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Frankenstein Unbound
(Titulo original)
   
    Director (es) : Roger Corman
    Año : 1990
    País (es) : USA
    Género : Ciencia-ficción-Terror
    Compañía productora : The Mount Company
    Productor (es) : Roger Corman, Thom Mount, Kobi Jaeger
    Productor (es) asociado (s) : Jay cassidy, Laura J. Medina
    Guionista (s) : Roger Corman, F.X. Feeney
    Guión basado en : en la novela Frankenstein desencadenado de Brian Aldiss
    Fotografía : Armando Nannuzzi y Michael Scott en Color DeLuxe
    Diseño de producción : Enrico Tovaglieri
    Decorados : Ennio Michettoni
    Vestuario : Franca Zucchelli
    Maquillaje : Nick Dudman, Guiliana DeCarli
    Música : Carl Davis
    Montaje : Mary Bauer, Jay Lash Cassidy
    Sonido : Ken S. Polk, Gary Alper, Ken Teaney
    Efectos especiales : Renato Agostini
    Ayudante (s) de dirección : Tony Brandt, Mauro Sacripante
    Duración : 88 mn
   
     
    John Hurt
Raúl Julia
Nick Brimble
Bridget Fonda
Catherine Rabett
Jason Patric
Michael Hutchence
Catherine Corman
Mickey Knox
Isabella Rocchietta
   
   
   
En Los Ángeles en 2031 el doctor Joseph Buchanan trabaja en una poderosa arma de su invención. El científico desconoce que sus investigaciones han provocado la apertura de una brecha que permite viajar en el tiempo. Accidentalmente, durante una tormenta, es engullido y lanzado a un laberinto espacio-temporal. A continuación, aparece en la Ginebra de principios del siglo XIX. Desorientado, decidido a averiguar qué ha sucedido, deambula por el misterioso escenario decimonónico. Tras refugiarse en una taberna descubre, charlando, que el comensal sentado a su lado es el célebre Victor Frankenstein. Buchanan pronto averigua que alguno de los vecinos de la localidad son los artistas Mary y Percy Shelley y lord Byron. Además en la realidad singular que le acoge el monstruo resucitado por el doctor no es una invención literaria, es una peligrosa criatura real que se oculta en el bosque.
   
   
   

EMISARIO DE OTRO MUNDO
 
Por Ramón Alfonso
Tras el derrumbamiento de Hammer Films y el feroz embrutecimiento en Italia del giallo y sus derivados el género de horror, enganchado a un presuroso debilitamiento artístico, pasa a ser dominado por grotescos psycho killer, abanderados por los inefables Freddy Krueger y Jason Voorhees. En dicho contexto radicalmente metamorfoseado las escasas apariciones cinematográficas de los apodados monstruos clásicos, durante décadas inamovibles referentes del apartado, y sus transformaciones, se convierten, excepción hecha de alguna forma del licántropo, visto en las aplaudidas Aullidos (1981) y Un hombre lobo americano en Londres (1981), en singularidades derrotadas y anacrónicas. Así, las visitas de Drácula, el Monstruo de Frankenstein o la Momia a la gran pantalla se efectúan al dictado de los reglamentos del cine trash y/o la parodia cruel. En dicho escenario moderno, por completo alterado, vuelve inesperadamente a sentarse en la silla de director el prematuramente jubilado Roger Corman. Casi dos décadas después de realizar la espléndida El barón rojo (1971), una personal observación de dos de los más renombrados soldados de la Gran Guerra, el autor de El péndulo de la muerte (1961), ocupado desenvolviéndose en la faceta de mecenas caradura, abandona el retiro voluntario, movido presuntamente por el puro capricho, para dirigir una nueva vuelta de tuerca al mito del moderno Prometeo. Esta propuesta, el regreso de un hombre tan admirablemente vinculado al género, antes de las decisivas modificaciones experimentadas después del estreno de La semilla del diablo (1978), El exorcista (1973) y La matanza de Texas (1974), decidido a escribir en el escenario de comienzos de los noventa, con el concurso del prestigioso actor John Hurt, un nuevo e insospechado capítulo en la filmografía del doctor Frankenstein y su criatura, proclama emocionantes quebrantamientos e invenciones. No en vano se trata de la primera ocasión en la abultada filmografía del director en que se emprende la traducción a imágenes de una de las conocidas narraciones de los engendros. La reunión de Corman y las criaturas imaginadas por Mary W. Shelley resulta particularmente emocionante. Sin embargo, el diálogo imaginado entre los dos artistas suma una tercera mirada pues Corman opta por construir la nueva hazaña terrorífica interpretando la novela escrita por el inglés Brian Aldiss en 1973 Frankenstein desencadenado. Tachada, es curioso, por admiradores y críticos casi de forma unánime como el más deficiente de sus textos Aldiss reinterpreta la crónica trazada por la escritora a fin de dar forma a una fantasía encandilada de ciencia-ficción, mimética y ligada a la apasionante subcategoría de periplos temporales, en la que se acompaña a un científico de 2020, John Bodenland, vecino de una futurista Texas, a una original realidad enclavada en la Ginebra de principios del siglo XIX en la que conviven sujetos reales, Lord Byron, Percy Shelley y su esposa, con ficticios, Frankenstein y su retoño horripilante. En el sorprendente tablado el erudito del mundo del mañana, trasladado por un raro fenómeno meteorológico causado por una de sus invenciones, una vez más la creación se vuelve contra el mad doctor, ayuda al alucinado creador a construir una compañera al monstruo, convirtiéndose así en un particular émulo imperfecto del perverso Pretorius de La novia de Frankenstein (1935).
    La decisión de Corman de representar en imágenes un libro vinculado sin ambages al género, peculiar reflejo subjetivo del original, redactado por un devoto cultivador del mismo descubre pronto la intención de alejarse de reinterpretaciones desfiguradoras, sátiras o desmañadas traslaciones presentadas antes. Charlando con Aldiss del libro inmortal el director, osado, pretende visitar espacios casi inéditos, al menos en lo referido a las más apreciadas lecturas, enlazados a las personalidades y divulgar sus conclusiones en el contexto cinematográfico menos favorable. La resurrección de Frankenstein supone en consecuencia un romántico anacronismo de resistencia, un nostálgico guiño a una etapa clausurada que quizá proyecta una frágil revolución interna en la herida categoría. La película resultante, sin embargo, no logra concretar los supuestos objetivos marcados. El regreso del cineasta exhibe en conjunto un saldo decepcionante y se revela seguidamente como uno de sus trabajos más discutibles. Anquilosado y perezoso Corman arma el largometraje malogrando las interesantes vías apuntadas sobre el papel. Fracturando la conversación a tres voces frustra la sugestiva exploración de un texto convencido de que la autora se inspira en terribles hechos reales silenciados para formar la novela. Rota la emocionante ambigüedad, el film bosqueja además siniestras anotaciones alrededor de la evolución de la criatura en el mundo del mañana, y plantea que Victor Frankenstein y su homónimo del siglo XXI, rebautizado para la ocasión Joe Buchanan son, en efecto, el mismo individuo, y tergiversados a capricho determinados pasajes del escrito de Aldiss, el relato avanza desorientado a trompicones decidido a resguardarse, a grandes rasgos, tras la certera composición de los actores liderados por Hurt. La confusión imperante y la preocupante abulia cazan también a un dispositivo formal endeble, pese a montarse con un presupuesto de más de diez millones de dólares, el más importante manejado por el realizador, que apenas logra expresarse con cierta destreza cuando compone las solitarias instantáneas futuristas en la nieve, eficaz Cara B de las secas láminas ilustradoras de piezas distópicas pretéritas, y remite en su desconcierto visual a la desvariada iluminación que diferencia determinadas muestras de género a la italiana. ¿Una nostálgica aportación añadida por los miembros italianos del equipo, el director de fotografía Armando Nannuzzi, el decorador Ennio Michettoni o el ayudante de dirección Tony Brandt? Es posible. El desaliñado puzzle invita a que los responsables de las diferentes categorías traten a la desesperada de justificar responsabilidades. Estropeadas las charlas notables, y lógicamente la conquista de una eventual significación subversiva, pese a que en conjunto la cinta se arrima antes a las señas de identidad de cierta ciencia-ficción fílmica, el patrón y sus colaboradores desparraman por el metraje asimismo desordenadas citas cinéfilas. Más allá de un puñado de autoreferencias veladas se menciona constantemente Regreso al futuro III (1990) mostrando el lujoso auto futurista en el escenario del pasado, algún fragmento aislado de Alien, el octavo pasajero (1979), John Hurt enfundado en el traje de científico atacado por el horror imposible, y sobre todo, precisando uno de los puntos más inauditos, el cortometraje realizado por J. Searle Dawley en 1910 para la compañía de Edison. La determinación de obviar la reconocible caracterización del Karloff de la cinta de James Whale, que acompaña muchas de sus visitaciones, y enseñar al monstruo vestido con harapos y luciendo rasgos de deforme bruja evoca parte de la personalidad de la figura silente olvidada. La patente tosquedad narrativa, vigilada por el ser de otrora, tal vez aspira a invocar maneras primitivas en su afán de retroceder hasta el nacimiento de la categoría a fin de encontrar alternativas vías expresivas. Al igual que su protagonista Corman viaja al pasado, puede que también accidentalmente, el desconcierto global así lo indica, imprudente, buscando a lo mejor respuestas imposibles, y fracasa. En realidad el largometraje narra la historia de una doble derrota: la ficticia protagonizada por Buchanan y la del tardío regreso del director. Lesionada internamente en demasía, La resurrección de Frankenstein es un cachivache pasado de moda comprensiblemente ignorado.• 
   
     
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Editorial: Minotauro.           
Colección: Biblioteca de Autor Aldiss
Autor: Brian Aldiss.
224 páginas. 20,5 x 12 cm.
   
       
   

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