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Napoleón
Napoleon
     
    Director (es) : Sacha Guitry
    Año : 1954
    País (es) : FRA-ITA
    Género : Biográfica
    Compañía productora : Filmsonor S.A./Francinex/Les Films C.L.M.
    Productor (es) : Clément Duhour
    Guionista (s) : Sacha Guitry
    Fotografía : Pierre Montazel
    Diseño de producción : René Renoux
    Vestuario : Monique Dunan
    Música : Jean Françaix
    Montaje : Raymond Lamy
    Duración : 182 mn
   
     
    Sacha Guitry
Erich Von Stroheim
Orson Welles
Jean-Pierre Aumont
Jeanne Boitel
Pierre Brasseur
Gianna María Canale
Jean Gabin
Jean Chevrier
Jean Marais
Erich Von Stroheim
Yves Montand
Maria Schell
Micheline Presle
   
   
    Recorrido por los episodios más significativos de la vida, acción militar y actividad como estadista de Napoleón, desde la cuna en su querida Córcega hasta a su deceso en Santa Helena. Sus amoríos ocupan una buena porción del metraje.
   
   
   

EL «MARISCAL» GUITRY
 
Por Ignasi Juliachs
El Napoleón de Sacha Guitry, estrenado en 1955, se integra en algo así como una trilogía a modo de frescos históricos que el realizador, poco antes de morir en 1957, quiso emprender acerca de los tiempos modernos e inicios de los contemporáneos de su adorada Francia. Los otros dos títulos son Si Versalles pudiese hablar (1953) y Si Paris nous etait conté (1955). Se trata de producciones de muy alto coste y cierta voluntad épatant, con un espectacular despliegue de vestuario y atrezzo, por no hablar de la puesta en escena, casi  siempre enmarcada en los auténticos lugares históricos en que tuvieron lugar los hechos narrados, en las que la megalomanía y grandilocuencia de Guitry alcanza niveles apoteósicos.
Pero, para empezar, ante este Napoleón nos hallamos con un problema muy evidente: no se trata de la versión íntegra. Según todas las reseñas, el film original duraba 182 minutos, y nuestra copia es de 118 minutos. Ello es particularmente determinante a la hora de efectuar cualquier análisis, y más si tenemos en cuenta el peculiar estilo de este realizador a la hora de abordar proyectos metanarrativos con una voluntad globalizadora que acaso en nuestros días nos puedan parecer no sólo de un atrevimiento insensato, sino condenados al fracaso ya en la idea de base. Efectivamente, el modo de narrar de Guitry es a base de estampas, que en ocasiones diríanse con voluntad de retablo, y con una cierta tendencia a la pose, en donde se recogen hechos históricos determinantes u ocasiones en que los grandes personajes, los padres de Francia, emiten frases que muy probablemente la tradición y el tópico han puesto en sus bocas. En estos frescos históricos no hay continuidad narrativa, se salta de una situación a otra con timing más o menos acertado, cada una con valor de compartimento estanco, la cámara fija y cierta resonancia teatral por doquier. Sin embargo, esos compartimentos estancos, estampas, mantienen un cierto orden, como si fueran piezas de un rompecabezas, las unas cobran sentido por las otras. Cuando Tayllerand —auténtico superviviente político que mantuvo cargos desde la Revolución francesa hasta la monarquía de Luis-Felipe y, en el film, absoluto maestro de ceremonias que cual demiurgo narra la vida de Napoleón— se queda casi con la palabra en la boca mientras se va a fundido en negro, se comprenderá que la sospecha de que ahí falta algo es grande, o que cuando con brusquedad inopinada se pasa de una escena de alcoba a la Batalla de Jena la certeza de que se han «arrancado varias páginas» es incontestable; por no hablar de la brevedad de personajes como María Luisa de Austria quien, encarnada brillantemente por una jovencísima Maria Schell que habla alemán sin subtítulos, apenas aparece en una secuencia que resulta voluntaria e irónicamente cómica al desatar el personaje un temperamento endiablado. Todo esto queda refrendado desde el momento en que las versiones castellana y francesa difieren. En la primera se han añadido comentarios adicionales con la voz en off de Tayllerand que resumen y dan sentido a secuencias que de aparecer sin más, bruscamente, habrían desorientado al espectador. En la versión francesa, tales explicaciones brillan por su ausencia puesto que esas secuencias provienen de un metraje mayor donde cabe suponer se narran partes aquí omitidas. Es paradójico que la versión castellana incremente así la condición de gran demiurgo y de omnipresente que tanto alimentaba el narcisismo de Guitry. Así pues, creemos que esta versión abreviada agrava la imposibilidad ya de por sí de narrar con mínimo sentido toda una vida como la de Napoleón mediante el recurso de las estampas. Si pasamos por encima de la egolatría, chauvinismo y pretenciosidad de Guitry, de su evidente condición no tanto de historiador como de exaltador de la supuesta grandeur francesa, si superamos el prejuicio de ver un film francés de los 50 con ojos de la primera década del siglo XXI, inmersos en una posmodernidad que nos hace creer, muy equivocadamente, que el cine no existe antes de los 90 del siglo pasado, y que no está para narrar historias sino para recrear imágenes de videojuego, podemos valorar un proyecto como Si Versalles pudiese hablar en sus justos logros porque en cierta medida el protagonista de la cinta es el propio Palacio de Versalles. Las estampas, aquí, cobran fuerza porque sirven a la idea del paso vertiginoso del tiempo. Visto así, hasta es posible entender que los muros del Palacio hacen las veces de la Gran Francia a la que los grandes hombres han servido o sirven de modo indefectiblemente transitorio, y puede que hasta admitamos que las pretensiones metanarrativas de Guitry alcancen así cierto éxito. Sin embargo, otra cosa es aplicar la misma idea en un personaje concreto de tan densa trayectoria como Napoleón. En el film de Guitry se da demasiada importancia a la condición mujeriega del Emperador (es todo lo que Guitry entiende por crítica hacia su persona) mientras que, por contra, se pasa de puntillas sobre muchos aspectos de su política. No obstante, parece que Guitry es consciente de ello, pues hace que Tayllerand abiertamente ironice al negarse a detallar el episodio de España, que dice que mejor lo narren los ingleses en alusión a Trafalgar. Las estampas acaban deviniendo un simple enunciado, una lista de extremos a considerar sobre el corso que bien pudieran aparecer en un libro de texto de Bachillerato que necesitan una posterior profundización. Napoleón, cabe admitir que espléndidamente encarnado por Daniel Gélin cuando joven, y aún mejor por Raymond Pellegrin en la madurez (mucho se ha alabado el tránsito de uno al otro en una secuencia cuya síntesis temporal tiene hálito kubrickiano —obviamente après la lettre—donde un barbero corta el cabello del gran hombre), aparece como un genio tocado por alguna varita divina, casi un superhombre que no vacila ante nada ni nadie. 
Como valor indiscutible del film y de Guitry está ese refinado sentido del humor cínico. Hay que estar atento a los diálogos y comentarios («el Zar puso la mano sobre Polonia bajo el eterno pretexto de defenderla»), pues van soltándose perlas que un espíritu cultivado sabrá apreciar en su justa medida. Si Guitry se salva es precisamente por ese sentido del humor que le permite, aun siendo un chovinista rematado, reírse de ciertas cosas y aun ejercer como crítico de las mismas, lo que habla de un espíritu en alguna medida clarividente aunque le pierdan las rutilancias, los secretos de alcoba y el cuento de hadas transfigurado.
   Otra peculiaridad de la cinta es el paso (pues prácticamente resultan presencias) de grandes actores del momento, como Erich Von Stroheim, casi irreconocible como Bethoven; Orson Welles haciendo de Sir Hudson Lowe, el odioso carcelero de Napoleón en Santa Helena; Jean Gabin como el Mariscal Lannes; Yves Montand, que apenas aparece para cantar (sic)  en un campamento tras una batalla, como el Mariscal Lefèbvre; y Michelle Morgan, con algo más de presencia que ninguna otra de las mujeres del corso, como Josephine.  
   Para finalizar, destacar las secuencias de batalla rodadas in situ (Waterloo, Austerlitz) con ayuda del futuro realizador Eugène Lourie, a quien Guitry elogia al principio de la cinta como «experto en la materia». La inclusión de esos planos de masas en verdad espectaculares, sin nada que envidiar a cintas bélicas de época, resultan una peculiar rareza en un film de Guitry, cuyo estilo de salón, con cámara fija y componente teatral, alimentado por el verbo como fuerza casi única, no parece casar, d'emblée, con la acción, y puede que también expliquen la condición de superproducción que la cinta tuvo, con un presupuesto de 1.800.000 millones de dólares de la época. •
   
     
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Características DVD: Contenidos: Menús interactivos / Acceso directo a escenas. Formato:  Pal 16:9. Idiomas:   Castellano y Francés. Subtítulos: Castellano. Duración: 118 mn. Distribuidora:  Suevia Films. Fecha de lanzamiento: 15 de septiembre de 2010. 
   
       
   

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