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Drácula, príncipe de las tinieblas
Dracula, Prince of Darkness
     
    Director (es) : Terence Fisher
    Año : 1966
    País (es) : GBR
    Género : Terror
    Compañía productora : Hammer Films/Seven Arts
    Productor (es) : Anthony Nelson-Keys
    Productor (es) ejecutivo (s) : Anthony Hinds
    Compañía distribuidora : Arturo González
    Guionista (s) : John Sansom
    Guión basado en : una idea de John Elder basada en los personajes de Bram Stoker
    Fotografía : Michael Reed en TechniScope y Technicolor
    Director (es) artistico (s) : Don Mingaye
    Decorados : Bernard Robinson
    Vestuario : Rosemary Burrows
    Música : James Bernard
    Montaje : James Needs, Chris Barnes
    Montaje de sonido : Roy Baker
    Sonido : Ken Rawkins
    Efectos especiales : Les Bowie
    Ayudante (s) de dirección : Bert Batt
    Duración : 90 mn
   
     
    Christopher Lee
Barbara Shelley
Andrew Keir
Francis Matthews
Suzan Farmer
Charles Tingwell
Walter Brown
George Woodbridge
Jack Lambert
Joyce Hemson
Philip Ray
John Maxim
Peter Cushing
   
   
    Con la intención de pasar una temporada alejados de la rutina diaria, los hermanos Charles y Alan Kent, acompañados de sus respectivas jóvenes esposas, Diana y Helen, viajan hasta la comarca de Carlsbad, en el corazón de los Cárpatos. Pero la búsqueda de una estancia placentera en Centroeuropa se verá perturbada por la figura del conde Drácula, de quien los lugareños aseguran que murió hace diez años. Al llegar en carruaje al castillo que domina la comarca de Carlsbad, situado en lo alto de una colina, el cuarteto de turistas conocen de primera mano la leyenda de Drácula, cuyo cuerpo ha sido resucitado merced a la sangre suministrada por una de sus víctimas...
   
   
   

SOMBRAS ACUSADORAS
Por Joaquín Vallet Rodrigo
Nada menos que ocho años tardó la Hammer en recuperar uno de los personajes que mayor gloria le habían otorgado a finales de la década anterior. Aunque el tema del vampirismo ya había sido abordado en dos ocasiones a lo largo de este ínterin, ello se había efectuado desde el distanciamiento respecto a la creación del escritor Bram Stoker. La magistral Las novias de Drácula, dirigida por Terence Fisher en 1960, y el más que interesante film de Don Sharp Kiss of the Vampire (1964), se desvinculaban de la presencia del conde transilvano con el fin de ofrecer un conjunto de variaciones respecto a los revolucionarios dispositivos planteados por el propio Fisher en la pieza seminal de 1958. Sin embargo, la idea de una secuela directa de dicho film se fue dilatando en el tiempo hasta que finalmente la Hammer firmó un acuerdo con una filial de la Warner Bros., la Seven Arts lo cual, además de ampliar el presupuesto habitual de las producciones, supuso el inicio de una curiosa estrategia comercial consistente en incidir en las sesiones dobles donde pudieran visionarse dos obras de los estudios de Michael Carreras. Ésta coyuntura se consideró la más propicia para dar luz verde al proyecto de la continuación de Drácula, en cuyo guión comenzó a trabajar Jimmy Sangster (que finalmente firmaría bajo el pseudónimo de John Sansom), el artífice del soberbio libreto de la pieza anterior. No obstante, los resultados literarios no convencieron a ninguno de los integrantes de la producción, en especial, al mismísimo Christopher Lee quien, considerando que sus líneas de diálogo eran ridículas y risibles, se negó a proferir una sola palabra en toda la película. Sin duda, un condicionante que en otras circunstancias hubiera jugado en contra del propio film. Sin embargo, éste no es el caso de Drácula, príncipe de las tinieblas. 
Probablemente nos hallamos ante la película más sinuosa y enigmática de todas las que conforman la filmografía de Terence Fisher. Y lo es, básicamente, por su capacidad a la hora de crear una atmósfera tan singular como subyugante que nada tiene que ver con la exhibida en anteriores piezas. El film es, ante todo, la materialización de una pesadilla donde el sexo y la muerte acontecen de manera extraordinariamente explítica. En efecto, si en la película de 1958 se entremezclaban evidentes referencias freudianas con una potente metáfora sobre el cambio estamental y la moralidad burguesa, en Drácula, príncipe de las tinieblas el aura de erotismo que exhalan los personajes y las situaciones se coloca en primer término, reflexionando sobre la represión humana y la instintiva liberación de los deseos que conduce a una catarsis destructiva. El tercio inicial muestra, en este aspecto, el planteamiento de dichas líneas temáticas, la presentación de unos personajes que, en mayor o menor grado, se muestran constreñidos por las normas sociales, que se niegan a aceptar cualquier tipo de elemento que quiebre su marcado equilibrio. La presencia del sacerdote Sandor y su concepto de disfrutar de los placeres mundanos provoca el desagrado de Helen, lo mismo que la situación en la que se ven envueltos y el drástico cambio de planes. Aunque los demás personajes manifiestan una apariencia de aclimatación ante las circunstancias, en el fondo, solo presentan una aceptación superficial de los elementos que es, incluso, más cerrada que la de la propia Helen, ya que ésta se ofrecerá sin paliativos a Drácula, una vez éste haya aparecido en escena, mientras que la otra pareja compuesta por Charles y Diana, luchará hasta el final para evitar el influjo liberador del vampiro.
   En este sentido, y aún aceptando que el mutismo de Drácula fuera debido a eventualidades que nada tienen que ver con las intenciones del film, el aprovechamiento de ello por parte de Fisher es, de todo punto, admirable. El personaje se convierte en una pura abstracción, un ser etéreo que provoca un clima de erotismo que ninguno de los seres que circulan por la trama puede evitar (Diana sintiéndose sexualmente fascinada por el conde, los sacerdotes realizando una brutal «violación» con el fin de acabar con Helen, etc), convirtiéndose en un elemento turbador que debe ser destruído para mantener el armonioso status quo aceptado socialmente. La muerte del vampiro, empero, no responde a una desintegración física (como en la película anterior) sino a la conversión hacia un estado de letargo, prueba fehaciente de que los impulsos suscitados por el conde pueden ser reprimidos pero en absoluto eliminados de la propia condición humana.
   Este extraordinario fresco sobre la exorcización del sexo se sitúa en unos niveles de complejidad que nada tienen que ver con el marco genérico que lo envuelve. Un elemento, por otra parte, común en la filmografía de Terence Fisher quien, con Drácula, príncipe de las tinieblas, logró una de sus grandes obras maestras.•
 

INSTINTOS BÁSICOS
 
Por Sergi Grau
No nos hallamos ante la segunda, como a menudo se cita, sino ante la  tercera incursión de la Hammer Productions, y de la mano de su más indispensable creador, Terence Fisher, en el universo del mito vampírico acuñado por Bram Stoker (tras Drácula, realizada en 1958, el propio Fisher dirigió Las novias de Drácula, 1960 —y, fuera de los márgenes del personaje de Stoker, también podemos contar Kiss of the Vampire, 1963, aunque ésta bajo las riendas de Don Sharp—). Realizada en 1965, esta Dracula, Prince of Darkness constituye, como la filmada siete años antes, uno de los pilares antológicos de la incombustible productora británica, merced de su elaborada y característica construcción estilística. Sin Fisher, qué duda cabe que la Hammer no hubiera alcanzado los niveles de calidad e influencia que atesora, e incluso me atrevería a decir que sin el cineasta la evolución histórica del género fantástico también sería algo distinto. Ello sin embargo, cuando se habla de las (muchas) obras interesantes que nos ha legado el estudio, no está de más hablar de una maquinaria de producción perfectamente engrasada, donde la labor de diversos nombres suma y convoca eso que damos en llamar sinergia, unos resultados cinematográficos excelentes. Hablamos, por supuesto, de Christopher Lee, uno de los dos puntales interpretativos del estudio (junto a Peter Cushing), pero también de otros nombres que resulta de todo punto imprescindible reivindicar, caso del productorAnthony Nelson Keys, del guionista Jimmy Sangster (aquí apoyado por Anthony Hinds, también productor de la compañía), del compositor James Bernard o del diseñador de producción Bernard Robinson, todos ellos coartífices de ese determinado look que todo amante del fantástico reconoce a la perfección.
   Algo que resulta muy llamativo de la película —y a la postre, como veremos, marca idiosincrática de la misma— tiene que ver con lo exiguas que resultan las apariciones del personaje de Drácula. A Christopher Lee no le vemos aparecer hasta superada la mitad del metraje, y sólo protagoniza cinco secuencias; no menos llamativo, relacionado con lo anterior, es el hecho de que el protagonista de la función no disponga de una sola línea, o apenas palabra, de diálogo (a salvo los rebufos vampíricos característicos). Todo ello parte de una explicación bien poco sofisticada, que se aleja de lo que podríamos denominar la vertiente creativa y no hace otra cosa que recordarnos la filiación industrial de (al menos buena parte de) el Séptimo Arte; por un lado, en relación a las parcas apariciones de Lee, nos hallamos con un condicionante de presupuesto, relacionado con el contrato firmado por Christopher Lee, quien en el lapso transcurrido desde Horror of Dracula se había consagrado como actor y su caché había aumentado notablemente, y en el que se explicitaba un salario a liquidar por jornadas de trabajo; por el otro, en relación al mutismo del personaje, el actor estaba tan disgustado con el texto que Jimmy Sangster había escrito para el personaje que, tras diversas disputas, se negó a pronunciarlo (algo que, por otra parte, también puede explicar que Sangster no quisiera aparecer acreditado con su nombre, y conste como guionista de la película con el alias de John Samson). Así pues, estamos hablando claramente de lo que inicialmente son hándicaps de la producción, por mucho que Terence Fisher —entre cuyas muchas virtudes se cuenta la habilidad para moverse en el alambre de un presupuesto ajustado— lograra que todo ello acabara revirtiendo en beneficio del potencial expresivo de la película. Fisher, con sus planteamientos escénicos, convirtió esa ausencia del personaje en constante y contundente presencia en lo atmosférico (léase, de lo inquietante, lo perturbador, lo malsano); y en lo que respecta a la carencia de palabras proferidas por Drácula, ello no hace otra cosa que, en consonancia con lo anterior, enfatizar lo instintivo, la fuerza animal depredadora del personaje, el filtro atávico de su malignidad, algo que sin duda resulta una atractiva aportación a la dimensión mítica del personaje.
   Fisher explora con profusión las posibilidades de la pantalla ancha para incidir en el poso terrorífico que anida en el escenario, aquella opulenta mansión entre cuyos recovecos lo impoluto de la apariencia al principio sublima y progresivamente va revelando las angustiosas sugerencias que anidan en el relato. Un relato que parte de una proposición de todo punto convencional (cuatro viajeros llegan al castillo inadvertidamente) pero que de buen principio efectúa especial hincapié en una descripción nada amable de las miserias de la alta sociedad de la época, incidiendo tanto en el tema de la hipocresía cuanto en el clima de represión sexual reinante. Todo ello presto a desbordarse hacia la lujuria y la violencia merced de esa presencia maligna que renace literalmente de sus cenizas (para retomar el personaje de modo racional respecto de la finalización de Horror of Dracula, en la que Peter Cushing reducía a cenizas al Conde) en una progresión narrativa en la que los elementos cinematográficos exacerban el descensus ad inferos que atañe a los personajes, infierno que se personifica en Drácula, y descenso que se hace literal en el tránsito de la luz a las sombras, de los altillos al sótano, del blanco aséptico a los inflamados tonos encarnados. Para la antología quedan secuencias tan célebres como el ajusticiamiento por parte de los monjes del personaje encarnado por Barbara Shelley, que en su día causó conmoción por su virulencia y por la inequívoca connotación sexual; a mí me fascinan sobremanera las sutiles estrategias visuales urdidas por Fisher para otorgar opacidad al espacio y densidad atmosférica al relato, esos diversos desplazamientos de la cámara por las estancias ensombrecidas de la mansión, donde espora la subjetividad del espíritu maligno que es dueño del Todo, donde la sugerencia se hace ritual (sin ir más lejos, atiéndase a la finalización de la citada secuencia de ajusticiamiento de la vampira: la cámara se aleja del cadáver para mostrarnos una ventana, sus rejas torcidas, formulación evidente de la huida de ese espíritu).
   A pesar de la reinvención del mito que esta película en particular y el grueso de las aportaciones del estudio de Michael Carreras en general efectuaron del mito vampírico, quedan diversos anclajes con el sustrato literario de Bram Stoker. Por ejemplo, la inclusión del personaje de Ludwig (Thorley Walters), evidente trasunto del atormentado Renfield (que de hecho invita a entrar al Conde), o el hecho de que el personaje del Padre Sandor (Andrew Keir) asuma la condición de cazavampiros que en la novela (y en Horror of Dracula, en las pieles de Cushing) asume Van Helsing, o incluso la solución final en la que Drácula perece bajo el hielo quebradizo, lo que guarda correspondencia con el hecho mencionado en la novela de que el vampiro no puede atravesar el agua corriente. Probablemente más interesante de ese desenlace resulte otro eco literario, relacionado con el cierre del pasaje Infierno, la primera parte de La Divina Comedia de Dante Alighieri, que contiene la imagen del Lucifer tricéfalo atrapado en el hielo; reminiscencia que sin duda encaja perfectamente en esa condición mefítica que de Drácula se menciona en el propio título de la película.•
   
     
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Características DVD: Contenidos: Menús interactivos / Acceso directo a escenas / Trailer / Sports de TV / World Of Hammer: Episodio Dracula & The Undead / Ficha artística y Ficha técnica / Filmografías selectas / Galería de fotos / Tambien en DVD. Formato: 2.35:1, 16:9. Idiomas: Castellano e Inglés. Subtítulos: Castellano y Portugués. Duración: 86 mn. Distribuidora: Manga Films.
   
       
   

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