su inodoro y ni siquiera había tenido la decencia de tirar de la cadena; pero, a continuación, pasada su reacción inicial de furia y asco ante aquello, Humbert Humbert reflexiona al respecto, llegando a la conclusión de que quizá el ruso había mostrado más delicadeza y sensibilidad de lo que pudiera parecer a simple vista, habida cuenta que el ruido de la cisterna del váter sonando en medio de la despedida de Humbert Humbert y su ex mujer podría haber sonado «inoportuno» en tan incómoda situación… ¿Cómo llevar al cine semejante obra maestra de la ironía y de la buena literatura?
    Pues hay que reconocer que Stanley Kubrick resolvió excelentemente semejante papeleta. A pesar de que, por exigencias de la censura de la época, él y Nabokov tuvieron que escoger a una actriz relativamente «mayor» para interpretar a Lolita como Sue Lyon (téngase en cuenta que, en libro, Lolita apenas tiene doce años), lo cual desvirtúa en parte el sentido de la novela; y que, como ya he indicado, no pudo volcar en el film fragmentos del original literario tan excepcionales como el que he descrito líneas arriba (a pesar de que la película dura nada menos que 152 minutos; los cuales, por cierto, pasan en un suspiro), Lolita es un film excelente y un modélico ejemplo de adaptación literaria al cine.
Una primera alteración que llevó a cabo Kubrick respecto al libro, alteración en la forma pero no en el espíritu, consiste en que, a diferencia de este último, la película arranca con el clímax de la novela: una primera y magistral secuencia en la cual Humbert Humbert (James Mason) irrumpe en la mansión de Clare Quilty (Peter Sellers), el cínico y adinerado guionista de televisión por culpa del cual el primero acabó perdiendo para siempre el amor de Lolita (Sue Lyon), y le asesina a tiros. La secuencia, sin duda una de las páginas más brillantes legadas para la posteridad por Stanley Kubrick, y que se beneficia extraordinariamente de la labor de dos grandes actores, James Mason en la cumbre de su arte interpretativo y Peter Sellers resolviendo genialmente uno de sus más difíciles y complejos personajes, supone además una variante en relación a la novela que, lejos de ser una «traición» a la misma, tiene una determinada función. Consciente de que el momento culminante de la Lolita de Nabokov consiste en el reencuentro final de Humbert Humbert con una Lolita crecida, casada con otro hombre y embarazada (una Lolita que, para el protagonista, ha dejado de ser «su Lolita»), con esta variación Kubrick logró un doble propósito: abrir el film con una secuencia «fuerte», y reservar para el final de la película ese emotivo (y fallido) reencuentro entre los dos protagonistas; reencuentro que se cierra patéticamente con Humbert Humbert viéndose obligado a perder a Lolita por segunda vez, y ahora para siempre, y que se encadena con la llegada del primero, armado con una pistola y sediento de venganza, en la mansión de Quilty.
    Por otro lado, arrancando la narración con la consumación de la venganza de Humbert Humbert sobre Quilty, Kubrick logró también no sólo captar de inmediato toda la atención del espectador que no conociese la trama del libro de Nabokov, sino además justificar las posteriores elipsis en virtud de las cuales van llegando los momentos esenciales de un relato sostenido a golpes de intensidad. La película, en este sentido, es muy fiel a la novela, y al mismo tiempo la «aligera» en virtud de esas abundantes elipsis, por más que algunas de ellas ya se encuentren en el libro, aunque a simple vista pueda no parecerlo: véase, sin ir más lejos, esa escena en la que, a solas en la habitación del hotel, Lolita se acerca a Humbert Humbert y le propone jugar a un juego «muy divertido» al cual ella misma había jugado a menudo con el chico del campamento de señoritas del que acaba de ser recogida por Humbert Humbert; Lolita le susurra las reglas al oído a Humbert Humbert; éste se queda estupefacto al oírlas; la imagen, entonces, funde a negro… De este modo, tanto en la novela como en el film se insinúa la naturaleza sexual de ese «juego», pero en ambos casos nunca llegamos a conocer el contenido del mismo, quedando éste al albur de la imaginación del lector/espectador.
Lolita, versión Stanley Kubrick, es una honesta y a ratos extraordinaria traslación de la obra de Nabokov en la que el director de 2001: una odisea del espacio trabajó particularmente el contenido del plano y la dirección de actores, de tal manera que gestos y miradas, cuyo sentido se refuerza con excelentes diálogos llenos de dobles sentidos, contribuyen a ir creando una espesa atmósfera de mezquindad cotidiana y de secretas intenciones. La llegada de Humbert Humbert al hogar de los Haze para alquilar una habitación, donde la viuda Charlotte Haze (una no menos excepcional Shelley Winters) vive sola con su hija adolescente Dolores/Lolita, está construida sobre un gran sentido del detalle y a partir de la conjunción de dos deseos: el primero, evidente, de la viuda Haze con tal de alojar bajo su techo a un hombre atractivo que pueda ser candidato a «futuro marido» suyo (sic); y el segundo, que brota espontánea y sutilmente en Humbert Humbert al ver por primera vez a Lolita, tomando el sol en bikini en el jardín de la vivienda y decidiendo en ese mismo instante que se va a quedar allí. Todas las secuencias posteriores que describen la estancia de Humbert Humbert en el hogar de los Haze, espléndidamente filmadas por Kubrick, se apoyan en no poca medida en la interpretación magistral de Mason y Winters, en particular ese momento en el cual Charlotte, tras haber conseguido casarse con Humbert Humbert (petición a la cual este último ha accedido exclusivamente para así poder estar siempre cerca de Lolita), le avisa de que tiene pensado que la chica pase todo el verano fuera de casa en un campamento y que a continuación sea internada en un colegio religioso: la mirada de Mason, sin cambiar de expresión, revela sutilmente su frustración; luego, su forma de mirar la pistola que Charlotte tiene en su mesita de noche, le inspira la idea de asesinar a su esposa…
    Lolita es una tragedia en torno a un hombre peligrosamente obsesionado con una niña sexualmente precoz, maleducada, egoísta, vulgar y grosera; o lo que casi es lo mismo, la tragedia de un hombre inteligente fatalmente atraído por la vulgaridad de un mundo al cual quiere dar la espalda gracias a su pasión desenfrenada hacia una chiquilla que, sin que sepa verlo hasta que ya es demasiado tarde, personifica toda esa mezquindad de la cual pretende huir, refugiándose en un amor que tan sólo existe en su imaginación. De ahí que, a partir del momento en que, tras la muerte accidental de Charlotte indirectamente provocada por Humbert Humbert y el periplo de este último con Lolita buscando en vano un lugar donde poder vivir en plena libertad su amor prohibido, la película se va impregnando de una rara tensión, de un ambiente grotesco, propiciado en gran medida por las diversas apariciones, escondido o disfrazado, de Clare Quilty, el hombre que acabará seduciendo a Lolita y arrebatándosela a Humbert Humbert, y con ello quitándole su única razón para vivir.•                         
   
     
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Características DVD: Contenidos: Menús interactivos / Acceso directo a escenas / Trailer cinematográfico. Formato: Pal 1.66:1, 4:3. Idiomas: Alemán e Inglés. Subtítulos: Castellano, Inglés, Alemán, Holandés, Sueco, Noruego, Danés, Finlandés, Portugués, Hebreo, Polaco, Griego, Checo, Turco, Húngaro, Islandés, Croata, Francés, Italiano, Inglés para sordos y Alemán para sordos. Duración: 147 mn. Distribuidora: Warner Home Video.

   
     
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Editorial: Anagrama. 
Colección: Compactos «Tapa dura».  
Autor: Vladimir Nabokov.
Fecha de publicación: junio de 2007.
389 pp. 13,7 x 21,0 cm. Tapa dura.
 

COMENTARIO
(Por Christian Aguilera): En línea con la política de Anagrama por volver a reeditar títulos imperecederos de su impresionante catálogo con nuevas traducciones —recientemente nos ocupábamos de la de A sangre fría de Truman Capote—, ahora le toca el turno a Lolita (1955) del escritor ruso, afincado en los Estados Unidos, Vladimir Nabokov (1899-1977). Aprovechando que se cumple el 30 aniversario de su fallecimiento el día 2 de julio, la Editorial Anagrama publica, en tapa dura, dentro de la colección Compactos, este auténtico magisterio y culto a la prosa más elaborada y precisa que podamos encontrar entre la literatura del siglo XX. Es, por consiguiente, que la labor del traductor deviene básica para otorgar el verdadero sentido al texto literario original de Nabokov, ideado en forma de diario. Enrique Tejedor se había encargado de este cometido para las anteriores ediciones del sello barcelonés —hasta alcanzar un total de quince—y, en esta ocasión, le toma el relevo Francesc Roca. Cabe recordar que ambos han tenido o tuvieron que lidiar con un trabajo especialmente delicado, ya que Nabokov solía recurrir a los dobles sentidos, a los juegos de palabras dado, en parte, por su dominio de diversas lenguas —francés, alemán, ruso—y a constantes referencias literarias con el afán de vertir algunas puyas sobre sus colegas o simplemente para deleitarse en un ejercicio de erudición tan caro a su persona. Un refinamiento estilístico que le situaría entre la elite de los escritores nacidos en suelo soviético y que, tras su paso por Francia, recalaría en los Estados Unidos para alumbrar, entre otros títulos, su obra magna, Lolita, a los cincuenta y seis años de edad.
 
Un largo proceso creativo
 
Ya en su etapa rusa, Vladimir Nabkov creó una historia, ambientada en Florencia y París, sobre un adulto oriundo de centroeuropa enamorado de la hija adolescente de la mujer con la que contrae matrimonio. Ni el desenlace ni las localizaciones y otros tantos aspectos guardan relación con la novela que conocemos, pero sí le serviría de punto de partida para trazar el desarrollo emocional de un personaje, El escritor de origen ruso Vladimir Nabokov.Humbert Humbert, atrapado por la obsesión de una nínfula llamada Lolita. En una carta, fechada en noviembre de 1956, Nabokov habla en términos de «pulsión» para expresar la necesidad de vertir sobre el papel una idea primigenia que escapaba de sus propias experiencias personales. Instalado en la América puritana a finales de los años cuarenta, Nabokov creyó conveniente que su país de adopción sirviera como marco a una historia que ha trascendido a varias generaciones de lectores. Aplicado a la hora de tomar notas por nimias que parezcan, Nabokov creó un mundo que invita a la ensoñación, al deleite por su riqueza literaria, poblada de constantes modismos, giros verbales, de una erudición —como apuntábamos— que abarca desde los clásicos griegos hasta la literatura anglosajona o el arte bizantino. El empleo de la primera persona no hace más que avivar el sentido de que estamos ante la historia de una obsesión que deriva hacia la locura y, ya abandonada cualquier noción del mundo terrenal, el homicidio. Desde la primera frase del libro —«Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas»— nos adentramos en un universo que Nabokov describe con mimo, con su habitual precisión por el detalle y en permanente conexión con el lector, al que le dedica, verbigracia de la asimilación de los formalismos deudores de la novela picaresca inglesa del siglo XVII y XVIII, algunos interrogantes o dudas generadas en la mente de Humbert Humbert.
 
Entre el código Hays y la fidelidad al original: dos versiones distintas      
 
Después de ser tildada de «blasfema» y «pornográfica» —calificativos que Nabokov se apremiaría a rebatir a partir de 1956, como da fe la carta abierta a la que hacíamos referencia y que se reproduce al final del libro— Gallimard publicó por primera vez Lolita, dentro de su colección destinada a la novela erótica. Pronto, Stanley Kubrick, se hizo con un ejemplar en inglés aparecido en el mercado norteamericano al cabo de unos meses de su publicación en Francia por Gallimard. Kubrick intuyó el potencial de la obra de Nabokov y, mientras lidiaba con el rodaje de Espartaco (1960), en sus ratos libres iba dando forma a la idea de adaptar Lolita. Su socio por aquel entonces, James B. Harris, había adquirido los derechos para su explotación al cine. Nabokov, celoso de su trabajo, preparó el guión que sufrió importantes cambios con la intención de sortear la amenaza que aún suponía el código Hays, un arma censora que servía a los intereses de las capas más conservadoras del país. Muchas de las diatribas que Kubrick y Nabokov mantuvieron a lo largo de los años en relación a la versión cinematográfica de Lolita tuvieron como principal foco de atención la eliminación de algunos pasajes que, para evitar la ingerencia de los estertores del código Hays, el primero decidió que debían desaparecer de la versión final que, pese a todo, sobrepasa las dos horas de duración. Asimismo, el cineasta neoyorquino marcó un cambio importante con respecto a la estructura del relato original, al utilizar la técnica del flash-back a partir del encuentro entre Humbert Humbert (un espléndido James Mason) y Clare Quilty (Peter Sellers), al que acusa de la degradación moral de su ninfa, Lolita (Sue Lyon, quien representa una adolescente un par de años mayor que la de la novela). Kubrick otorga un mayor protagonismo al personaje de Quilty —en la novela, como bien advierten los traductores, Nabokov va tejiendo una serie de acertijos, de juegos numéricos y fonéticos—, trasmutado en diversos rostros por el propio Peter Sellers (el idolatrado showman televisivo, el enigmático profesor, etc.) que se cruzan en el camino de Lolita y Humbert. Sendos hallazgos se corresponden con la idea que Kubrick quería trascender el propio original literario para dar forma a una obra que entroncara con su propia obra fílmica, labrada sobre la base de piezas maestras de la dimensión de Lolita, un film que disfruta de una excelente salud a sus cuarenta y cinco años, la edad a la que Humbert definitivamente perdió la realidad de vista, omnibulado por la pérdida de «su» Lo.
    Mucho más cercana en el tiempo es la adaptación que Adrian Lyne pergueñó sobre el libro de Nabokov. Tampoco faltaron comentarios injuriosos sobre el trabajo de un director ya de por sí controvertido como Lyne, y su calificación reestrictiva para los menores de edad en los Estados Unidos avivó su polémica, a la par que jugó a favor de su campaña publicitaria. Dejando aparte este debate, estos juicios de valor apriorísticos tan habituales entre las tribunas eclesiásticas más ortodoxas, Lolita (1996) se presenta más fiel a la novela que la versión de Kubrick-Harris, quienes obviaron los primeros capítulos en alusión al encuentro de un Humbert adolescente con una chica que moriría a los pocos meses de conocerla. Aquel episodio marcaría a Humbert (Jeremy Irons, en un registro alejado, por cuestiones obvias, al de Mason), quien buscaría en Lolita (la debutante Dominique Swainn) aquella proyección/ensoñación del pasado. Lyne, como no podría ser de otra manera dados sus antecedentes cinematográficos (9 semanas y media, Atraccíón fatal), va más allá de la pura sutileza de Kubrick —condicionado por la censura—y explicita, aunque variando la posición del plano para evitar ser calificada «X», una relación sexual entre Lolita y Humbert en un motel de carretera. La versión de Lyne, lejos de ser desdeñable, sirve con bastante fidelidad a la novela original de Nabokov, pero la diferencia de calidad entre éste y Kubrick se pone de manifiesto en una secuencia que marca un punto de inflexión en el relato: la muerte de Dolores Haze (Shelley Winters/Melanie Griffith). Lo que hay de sugerente en la versión de Kubrick (nunca vemos el cuerpo descompuesto de la madre de Lo) se convierte en explícito a manos de Lyne.
   A modo de conclusión, diríamos que el film del tándem Stanley Kubrik-James B. Harris —la última asociación entre ambos— ha trascendido a la categoría de clásico de los años sesenta, mientras que la versión más contemporánea que parte de la obra de Nabokov presenta más aciertos de los que se quisieron (no) ver en su estreno. La revisión de ambos films, pues, puede servir de un buen complemento para acercarse a esta edición de Anagrama. Para el que para esto suscribe, se trata una de las novelas mejor escritas a la que haya tenido acceso y que representa todo un deleite para los seguidores de ese gigante de la literatura llamado Nabokov y, en general, para los buenos amantes de la lectura.• 
   
   
     
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    LOLITA (1962) 
Nelson Riddle

Rhino 812272841-2, 1997.
   
       
   

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