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Secret Honor
(Titulo original)
   
    Director (es) : Robert Altman
    Año : 1984
    País (es) : USA
    Género : Drama
    Compañía productora : Sandcastle 5 Productions
    Productor (es) : Robert Altman
    Productor (es) ejecutivo (s) : Scott Bushnell
    Guionista (s) : Donald Freed, Arnold M. Stone
    Fotografía : Pierre Mignot, en color
    Diseño de producción : Stephen Altman
    Música : George Burt
    Montaje : Juliet Weber
    Ayudante (s) de dirección : Allan F. Nicholls
    Duración : 90 mn
   
     
    Philip Baker Hall
   
   
   
El actor Philip Baker Hall da vida a Richard M. Nixon, retirado de la política tras el escándalo del watergate, y que se encierra en una sala noble para grabar para la posteridad el que podría ser una especie de “testamento”. Después de hacer una serie de pruebas con un magnetofón que se encuentra encima del escritorio de la sala empieza su particular repaso, de manera desordenada, a una existencia sojuzgada por el sentimiento de culpa, pero que no evita mostrarse en un tono arrogante cuando rememora a algunas personas con las que tuvo relación dentro del mundo de la política.    
   
   
   

EL ÚLTIMO «TESTAMENTO»
DE RICHARD NIXON
 
Por Christian Aguilera
«Yo gané porque era un perdedor»
 
Richard M. Nixon en The Secret Honor de Donald Freed y Arnold M. Stone
 
Inédita en salas comerciales de nuestro país, la retrospectiva dedicada a Robert Altman en la Filmoteca de la Generalitat de Catalunya en el invierno de 2018-19 ha sido la única ocasión de poder ser vista hasta la fecha en la gran pantalla Secret Honor (1984). Un one man show a cargo de Philip Baker Hall, quien ya había representado sobre los escenarios la pieza teatral escrita por Arnold M. Stone y Donald Freed, este último artífice de la historia que dio pie a Acción ejecutiva (1973), fundamentado en una serie de teorías conspiratorias para asesinar al máximo mandatario de la Casa Blanca John F. Kennedy durante su estancia en Dallas. El político que le había disputado la presidencia de los Estados Unidos en 1960, Richard Milhaus Nixon (1913-1994), es el personaje que encarna Baker Hall con la vehemencia propia de alguien que se encuentra atrapado en sus propios delirios tras el escándalo del watergate.
    Rodada en 16 m/m, en tan solo siete días y valiéndose de un equipo técnico mayoritariamente surgido de las filas de la Universidad de Michigan donde impartió clases por aquel entonces, Robert Altman volvió a mostrar su vertiente de francotirador, refractario a obtener el aval de las audiencias. A lo largo de una hora y media —muy por debajo, pues, de los ciento cincuenta minutos que duraba el montaje teatral servido en 1983— Altman y uno de sus cameraman de confianza Pierra Mignot resiguen los movimientos de un Baker Hall / Nixon «desbocado», en un ejercicio que entra en un mar de contradicciones, buscando por una parte la “exculpación” y por otra parte mostrándose desafiante. Un monólogo que define hasta qué punto el asunto del watergate afectó al equilibrio emocional de una personalidad de la política norteamericana que ya arrastraba consigo desde su infancia sentimientos encontrados. En ese periodo fallecieron dos de sus hermanos a causa de la tuberculosis, el primero de los asuntos que trata en ese monólogo que apela continuamente a su conciencia. Óbviamente, el conocimiento del detalle de la biografía personal de Nixon permite un mayor grado de conexión con el hilo de las argumentaciones del que fuera 45 Presidente de los Estados Unidos, pero aún así la digresión y la divagación alejan de la enmienda a empatizar con el mismo. En este ejercicio de puro “funambulismo” cinematográfico, en que Baker Hall trata de mantener el equilibrio sobre una cuerda tensada a ambos “extremos” del metraje con la posibilidad de precipitarse al vacío sin la existencia de una “red” que amortigüe su caída, Robert Altman empleó un único recurso adicional para potenciar el efecto dramático. Se trata de la composición musical a cargo de George Burt (1929-2015) —con quien volvería a colaborar en Fool for Love (1985)—, que no por casualidad exhibe unos modismos propios de Igor Stravinsky en el pasaje en que Nixon divaga sobre su condición de «nuevo Lincoln», cuya imagen luce en la sala noble donde transcurre la historia. No en vano, Robert Altman había sido el stage director de Stravinsky’s : The Rake’s Progress, un montaje que tuvo lugar en la Universidad de Michigan en noviembre de 1982, a dos años vista, pues, de la plasmación al celuloide de Secret Honor con el añadido de «A Political Myth» tal como queda reflejado en los créditos iniciales mientras suenan unos redobles de tambor y el sonido de las flautas. Pórtico de entrada a una propuesta reservada casi en exclusiva a “altmanianos”, «cazadores de rarezas» de los ochenta y/o devotos de la política norteamericana observada a través del prisma de la “realidad” cinematográfica.•            
 
 
 
 
 
 
   
       
   

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