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Saint Joan
(Titulo original)
   
    Director (es) : Otto Preminger
    Año : 1957
    País (es) : USA
    Género : Histórico
    Compañía productora : Wheel Productions para United Artists
    Productor (es) : Otto Preminger
    Productor (es) asociado (s) : Douglas Peirce
    Guionista (s) : Graham Greene
    Guión basado en : el drama teatral homónimo de George Bernard Shaw
    Fotografía : Georges Perinal en CinemaScope y Technicolor
    Diseño de producción : Roger Furse
    Director (es) artistico (s) : Raymond Simm
    Vestuario : John McCorry
    Maquillaje : Tony Sforzini
    Música : Mirscha Spolianski
    Montaje : Helga Cranston
    Sonido : Red Law, Peter Handford
    Ayudante (s) de dirección : Peter Bolton
    Títulos de crédito : Saul Bass
    Duración : 110 mn
   
     
    Jean Seberg
Richard Widmark
Richard Todd
Anton Walbrook
Sir John Gielgud
Felix Aylmer
Harry Andrews
Barry Jones
Finlay Currie
Bernard Miles
   
   
    El sueño del ya anciano rey Carlos VII de Francia se ve perturbado por la aparición en su dormitorio del fantasma de Juana de Orleáns, la famosa santa que al principio de su reinado fue quemada en la hoguera por hereje. Conversando con el espectro de Juana, el rey recuerda la época en la cual la mitad de Francia se hallaba en manos de los ingleses y él era tan sólo el Delfín de Francia, el hijo del rey, a la espera de acceder algún día al trono. Juana, una muchacha de aspecto frágil pero fuerte determinación, afirma haber oído voces procedentes de Dios que la conminan a que ayude al Delfín a expulsar a los ingleses del país y a coronarlo monarca. Para ello, solicita una audiencia en la corte, con vistas a conseguir que el Delfín la ponga al frente de un ejército con el cual conquistará Orleáns, ahora en manos inglesas. 
   
   
   

LA HEROÍNA DE ORLÉANS,
VERSIÓN PREMINGER-SHAW-GREENE
 
Por Tomás Fernández Valentí
Digámoslo de entrada: Saint Joan, film de Otto Preminger inédito en España aunque ha sido emitido en alguna ocasión por televisión, y editado en DVD como Santa Juana, me parece una de las mejores visiones que haya dado el cine en torno a Juana de Orleáns, a la altura de obras maestras del calibre de La pasión de Juana de Arco (1927), de Carl Theodor Dreyer, y Le procés de Jeanne d’Arc (1961), de Robert Bresson. Ése es un mérito que hay que atribuir en gran medida a la labor tras la cámara del realizador austriaco afincado en los Estados Unidos Otto Preminger, gran cineasta tan lamentablemente olvidado hoy en día, a pesar de contar con una filmografía llena de títulos de extraordinario interés: por citar algunos a vista de pájaro, Laura, Ambiciosa, Cara de ángel, Río sin retorno, Carmen Jones, Anatomía de un asesinato, Tempestad sobre Washington, El cardenal, Primera victoria, El rapto de Bunny Lake o La noche deseada. En opinión del que suscribe, Santa Juana se encuentra entre lo más brillante legado por este director elegante y meticuloso, potente y despiadado, cuya predilección por los temas «fuertes» y las adaptaciones de obras literarias se amoldaba perfectamente con una notabilísima tendencia a la experimentación (véase, sin ir más lejos, Carmen Jones: un film musical que adapta Carmen, de Bizet, a la lengua inglesa, en un relato interpretado por un reparto íntegramente de raza negra y ambientado en la actualidad: ¡para que luego digan que en la época del Hollywood «clásico» no se hacían experimentos!).
Santa Juana se saldó con un notable fracaso comercial, a pesar de que su estreno en los Estados Unidos vino precedido de una campaña publicitaria apoyada en gran medida en su condición de vehículo de lanzamiento al estrellato de su protagonista femenina, la malograda actriz Jean Seberg, en su debut en el cine. A pesar de ello, era difícil que Santa Juana triunfara en taquilla, dado que nos hallamos ante una producción áspera, controvertida y con marchamo intelectual que venía a ser una respuesta, entre comillas, «seria» al kolossal hollywoodiense característico de los años cincuenta, tipo Quo Vadis?, de Mervyn LeRoy, La túnica sagrada, de Henry Koster, Los diez mandamientos (1956), de Cecil B. De Mille, o Ben-Hur, de William Wyler. El material de partida ya era, de entrada, exigente: una adaptación de la pieza teatral homónima de George Bernard Shaw, que el célebre dramaturgo británico había escrito precisamente con la intención de poner en cuestión la presunta santidad de Juana de Orleáns y que, desde el momento de su estreno, había sido vista en algunos sectores como una burla abierta hacia el pueblo francés (sic). Quizá para atemperar hasta cierto punto el cinismo del original escénico, Preminger encomendó la redacción del guión al no menos famoso novelista inglés Graham Greene, con la esperanza de que este último, católico practicante, suavizara el sarcasmo característico de Bernard Shaw.
    A pesar de eso, o quizá precisamente gracias a eso, Santa Juana acaba siendo una obra ambivalente y llena de insólitos matices, en la que el descarnado sentido del humor de Bernard Shaw se compagina perfectamente con el humanismo de Greene. Contando, además, con el concurso de un magnífico elenco de intérpretes —con la relativa salvedad de Jean Seberg, a cuya Juana le falta un mayor toque de locura y distancia—, Preminger logró una excelente película, en la que llama la atención, en primer lugar, el respeto a la estructura dramática del original teatral: el film transcurre en su práctica totalidad en interiores, e incluso cuando muestra algunas escenas en exteriores éstas tienen un elevado componente teatral, realzado por el (evidente) recurso a decorados erigidos en estudio y por el tono frío, un tanto neutro, de la fotografía en blanco y negro de Georges Perinal. De ahí que algunos de los momentos, digamos, «culminantes» de la función sean simplificados por Preminger en aras del intimismo: así, por ejemplo, la resolución elíptica de la secuencia de la conquista de Orleáns por el ejército que comanda Juana con la ayuda de Dunois (Richard Todd), o el de la captura de Juana por los ingleses tras la coronación como rey del Delfín de Francia (Richard Widmark); Preminger «escamotea» al espectador la espectacularidad de las secuencias de batalla para ofrecer, a cambio, un relato que se mueve en el terreno de lo reflexivo. Llaman la atención otros recursos de puesta en escena que se mueven, asimismo, dentro esa ambivalencia apuntada líneas arriba. A su llegada al castillo del Delfín, un soldado intenta abusar de Juana por su condición de mujer, pero cuando intenta hacerlo, tras haber oído una advertencia de labios de la joven, cae al suelo, muerto: Preminger filma la escena en ligero semipicado, como si la escena estuviera vista, por así decirlo, desde el punto de vista de Dios; resultado de todo ello es que, de repente, los soldados y oficiales escépticos empiezan a creer que, en efecto, Juana es una enviada de Dios. Pero, a continuación, esa misma idea no tardará en tener su irónica réplica: cuando Juana se enfrenta con el arzobispo de Rheims (Finlay Currie), su cara a cara es filmado por Preminger también en semipicado, con la enorme figura del clérigo ocupando buena parte del encuadre mientras que, casi en segundo término, una Juana más diminuta que nunca planta cara a quien se proclama el representante legítimo que Dios en la tierra, ¡y que es el primer en desconfiar abiertamente de su santidad! Es un buen resumen visual del amargo discurso que va desarrollando la película a lo largo de su metraje, de tal manera que la bondad y pureza de espíritu de Juana acaban no teniendo cabida en un mundo gobernado por personajes tan temibles como el arzobispo, el embajador inglés Warwick (John Gielgud), el inquisidor Cauchon (Anton Walbrook) —cuyo nombre, por cierto, suena muy parecido a «cochon», cerdo en francés—, o el fanático clérigo Stogumber (Harry Andrews), todos ellos empeñados en acabar con Juana, en reprimir su «molesta» santidad, que no hace otra cosa que interferir sus planes mundanos y el orden establecido; las palabras de Juana con las que se cierra el film, afirmando que el mundo no está preparado para santos, resultan demoledoras. Santa Juana es una bella digresión sobre la imposibilidad de la santidad en un mundo corrupto que mira con escepticismo la bondad y la nobleza, confundiéndolas con estupidez y mediocridad.•
   
     
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Características DVD: Contenidos: Menús interactivos / Acceso directo a escenas / Ficha artística y Ficha técnica / Filmografías. Formato: 1.33:1, 4:3. Idiomas: Castellano e Inglés.  Subtítulos: Castellano,. Duración: 110 mn. Distribuidora: Manga Films. Fecha de lanzamiento: 20 de noviembre de 2007.  
   
   
     
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SAINT JOAN (1957)                                       
Mischa Spoliansky
Kritzerland KR20016-5, 2010. Duración: 39: 14.  

COMENTARIO (Por Christian Aguilera): Evidencia más que probada de que Mischa Spoliansky (Byalistok 1898-Londres 1985) sigue siendo un gran desconocido entre los historiadores o especialistas en la música de cine es que en buena parte de las enciclopedias, almanaques o diccionarios consagrados a esta disciplina la entrada del compositor de origen ruso brilla por su ausencia. Una realidad que cobra mayor fuerza en obras impresas en los Estados Unidos y en nuestro país, pero no tanto en el Reino Unido donde Spoliansky recalaría después de haber hecho «escala» en distintas ciudades europeas (Varsovia, Kalisz, Viena y Berlín). Con la llegada de Hitler al poder la condición de emigrante volvía a aflorar en el ánimo de Mischa, hermano de violoncelista, hijo de cantante de ópera y con la natural convicción de que su talento natural para la música se había adueñado de su persona ya siendo un adolescente. De la mano de otro emigrante, Alexander Korda, Mischa Spoliansky se instalaría en la industria cinematográfica británica, componiendo para la gran pantalla en detrimento de su idea primigenia por El compositor ruso Mischa Spoliansky.desenvolverse como concertista de piano. En septiembre de 2009 el sello Chandos editaría un CD (ver enlace) que contiene fragmentos de algunos de los scores que crearía para una serie de films, evaluados hoy en día como modestas producciones en las que contabilizaba más el ingenio que el peso presupuestario.The Man Who Could miracles (1937), En la luna (1940) o Wanted for Murder (1946) forman parte de este selección que vendría coronada, en su corte final, por una suerte de suite de Saint Joan, la obra que por lo general se suele asociar —si se el caso— a la figura de Mischa Spoliansky. Un año más tarde de esa notable publicación, Kritzerland edita por vez primera en CD esta pieza que gana altura a cada audición y que determina hasta qué punto su autor ha sido uno de los grandes «damnificados» por la historiografía musical ceñida al mundo del celuloide en distintos ámbitos europeos y en los Estados Unidos, donde acabaría recalando de una forma fugaz para dar cabida a partituras para Escándalo en Villa Fiorita (1965). Antes de dar el salto al otro lado del Atlántico a requerimiento de Delmer Daves, Mischa Spoliansky trabajaría codo a codo con Otto Preminger para librar un score que, en proporción a la duración del film —dos horas—, contiene poca música, un patrón de conducta habitual en el cine del vienés. Ello no sería óbice para que Spoliansky librara una banda sonora, la de Saint Joan, de una extraordinaria riqueza desde el plano estilístico y conceptual.
 
Un score de gran riqueza
 
   Sin duda, Preminger podría vanagloriarse de haber dado con el compositor idóneo para amueblar musicalmente esta adaptación del texto escrito por George Bernard Shaw en relación al personaje de Juana de Arco convenientemente pasado por el sedal de Graham Greene (en funciones de guionista) y del propio director judío. Invariablemente, Preminger interpretaba que la función orgánica de la música que debía escribir Spoliansky repercutiera sobre aquellas escenas visuales dispuestas para que la propuesta «respirara» en contraposición a pasajes dialogados que obedecían, en cierta medida, al dictado de la obra ideada por Bernard Shaw para ser representada en un espacio escénico. En respuesta a esta demanda, Spoliansky desplegaría un repertorio de texturas musicales ciertamente prodigioso concentrado en apenas cuarenta minutos de música. Transcurrido más de medio siglo desde que Spoliansky concibiera el comentario musical de Saint Joan no podemos por menos que profesar una profunda admiración por este entramado de sonoridades que, de antemano, se abría un gran interrogante sobre su encaje en una pieza cinematográfica repleta de diálogos y circunloquios. El maestro ruso resolvería este handicap de partida aplicando soluciones para cada bloque de escenas con el propósito de ir mudando de estilos pero casi siempre presentado con un acompañamiento de flautas en correspondencia con la inocencia y pureza subyacente en un personaje que da nombre a la obra (interpretado por Jean Seberg) y que acabaría siendo pasto de las llamas, acusada de herejía. Spoliansky aplica un efecto celestial, a través del uso de las flautas de pan, tanto para Joana como para el cuerpo de ángeles que la envuelven en esa lectura místico-religiosa que se puede desprender de la santa gala. Un instrumento que al cabo de los años ganaría prestancia en las salas de grabación de piezas para música de cine merced a compositores como Ennio Morricone, pero que en 1957 se formulaba un punto novedoso, más aún si cabe al integrarse a un score con el rango de main title, aquel que en el film dirigido por Preminger se escucha al compás de los títulos de crédito iniciales cortesía de Saul Bass y en el epílogo. El componente bucólico que emana de este tema principal se desvenece en diversos tramos de una partitura que pretende replegarse hacia el espacio dramático donde se libran las batallas por el poder. Aquí encontramos la mejor y más genuina «versión» de Spoliansky, que en el CD se percibe a través de los temas Siege of Orleans, Strengh and Loneliness Before the Trail, majestuosa combinación de flautas, cuerda y metal que persigue ahondar en la psicología de un personaje en tránsito de ser sacrificado. Pero estos pasajes por sí solos no justificarían que encontrarnos ante una pequeña obra maestra de la composición para cine concebida en los años cincuenta; Spoliansky se estaciona en el minuetoDream’s Minuet, en el que acopla vibráfonos, celestas, arpas y violines confiriendo un conjunto armónico de primer nivel—; se reserva un tempo para la danza de extracción medieval —Basse Dance—; aboga por una marcha de aires marciales (a modo de coda del corte Siege of Orleans en su peculiar ordenamiento dentro del disco compacto); se descubre en estructura métrica de Cabalgata (Road to Chinon), y emula a Cesar Franck (1822-1890) o Johan Sebastian Bach (1685-1750) en sus respectivas célebres piezas al órgano en Toccatina para la secuencia de coronación que tiene lugar en la Catedral de Reims.
   Lamentablemente, Spoliansky, como la «heroína» francesa, caería en las brasas... del olvido para un medio en el que se prodigaría de forma puntual tras su primera y única experiencia con Preminger, poco dado a repetir con compositores en una política que, si repasamos su filmografía, tuvo su razón de ser. En la actualidad, el análisis de la obra de Preminger inexorablemente debe pasar por la importancia que adquirieron las partituras servidas por un variopinto conjunto de compositores, entre los que figura Mischa Spoliansky, el autor de la magistral Saint Joan.•
   
       
   

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