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Chacal
The Day of the Jackal
     
    Director (es) : Fred Zinnemann
    Año : 1973
    País (es) : GBR-FRA
    Género : Thriller-Drama
    Compañía productora : Warwick para Universal
    Productor (es) : John Woolf, David Deutsch, Julien Derode
    Compañía distribuidora : Cinema International Corporation (CIC)
    Guionista (s) : Kenneth Ross
    Guión basado en : la novela homónima de Frederick Forsyth
    Fotografía : Jean Tournier en Technicolor y Panavision
    Director (es) artistico (s) : Willy Holt
    Vestuario : Rosine Delamare, Elizabeth Haffenden, Joan Bridge
    Maquillaje : Pierre Berroyer
    Música : Georges Delerue
    Montaje : Ralph Kemplen
    Montaje de sonido : Nicholas Stevenson
    Sonido : Bob Allen
    Efectos especiales : John Richardson, Cliff Richardson, George Iaconelli
    Ayudante (s) de dirección : Peter Brize, Louis Britzele
    Duración : 142 mn
   
     
    Edward Fox
Eric Porter
Michael Lonsdale
Delphine Seyrig
Terence Alexander
Olga-Georges Picot
Michel Auclair
Alan Badel
Cyril Cusack
Maurice Denham
   
   
    Tras un frustrado atentado al presidente francés Charles de Gaulle a cargo de la organización criminal O.A.S., un asesino a sueldo que responde al nombre de Chacal, es encargado para intentarlo nuevamente. Desmembrada la O.A.S., tan sólo quedan tres hombres en activo, quienes contratan a Chacal para que atente contra el máximo mandatario galo el Día de la Liberación. Puesto sobreaviso de la divulgación de su verdadera identidad, Chacal logra escapar a distintos controles policiales merced a su capacidad para adoptar personalidades dispares, como la de profesor de escuela o la de ex combatiente.
   
   
   

EL CAMALEÓN
 
Por Sergi Grau
Los años setenta eran tiempos convulsos, apasionantes en los géneros afines al thriller (Chacal, y el cine de espionaje en general, se hallan en su órbita). Los paradigmas cambiaban, fruto de agotamientos de fórmulas industriales tanto como de razones contextuales; nuevos cineastas reclamaban su espacio revolucionando la sintaxis visual y narrativa, pero los viejos leones, como Fred Zinnemann, demostraban su capacidad para la mutatis mutandis con resultados igual de elocuentes. Igual de revolucionarios. En el año 1971, William Friedkin asaltaba incluso los Oscar® de Hollywood con su abordaje naturalista y violento del policiaco (Contra el imperio de la droga), y lo hacía en un terreno, el del thriller usamericano, abonado para la experimentación y ávido de la radiografía psico-social. Las Malas tierras (1973) de Terrence Malick, abogaban por una cierta abstracción y lirismo en el estudio de tipologías outsiders y de la órbita del crimen. John Milius, con su Dillinger (1973), encarnizaba el relato gangsteril clásico con sumo talento. Acción ejecutiva (1973), un docudrama sobre el magnicidio de Dallas dirigido por David Miller, izaba la bandera pirata en el género del cine sobre política. Por otra parte, y como Adrián Esbilla explica con detalle en su estupendo artículo sobre la película (1), la deslocalización estaba dando excelentes resultados fílmicos en latitudes británicas en manos de cineastas como Richard Fleischer (El estrangulador de Rillington Place, 1971), Sam Peckinpah (Perros de paja, 1972) o el mismísimo Alfred Hitchcock (la monumental Frenesí, 1972). Zinnemann se hallaría en esa nómina, aunque su caso es algo distinto, pues, hallándose como los antecitados en las postrimerías de su trayectoria, el cineasta de origen vienés ya llevaba unos cuantos años consagrado a la producción, y de hecho su filme previo al que nos ocupa, la sensacional Un hombre para la eternidad (1966), ya tenía pabellón británico.
Siete años después, Zinnemann volvía a ponerse tras las cámaras, abundaba mucho más en la abstracción ya perfilada en Un hombre para la eternidad y rubricaba esta Chacal, formidable película que se sigue contando entre los grandes títulos de la temática terrorista, en su década a la altura de la no menos magistral Domingo negro (1978). Si John Frankenheimer se basó en una novela de Thomas Harris, Zinnemann partió de otra, celebradísima, de Frederick Forsyth, El día del Chacal, publicada dos años antes y que generaba una ficción asociada al grupo terrorista francés OAS (que en efecto existió y fue liderado por Jean-Marie Bastien-Thiry, un oficial veterano de la Guerra de Independencia de Argelia), según la cual la organización terrorista contrataba a un asesino profesional para asesinar a Charles de Gaulle, el presidente de Francia. Se encomendó a Kenneth Ross la traslación a guion de la novela (al año siguiente, Ross volvería a adaptar a Forsyth en Odessa, dirigida por Ronald Neame [1974]), quien entregó una pulida transcripción del relato propuesto por el escritor británico. Con semejantes mimbres, Zinnemann construyó una obra despampanante en su planificación y montaje, y brillante en su capacidad para la disección (término más preciso aquí que “descripción”) tanto de la metodología del asesino a sueldo (Edward Fox) para preparar el magnicidio como de la pursuit que se establece entre los agentes de la ley (finalmente capitalizada por un comisario, al que da vida Michael Lonsdale) y el asesino.
Tras un arranque virulento, espectacular, bullicioso (que relata los antecedentes de intentos de asesinar a De Gaulle), Zinnemann centra esos términos de juego, dispone el tablero de su partida de ajedrez cinematográfica y aplica el metrónomo y el bisturí. En las obras de madurez de los grandes maestros del cine que denominamos clásico a menudo se detecta una tendencia a la austeridad, a la liberación de todo aderezo o artificio, una búsqueda del hueso narrativo; así sucede aquí, y con un subrayado importante, cual es la propia lógica de la adaptación de esta novela itineraria, que per se tiende a lo gráfico. El resultado es una obra que podría contemplarse perfectamente sin sonido, un recorrido de la cámara y del montaje por los avatares de este enfrentamiento constante, mediato, entre el asesino y sus perseguidores. La capacidad sintética se hace patente en ambos focos, pero es cierto que Zinnemann nos depara los mayores alardes de planificación, montaje y puesta en imágenes en lo que concierne al estudio del personaje que tan bien encarna Edward Fox, edificando algo así como una versión existencialista, bressoniana, de un relato arquetípico de James Bond. Si Ross, guionista, transcribe de forma directa la narración de Forsyth, Zinnemann abunda aún mucho más en esa inercia y nos entrega un croquis, un bosquejo, o si prefieren una sucesión de lo fragmentario en un puzzle narrativo matemático y genial. Chacal merecería, así, un estudio secuencia a secuencia, pues las estrategias esgrimidas por el cineasta en cada una revelan infinidad de hallazgos, tanto en el constante recurso a las elipsis (a menudo de lo más inquietantes, que sugieren sin margen de error asesinatos latentes o sugeridos, cuando no directamente dejan la acción en pleno cliffhanger) como en el aprovechamiento de lo itinerante del relato (la importancia de los cambiantes escenarios, de las grandes panorámicas a una plaza de una ciudad a la cámara siguiendo al personaje por las carreteras secundarias de la geografía francesa, pasando por los leves movimientos de cámara que bastan para edificar la acción, el movimiento, en las secuencias que discurren en espacios interiores), así como en los juegos que la imagen nos plantea a partir de la caracterización del personaje (escatimándonos, por ejemplo, un primer plano de Fox en una nueva caracterización hasta el momento en el que su rostro es contemplado por un agente de policía en una aeropuerto). Todo revierte en economía expresiva, todo es ritmo y vértigo, todo sugiere Maquiavelo y urgencia.
    Y de esa labor escenográfica, de esa fuerza narrativa y su poso abstracto, emerge el discurso. Y el discurso nos habla de la fina línea que separa, o quizá confunde, el distanciamiento del desasimiento: Chacal es el retrato frío, podría decirse que metálico, de la empresa (totalmente amoral, por supuesto) que desempeña un hombre por cometer un magnicidio; pero también es una crónica del itinerario de ese asesino anónimo, que, a sabiendas del fracaso de su misión (que conocemos de antemano: no estamos en latitudes posmodernas como las de Tarantino; sabemos que, aquí, De Gaulle no va a caer), nos deja una sensación circular, de camino cada vez más agreste, más desbocado y caótico, más virulento, a ninguna parte. En ningún momento podemos empatizar con las motivaciones del personaje encarnado por Edward Fox, pues no nos son expuestas, pero en la película tampoco hay apenas espacio para radiografiar las motivaciones de sus perseguidores, o siquiera de los personajes satélite de la trama, a no ser los pocos rasgos de ternura con los que Zinnemann embellece las breves presencias femeninas en el plot. Nadie ríe, nadie llora. La burocracia de Estado prosigue, la clarividencia del inspector fructifica, las aptitudes de Chacal lo acercan a su objetivo. Es, insisto, como un carrusel narrativo, una crónica hermética de los pulsos subterráneos del funcionamiento del mundo. Y eso, que es esencial en el relato, es la traducción brillante del género que nos propone Zinnemann.
    Conforme se precipitan los acontecimientos, Chacal se va quedando solo, pues así lo obliga la lógica elemental de los puntos de vista implicados en ese careo ajedrecístico: los representantes del orden deben ganar la partida. Los últimos actos del camaleón se cuentan por asesinatos a sangre fría: de un amigo de ocasión que refiere haber visto su rostro en el noticiario (la cámara deja fuera de campo el asesinato, y se retira con un leve movimiento en retroceso) y de la portera de un inmueble desde una de cuyas ventanas el camaleón pretende culminar el magnicidio. Mientras los agentes del orden están representados por lo exterior, por el bullicio, por el espacio abierto y la mirada casi documentalista, el agente del caos, Chacal, reclama los últimos instantes de esa definición entre lo minucioso y lo implacable, la cámara estática, en el interior del piso desde el que quiere culminar su plan. Tras un primer disparo fallido al mandatario francés (narrado en imágenes sin aderezo alguno, por supuesto: en tiempo, el lapso de un disparo; en imágenes, un rastro de pólvora sobre el cogote de De Gaulle, en la mirilla), el comisario accede a su escondrijo y termina con su vida a balazos. Ya sabíamos que iba a ser así. Pero, como suele decirse, lo que cuenta es el camino. Incluso, como en este caso, el que no lleva a ninguna parte. El angst del cine de espionaje.•
 
 
   
     
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Características DVD: Contenidos: Menús interactivos / Acceso directo a escenas. Formato:1.85:1. Idiomas: Castellano, Inglés, Francés, Alemán e Italiano. Subtítulos: Inglés, Francés, Alemán, Polaco, Checo, Húngaro, Turco, Griego, Sueco, Finlandés, Holandés, Noruego, Portugués, Danés, Búlgaro y Francés. Duración: 136 mn. Distribuidora: Universal Pictures.

 

 

 

   
       
   

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