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Historia de una monja
The Nun's Story
     
    Director (es) : Fred Zinnemann
    Año : 1959
    País (es) : USA
    Género : Biográfica-Drama
    Compañía productora : Warner Bros.
    Productor (es) : Henry Blanke
    Compañía distribuidora : Warner Española
    Guionista (s) : Robert Anderson
    Guión basado en : el libro homónimo de Kathryn C. Hulme
    Fotografía : Franz Planer en Technicolor
    Director (es) artistico (s) : Alexandre Trauner
    Decorados : Maurice Barnathan
    Vestuario : Marjorie Best
    Maquillaje : Alberto De Rossi
    Música : Franz Waxman
    Montaje : Walter Thompson
    Sonido : Oliver S. Garretson, Robert J. Miller
    Ayudante (s) de dirección : Piero Mussetta (seudónimo de Bernard Vorhaus)
    Duración : 152 mn
   
     
    Audrey Hepburn
Peter Finch
Dame Edith Evans
Dame Peggy Ashcroft
Dean Jagger
Mildred Dunnock
Niall MacGinnis
Patricia Callinge
Lionel Jeffries
Eva Kotthaus
Beatrice Straight
   
   
    La joven y bella Gabrielle Van der Mal abandona su nombre y apellidos que delata su procedencia centroeuropea —concretamente de los Países Bajos— para llamarse, a partir de su ordenamiento sacerdotal, Hermana Luke. Dispuesta a servir a los más necesitados, la Hermana Luke no duda en viajar hasta las entrañas del África Negra, el Congo —por aquel entonces colonia de su país natal, Bélgica— con el fin de trabajar en un modesto hospital que coordina el doctor de origen italiano Fortunati. Aunque la estima que se profesan no va más allá de una simple relación de afecto y respeto personal, las vidas del doctor Fortunati y de la Hermana Luke se separan cuando ésta última regresa al viejo continente coincidiendo con el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Allí la Hermana Luke proseguirá su labor humanitaria, afianzando su conocimiento de la medicina para dar un mayor servicio a heridos de guerra que se concentran por centenares en los hospitales de campaña habilitados para la ocasión.
   
   
   

PLEGARIAS ATENDIDAS
 
Por Lluís Nasarre
Audrey Hepburn se refería a su papel de Historia de una monja (1959) como el preferido de toda su carrera cinematográfica. Comentaba que sentía una estrecha afinidad con esa Sister Luke que interpreta; una joven monja que es incapaz de conciliar su dedicación al prójimo con su devoción por Dios. Historia de una monja se basaba en la novela (parcialmente) (1) autobiográfica de Marie Louise Habets de idéntico título. En el momento de su estreno, el film fue un éxito rotundo al encontrarse con un público atraído por su premisa argumental que abordaba una (presunta) controversia temática: la historia de una monja que al final acaba colgando el hábito. Tal entusiasmo (aunado en crítica y público) se vió recompensado por la nominación del film en ocho categorías de los premios Oscar® de aquella temporada, incluyendo el de mejor película, director y actriz protagonista. Empero aquel fue el año en que William Wyler, Charlton Heston y Ben-Hur (1959) barrieron estatuillas del «tío» Oscar® y la Hepburn, a pesar de conseguir el Bafta y el premio Zulueta de interpretación femenina del Festival de San Sebastián por su trabajo, para los votantes de la Academia tuvo más valor la desesperada melancolía de Simone Signoret en la excelente Un lugar en la cumbre (1959).
   Sin embargo, el caso del film ya nace curioso de partida al abordar la historia de una monja que, a pesar de que acabe colgando el hábito…no es una monja. Tal material, que llegó a las manos de Fred Zinnemann, a la postre director del film, por mediación de una novela que Gary Cooper le había dejado, le llamó la atención inmediatamente y con ella, su posterior intención de acometerla en celuloide. La circunstancia (añadida) de que el cineasta de origen austríaco ya poseía un currículo anterior que contaba con una serie de films alternantes entre lo ambicioso del producto y de cierta afiliación al conflicto Solo ante el peligro (1952), De aquí a la eternidad (1953), ¡Oklahoma! (1955) y Un sombrero lleno de lluvia (1957), entre otras, le significaba como uno de esos profesionales adecuados para asumir una producción de prestigio con un tema escorado a la polémica. Es cierto que, en un principio, el film topó con la hostilidad de la Iglesia Católica al no encontrar en ella, aquellos valores positivos circunscritos a la descripción de la vida de una religiosa, empero el talento de Zinnemann para la especificación (profunda) de los personajes, mediante acertados detalles expositivos inseridos en la narración, certificaron a Historia de una monja como la (apasionante, según libreto Zinnemann) radiografía de la lucha interior de una mujer que sabe, que no podrá vencer finalmente su dicotomía de fe, pero no por ello, dejará de imprimir a su carácter, resistencia y generosidad de espíritu humano para esa opción de tránsito vital.
    Independientemente de ciertos paralelismos argumentales que se puedan dar entre este film y Narciso Negro (1947), creo que la equiparación se queda solo en eso: en ciertos paralelismos, ya que sus estilos narrativos y cinematográficos son radicalmente divergentes. Si el film del tándem Michael Powell-Emeric Pressburguer viene a ser (como apunta Quim Casals en su comentario en Filmafinitty) «un estudio de profundización psicológica sobre la represión sexual y hasta una película de terror» en un lienzo de exuberantes colores inculpados por la locura y la delicadeza del entorno del monasterio, para el caso concreto de Historia de una monja echando mano de una paleta más tenue de tonos más fríos (a excepción del episodio en el Congo Belga), de un modo evidente en su voluntad de llevar directamente al espectador a la mente del creyente (en general), analizando sus sentimientos desde un punto de vista objetivo, notamos como la película decide estructurarse en tres partes (desiguales entre sí) que corresponden a distintos lugares perfectamente definidos. La primera de ellos acontece en Bélgica donde conoceremos a la joven Gabrielle van der Mal (Audrey Hepburn) dejando el hogar familiar para entrar en un convento. A mi juicio, en este bloque es donde Zinnemann se encuentra más fascinado por el material que tiene entre manos. El realizador de ...Y llegó el día de la venganza (1964), se toma su tiempo para descubrirle al espectador las innumerables reglas (algunas sorprendentes) por las que se rige el camino del noviciado. Para Zinnemann es crucial observar y detenerse en el aspecto de los votos que debe de realizar Gabrielle. En Historia de una monja ser monja significa respetar/asumir todos los valores que representan ser sierva de Dios. Por tanto, no solo se han de aceptar las reglas, sino que esas mismas reglas han de estar (siempre) por encima de otra serie de factores. Por eso, somos espectadores de instantes que parecen alertarnos de que, componentes como la objetividad ante diferentes situaciones, deben quedar tras la puerta que Gabrielle ha cruzado cuando ha entrado en el convento. De ahí que, pese a que ella se muestre contrariada o enojada en distintas circunstancias, y a pesar de que ese sentimiento se manifieste en solitario, la novicia sabe en todo momento que su comportamiento no es válido ya que, aunque esté sola, continuará visible a los ojos de Dios. Y nada existe en ese universo que alerte sobre un posible cambio de conducta. Ejemplos de ello los tenemos en hablar durante el Gran Silencio o pecar de vanidad al mirarse en un espejo. La realidad de la vida de una monja cobra vida en el film, en el momento en el que Zinnemann expone en imágenes las costumbres, los rituales y las convenciones que forman parte de ese mundo. Y en el haber exitoso de su labor cobra especial relevancia el contar con Audrey Hepburn en el rol protagonista. Sobre los hombros de la intérprete de Robin y Marian (1976) recae la materialidad de sus emociones para cada instante. En su interpretación se puede apreciar perfectamente que las razones de su nueva vida pueden ser cuestionadas por quien sea, pero su sufrimiento no. Y a pesar de lo atractivo de esa introspección, Zinnemann no quiere detenerse en ello. Nos sugiere que la Hermana Luke (el nombre que recibe la Hepburn al entrar en el convento) está desgajada por dentro mediante diferentes situaciones que vamos presenciando. Empero, por el otro lado, también nos va dando pistas, de que eso, por decisión del realizador en la persona de la Hermana Luke, ha de ser un sentimiento intransferible para el espectador. Solo de ese modo podremos entender el tono utilizado al final del film. Haciendo uso de elementos afines a su filmografía, llaves, puertas, cerraduras, Zinnemann conseguirá instantes emocionalmente significativos como la separación de mundos e instantes hermosos como aquel en el que a la Hermana Luke le cortan su cabello y ella ve su rostro reflejado en la bandeja sobre la que se va depositando su melena. Cabe la posibilidad que en la plasmación de estos instantes que componen la descripción de la vida a la que se va a ver supeditada la joven, se respire cierto academismo por la precisión de esos detalles y una inusual morosidad narrativa, sin embargo, el modo emprado por Zinnemann, con la utilización de múltiples primeros planos amén de significativas tomas generales perfectamente equilibradas elevan el nivel de lo propuesto hacia un tono que en ningún instante pretende ampararse en el discurso condescendiente. Incluso el libreto ofertado por el guionista Robert Anderson, rechaza cualquier atisbo de dramatización. Una prueba de ello, la tenemos en el instante del examen que debe suspender la Hermana Luke. La perturbación que ello le supone a la joven personalmente, apercibiéndose una vez más del universo extraño en el que vive, en ningún instante pasa a plantearse sobre el tapiz como un dilema moral de largo recorrido.  
   Para el segundo bloque, la acción se trasladará al Congo Belga (recordemos que nos encontramos en un periodo temporal ubicado en la década de los años 30 del pasado siglo XX). Un lugar, colonizado y diseñado mediante trazos paternalistas y algo peyorativos. Una vez más Zinnemann, sin decantarse ni llevar a cabo valoraciones, delinea en el fragmento (de nuevo) su querencia por el primer plano y la descripción de diferentes situaciones (sociales) con especial atención al episodio de los leprosos. El resto escénico, se reduce a esas enfermedades tan habituales del lugar y de la época amén de la aparición estereotipada de un medico (en la equilibrada intervención de Peter Finch) hosco de buen corazón, las cuales no consiguen elevar el listón tensional de la acción, ya que las intenciones de su responsable, como vamos sobradamente comprobando, no van por ese camino.
   Para la última parte, que comprende su regreso a Bélgica tras su enfermedad y la posterior partida hacia Holanda, en medio de una concreta coyuntura bélica por la Segunda Guerra Mundial, intercediendo además el apunte de la muerte de su padre (un extraordinario Dean Jagger), Zinnemann y Anderson ya desnudan (frontalmente) al espectador, el intenso dilema moral que alberga en el ánimo de la protagonista. Los diferentes episodios que hemos ido viendo a lo largo de la película certifican ya que el compromiso de la Hermana Luke se está erosionando irremediablemente. 
Mediante secuencias poseedoras de una elegante puesta en escena, Zinnemann acabará conduciendo a su protagonista hacia un coherente final, en el que Audrey Hepburn, irresoluble, transmutara en total silencio sus pesados hábitos blancos y negros por ropa de calle, mientras fija su rostro en un espejo que hay en la estancia. El director por intercesión de la mirada de la protagonista, nos alertan del paso del tiempo y de las huellas que se han impreso durante ese camino. A continuación y con el aire reminiscente y final de la fordiana Centauros del desierto (1956), con un plano fijo en el marco de una puerta (¡trasera!), Zinnemann nos revelará a la silueta de su personaje, alejándose del lugar sin volver la vista atrás y girando a la derecha como símbolo inequívoco de cambio de rumbo. Un instante extraordinario. Conciso. Sin música de acompañamiento ya que cualquier tono que pudiese utilizarse podría evocar ideas erróneas sobre la elección de la protagonista. Y porque Zinnemann, en modo alguno, pretende oficiar de Douglas Sirk. Su nítida y firme imagen final no se cobija en la extravagancia formal y emocional. Es un instante más, significativo si, pero similar a la contemplación sostenida y paciente, sin juicios y de enfoque cuasi documental, que ha guiado todo el film. Un film riguroso y sencillo, además de coherente en su sutil tratamiento de un espinoso tema acerca de los conflictos morales.•  
 
 

(1) Parcialmente, porque el original literario fue escrito/novelado por Kathryn Hulme.
 
   
       
   

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