Ampliar imagen
   
Desafío total
Total Recall
     
    Director (es) : Paul Verhoeven
    Año : 1990
    País (es) : USA
    Género : Ciencia-ficción
    Compañía productora : Carolco Productions
    Productor (es) : Buzz Feitshans, Ronald Shusett
    Productor (es) ejecutivo (s) : Mario Kassar, Andrew Vajna
    Productor (es) asociado (s) : Elliot Schick, Robert Fentress
    Compañía distribuidora : Tri-Star
    Guionista (s) : Ronald Shusett, Dan O'Bannon, Jon Povill
    Guión basado en : el relato corto Podemos recordarlo por usted al por mayor de Phillip K.Dick
    Fotografía : Jost Vacano en Technicolor
    Diseño de producción : William Sandell
    Decorados : Robert Gould
    Vestuario : Erica Edell Phillips
    Maquillaje : Rob Bottin
    Música : Jerry Goldsmith
    Montaje : Frank J. Urioste
    Montaje de sonido : James Christopher
    Efectos especiales : Eric Brevig
    Ayudante (s) de dirección : Juan Carlos Kuki Lopez
    Duración : 109 mn
   
     
    Arnold Schwarzenegger
Sharon Stone
Rachel Ticotin
Michael Ironside
Ronny Cox
Mickey Jones
Dean Norris
Ray Baker
Roy Brocksmith
Ken Gildin
Alexia Robinson
Rosemary Dunsmore
Michael Champion
Marshall Bell
   
   
    Doug Quaid es un sencillo hombre que tiene un sueño: viajar a Marte. Está obsesionado con ello y ni tan siquiera la oposición de su mujer puede acabar con ese deseo, que acabará convirtiendo en realidad al visitar las oficinas de Memory Call, donde le implantarán un virtual viaje al planeta rojo. Al poco de iniciarse el proceso, Quaid empieza a revelar extraños recuerdos sobre ese lugar por lo que es enviado a su casa. Allí le espera su mujer, o quien creía que lo era, puesto que se revela que su vida en la Tierra no era más que un montaje, ni su matrimonio ni su trabajo ni sus amigos, nada era real. Es por ello que Quaid viaja a Marte para descubrir quién es, un simple obrero de la construcción o un agente secreto dispuesto a acabar con el régimen dictatorial marciano de Cohaagen.
   
   
   

CRÓNICAS MARCIANAS
 
Por Sergi Grau
«Se despertó y quiso estar en Marte. Los valles, pensó. ¿Qué se sentiría al caminar por ellos? Era cada vez mejor: el sueño crecía mientras él se despejaba. El sueño y el anhelo». Así empieza Podemos recordarlo por usted al por mayor (“We Can Remember It for You Wholesale”), el cuento de Philip K. Dick publicado inicialmente en la revista “The Magazine of Fantasy & Science Fiction” en 1966, y que se encuentra en la base del guion de Desafío total, firmado por Ronald Shusett, Dan O'Bannon y Gary Goldman. Un guion que, desde ese mismo principio y evocación soñada, respeta bastante en su planteamiento de la trama el citado y clásico relato de Dick que nos habla de la enmarañada relación entre la realidad, la memoria y los sueños o deseos. Así, durante la primera media hora de la película progresa la rocambolesca trama en la que, ubicada en 2048, conocemos a Doug Quaid (Quail en el cuento), un tipo obsesionado con la idea de viajar a Marte que, no hallándose en posición económica de pagarse un viaje hasta allí, contrata los servicios de una empresa, Memory Call (Rekall Inc en el cuento —y en la película en VO—), para que implanten en su memoria el recuerdo de ese viaje, recuerdo escogido a la carta como agente secreto en una misión importante; sin embargo, el implante no llega a tener lugar, porque al iniciar el mismo los técnicos de la empresa, accidentalmente, hacen aflorar un recuerdo que a Quaid le había sido borrado, devolviéndole la memoria sobre quien realmente era: un agente secreto del ejército rebelde en Marte…
   Sin embargo, pasada esa media hora —o desde el momento en que Quaid asume su condición y destino—, los responsables del filme escogen desarrollar las posibilidades de esa trama, más allá de los enunciados del sustrato de Dick (que se replegaba sobre su propio planteamiento mediante una vuelta de tuerca de visos cada vez más alucinados), en términos de… una película de Arnold Schwarzenegger. Sí, porque Desafío total, aunque película dirigida por un cineasta del sobrado carisma de Paul Verhoeven, fue, en su definición industrial, una película pensada para el lucimiento del actor de origen austríaco. Pongámonos en perspectiva: en aquellos años, Schwarzenegger, al que muchos apodaban «Arnie» o «Schwarzie», estaba en la cresta de la ola del éxito; tras sus exitosos trabajos en los ochenta como action hero hipermusculado, había saboreado el éxito también como actor de comedia (sí, sigue sonando raro) en Los gemelos golpean dos veces (1988), y se hallaba muy cerca ya de protagonizar, esta vez como héroe y no como villano, la película más cara de la historia del cine, Terminator 2: el juicio final (1991), que terminaría de elevar su caché y de evidenciar que el antiguo Mister Universo había desbancado definitivamente a su rival mediático, un Sylvester Stallone que en los mismos años naufragaba en su quinta y abúlica entrega de la saga de Rocky V (1991) y a punto estaba de fracasar también en la arena en la que «Arnie» había triunfado, la comedia: Oscar, quita las manos (1991).
   Y estas razones ofrecen la utilidad de un análisis de contexto de Desafío total, que perfectamente puede convivir con otro, sobre lo más rigurosamente cinematográfico —cuestiones de lenguaje— centrado tanto en las ambigüedades del guion como en la labor de Verhoeven, aspectos sobre los que regresaremos más adelante. Centrémonos, por ahora, en contemplar en perspectiva esas pautas o diseño de máximos de obra como producto industrial, que no eran otras que las de ofrecer a la star Schwarzenegger un material que pudiera conciliar sus atributos como héroe de acción con el cierto pedigree de una fábula de ciencia ficción de gran aparato, entendiéndose aparato tanto desde el punto de vista de su noble sustrato como de su generoso presupuesto (sesenta y cinco millones de dólares, cifra astronómica en 1990, por mucho que Cameron la empequeñeciera al año siguiente con la secuela de Terminator). Lo más llamativo, en ese aspecto, tiene que ver con de qué modo se gradúan las definiciones tipológicas asociadas con la expectativa de lo que era dable esperar de su actor protagonista. Total Recall, como relato muy mediatizado por el punto de vista de su personaje principal (en la propia lógica del relato de Dick), se encuadra fácilmente asimilable en la temática del falso culpable hitchcockiano: Doug Quaid no deja de ser un Don Nadie que, como Roger Thornhill (Cary Grant) en el inmortal título de Hitchcock Con la muerte en los talones (1959), ve cómo su cotidiano se torna de súbito en un periplo que le deja a constante merced del peligro, con la muerte pisándole los talones. Sin embargo, en los años de la era Reagan-Bush, y en el filtro de los estereotipos del action-hero que encarna Schwarzenegger, ni hay inocencia de partida (Doug es en parte responsable de lo que le ocurre, pues se lo busca, ya que sus sueños marcianos no dejan de ser una llamada a la aventura) ni hay la limitación del puro instinto de supervivencia, pues Quaid rápidamente toma la iniciativa (empezando por asesinar a sus perseguidores en las aparatosas y sanguinolentas secuencias de la huida inicial y desconcertada del personaje) y se mueve con ingenio y soltura en ese escenario de constante riesgo en el que está obligado a suplantar a otro —Hauser, su alter ego—, tornando toda esa fragilidad de los personajes hithcockianos en una autosuficiencia propia del héroe más unívoco (y de atributos, algunos añadirán, más superficiales). Resulta interesante esa lectura tipológica en contraste con el pasado, pero también con el futuro: el falso culpable, el perseguido, el tipo desorientado que debe asumir un destino que a todas luces le supera, no tardaría en trastornarse en otros y de nuevo frágiles paisanajes en las ficciones de autores de las últimas dos décadas como Christopher Nolan o David Fincher, por citar dos de los más relevantes; los autores de filmes como Following (1998), Memento (2000) o The Game (1997) sin duda volverían a acercarse a definiciones no infalibles y hitchcockianas en sus definiciones tipológicas, aunque desde otras latitudes, en sintonía con la neurosis, la desorientación y las crisis de identidad propias de este nuevo milenio. Los ochenta y noventa fueron, en este sentido, mucho más superheroicos en el peor sentido (el de lo arrogante, lo gratuïto y lo ingenuo), que este nuestro presente en el que las pantallas están tan saturadas de superhéroes.
   Sentado lo anterior, debe decirse que lo fascinante del análisis fílmico, y esta obra es un pertinente ejemplo, es con qué pasmosa facilidad pueden convivir lecturas de lo más dispares sin corromper las evidencias de sentido de una obra ni necesidad de forzar interpretaciones. Porque, sin duda, todas estas consideraciones apuntadas que tienen como vértice a la figura de Schwarzenneger en el mosaico del star-system de 1990 —razones industriales y, también, de trasfondo ideológico—, conviven en claro contraste, incluso pugna, con las posibilidades tanto del guion de Shusett/O’Banon/Goldman como con los determinantes énfasis de la puesta en escena de Paul Verhoeven. Sobre lo primero, se debe consignar la genialidad de un argumento que posibilita múltiples capas de lectura, principalmente la ambigüedad en torno a esa duplicidad stevensoniana entre Hauser y Quaid, y, en relación con ello, si todo lo que sucede desde el momento en que Quaid se entrega al implante en Memory Call no deja de ser… el sueño o implante de memoria que en efecto sí se le ha efectuado, y por tanto el grueso del filme no deja de ilustrar un (sofisticado, sí) relato soñado de su protagonista, quizá —en su interpretación más radical— uno fruto de un proceso traumático esquizoide que terminará, tras el aparente happy end, en una lobotomización del personaje. Sobre este particular, y para no extenderme en demasía, me remito al extenso y muy interesante argumentario planteado por Tomás Fernández Valentí en su libro Paul Verhoeven, la carne y la sangre (Glenat, Widescreen), concretamente en el epígrafe “Total Recall (2): El sueño es vida” dentro del episodio consagrado a la película (págs. 239-244).
   Y lo anterior, esas líneas que aportan una sana complejidad y ambigüedad, al relato, se enriquecen y proyectan lo alegórico merced de la aportación verhoeveniana a la película. A Verhoeven se le contrató, es obvio, confiando en su capacidad como ilustrador de nervio tras la sobrada capacidad demostrada en su previa y primera película americana, RoboCop (1987); pero Verhoeven nunca supo ni quiso ser un mero artesano, y aportaría sobrada personalidad a la obra, sin desmerecer sus aspiraciones de gran espectáculo mainstream, pero dotándolas de profundidad y unas rugosidades bien alejadas de la complacencia, que son las que, al fin y al cabo, marcan la distancia entre un producto llamativo de su tiempo y la gran película que Desafío total es. Lo primero que llama la atención de esa personalidad es su gusto por la explicitud de la violencia, una violencia por lo demás revestida de una pátina de ironía y humor negro: los ejemplos del nutrido body count del filme, las balas en la cabeza, sesos explotados, truculentas deformidades, etc, son interminables, si bien hay una imagen de transición, ciertamente curiosa, que podría resumir el placer que Verhoeven le encuentra en hiperbolizar la violencia con intenciones malcaradas: Richter (Michael Ironside), aniquila de un disparo a una rata que se ha tragado el localizador de Quaid; la imagen se llena de sangre, y ese detalle rojo, por encadenado de montaje, deviene en la atmósfera de Marte, donde el relato pasará a discurrir a partir de entonces…
    Esta exacerbación de la violencia recuerda poderosamente lo trabajado por el cineasta en RoboCop, pero hay otras muchas y nada inocentes similitudes entre las dos obras donde se pueden apreciar los aspectos que el cineasta gusta de priorizar. Podemos empezar por lo general, el contexto distópico en el que discurre el relato, marcado en las dos películas por la tiranía de un poder político/empresarial/económico que medra a costa del sufrimiento de los más débiles; los elementos de la lucha de clases presentes en RoboCop aún se magnifican más en Desafío total, donde la zona deprimida de Venusville, y en concreto un burdel, sirven de guarida para la resistencia; la simetría de conceptos termina de evidenciarse si tomamos en consideración que es el mismo actor, Ronnie Cox, quien asume el rol del tirano que somete a toda la comunidad, allí Dick Jones, aquí Cohaagen. Y continuamos con lo particular: existen dos escenas de Desafío total que remiten de forma bastante inequívoca a RoboCop si el espectador sabe estar atento al parentesco: una de ellas es la guarida momentánea de Quaid en una obsoleta factoría, lugar donde abre la maleta que Hauser ha dejado para él; allí Quaid levanta el velo de quién es realmente, del mismo modo que Murphy (Peter Weller), en semejante lugar apartado, se quitaba el casco y contemplaba su rostro, redescubriendo quién era, en el filme de 1987. La otra es un posterior levantamiento del velo, la visión que tiene Kuato al escrutar la mente de Quaid con sus poderes telepáticos, y que nos muestra esa formidable estructura alienígena que podría dotar de una atmósfera de oxígeno al completo planeta; esa visión, fruto de escrutar en lo más recóndito de la mente de Quaid, es semejante a otro recuerdo, el que se desencadena en la mente de Murphy al visitar la que fue su casa, en la que quizá sea la mejor escena de RoboCop: ambas escenas inciden en lo catárquico de alcanzar la verdad oculta tras un cambio de identidad o reseteo de la memoria; incluso la melodía de Jerry Goldsmith remite, casi podría pensarse que intencionadamente, a la que Basil Poledouris compuso para aquel preciso instante de RoboCop.
   Aún queda espacio para comentar el jugo que Verhoeven extrae de ese trasfondo fetichista y masoquista sublimado en la relación que Quaid establece con las dos partenaires que le tocan en suerte, la rubia villana Sharon Stone, y la morena modosa-viciosa que encarna Rachel Ticotin. De hecho, baste contemplar la primera aparición de Stone en el filme —la escena de seducción en la cama—, el modo en que Verhoeven la dirige y proyecta su picardía sexual en imágenes, para anticipar, de un modo bastante acertado, buena parte de las prestaciones que harían de Catherine Tramell (Sharon Stone en Instinto básico) un auténtico icono del cine americano de los años noventa del siglo pasado. El periplo de Doug Quaid en Marte termina siendo también, sotto voce, la liberación del personaje del yugo matrimonial, algo que alcanza su clímax cuando la morena, o amante, acude a rescatarlo y pelea cuerpo a cuerpo con la esposa indeseable (pelea que, en su día, resultó muy celebrada por lo llamativo que resultaba ver a dos féminas moliéndose a palos en pantalla como los hombres), secuencia que termina con Quaid apuntando a Lori (Stone), quien le dice «no le dispararás a tu esposa, ¿verdad?», a lo que él replica tranquilamente pegándole un tiro en la cabeza para zanjar el asunto con un elocuente «considéralo un divorcio»… •
 
   
     
Comprar en fnac.es
   

Trailer original de cine / Características. Formato: Pal Widescreen, 16:9. Resolución: 1.080 p. Idiomas: Castellano, Inglés y Alemán. Subtítulos: Castellano, Holandés, Portugués, Inglés, Turco y Alemán. Duración: 108 mn. Distribuidora: Universal Pictures. Fecha de lanzamiento: 5 de septiembre de 2012.

 

 


Características en BD: Contenidos: Menús interactivos / Acceso directo a escenas / Cómo se hizo / Teaser trailer  / 


   
     
Comprar en dirigidopor.com
   
Editorial: Ediciones B.
Autor: Philip K. Dick.
Fecha de publicación: 2002.
327 pp. Rústica. 15,0 x 23,0 cm. Incluye varios relatos, entre los cuales figura Podemos recordarlo por ud. al por mayor.
Editorial: Dirigido.
Colección: Programa doble nº 14.
Autor: Carlos García Brusco.
Fecha de publicación: 1995.
136 pp. Rústica. 12,5 x 19,7 cm. Incluye estudio El halcón y la flecha.
   
   
     
Comprar en screenarchives.com
   

TOTAL RECALL (1990) 
Jerry Goldsmith

Colosseum CVS 6197, 2000. DeLuxe Edition. Duración: 71: 20.

   
       
   

   Ingresar comentario

Valoración media: 7,5

Comentarios: 0

Total de votos: 2


¿Qué valoración le darías a esta película?

Valoración:

Enviar