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El clan de los irlandeses
State of Grace
     
    Director (es) : Phil Joanou
    Año : 1990
    País (es) : USA
    Género : Thriller
    Compañía productora : Orion Pictures
    Productor (es) : Ned Dowd, Randy Ostrow, Ron Rotholz
    Compañía distribuidora : Lauren Films
    Guionista (s) : Dennis McIntyre
    Fotografía : Jordan Cronenweth, en Color DeLuxe
    Diseño de producción : Patrizia Von Brandenstein, Doug Kraner
    Vestuario : Aude Bronson-Howard
    Música : Ennio Morricone
    Montaje : Claire Simpson
    Ayudante (s) de dirección : Thomas Mack
    Duración : 134 mn
   
     
    Sean Penn
Gary Oldman
Ed Harris
Robin Wright
R.D. Call
John Turturro
John C. Reilly
Joe Viterelli
Burgess Meredith
James Russo
Marco St. John
Sandra Beall
   
   
    Dominado por la comunidad irlandesa desde mediados del siglo XIX, el barrio de Hell's Kitchen pasa por ser uno de los más violentos de la urbe neoyorquina. La violencia que domina en sus calles se ha acrecentado en los últimos años con la aparición de una nueva generación de bandas con acento irlandés y de la mafia italiana, dispuesta a rivalizar con los europeos del norte por asuntos tales como el tráfico de drogas, la extorsión o la prostitución. Después de haber permanecido ausente durante unos años de este conflictivo barrio, Terry Noonan regresa al que había sido su hogar, reencontrándose con su amigo de infancia Jackie Flannery, ligado al nombre de Frankie Flannery, uno de los gángsters más peligrosos y respetados de Hell's Kitchen. Al igual que Kathleen --a quien Terry reconoce como una bella mujer objeto de deseo--, Jackie es hermano de Frankie, dispuesto a crear un auténtico «sindicato del crimen» en aras a acabar con la Mafia italiana, que persigue idénticos fines llenos de sadismo y destrucción...
   
   
   

MALAS CALLES
 
Por Lluís Nasarre
Nombres de respeto
 
Mediado el año 1990 en el panorama cinematográfico irrumpió con fuerza Uno de los nuestros. Su impacto a nivel crítico y popular fue tan contundente que otras producciones hermanadas genéricamente con el film de Martin Scorsese, se vieron Sean Penn y el director Phil Joanou durante el rodaje de "El clan de los irlandeses" (1990).relegadas por la energía de los lances al otro lado de la ley de aquel trío que componen los rostros de Ray Liotta, Robert de Niro y Joe Pesci. Recordemos que ese año, también se estrenaron Muerte entre las flores, King of New York, Hombres de respeto y/o El padrino: Parte III. Unos films eclipsados en cierto modo en aquel momento por el efecto (y la influencia que había de tener) del film del director de Malas calles (1973), pero que el tiempo (afortunadamente) ha ido colocando a cada uno de ellos en el lugar que le corresponde y esto es, un mayor reconocimiento para el film de los hermanos Joel y Ethan Coen, el de Francis Coppola y el de Abel Ferrara, ya que de la (discretita) adaptación de Shakespeare (Macbeth) que William Reilly dirigió y adaptó con John Turturro en el protagónico, apenas nadie se acuerda. No obstante, a ese cuarteto de films postergados de laureles en el momento de su estreno, podríamos añadir otro que, en 1990 apenas nadie vió en las salas cinematográficas y que merced a ese (sabio) paso del tiempo (auxiliado por emisiones domésticas y por la posterior y exitosa carrera de los intérpretes que participaron en ella) ha ido adquiriendo un reconocimiento del que adoleció en su momento y que, si me apuran, casi puedo sentir cuando lo reviso, que es el que mejor ha envejecido de ellos: El clan de los irlandeses.
    En la actualidad, aceras aburguesadas, bistrós franceses y prodigios urbanísticos constituidos por edificios residenciales de ladrillo vista, esconde aquella zona al oeste de Manhattan que, hasta su transformación urbana durante la década de los ochenta, se revistió de cierto grado de leyenda: Hell’s kitchen. Ese barrio neoyorkino que, a pesar de que la cultura lo hubiera vampirizado, su reputación criminal se vestía sola. Un lugar que a través de los años y la inmigración había sido sometido por una pluralidad de pandillas, en su mayor parte irlandesas. De ahí que, desde la década de los sesenta hasta mediados los ochenta del pasado siglo XX, Hell’s kitchen se convirtiera en el patio de recreo de los westies, una banda de irlandeses tan violentos como impredecibles. A partir de 1986, época en la que se cree que la banda se da por extinta, algunos films y libros han abordado el tema de las mafias irlandesas de Nueva York. De los primeros, aparcando Gangs of New York (2002) por su voluntad de embrionaria, tanto El clan de los irlandeses como Sleepers (1996) recrean en sus imágenes la violencia de aquellos años al abrigo de ficciones rociadas de realidad.
 
Cuando la otra cara del crimen es cuestión de sangre
 
    Cuando me acerco a El clan de los irlandeses no puedo evitar retrotraer a mi imaginario cinematográfico, las películas de James Gray. Y ello se debe seguramente, al considerar que las intenciones emocionales de la filmografía del realizador de La noche es nuestra (2007) y las de la película de Phil Joanou, responsable del film de 1990, están muy próximas. Es una evidencia que, al transcurrir de los años, el reconocimiento de Gray, lo presumimos con más calado y recorrido que al de Joanou; ahora bien, El clan de los irlandeses (1990) ostenta del merito de ser anterior. En su arco argumental, básico, con la excusa de un badboy con cierto pasado retornando al lugar de sus orígenes tras una larga ausencia, Joanou teje un entramado de lazos fraternos amén de románticos, sirviéndose de un grupo humano, el cual se halla anhelando un futuro que consiga derribar su presente. Apenas eso (que no es poco), es la columna dramática del film. Un armazón escondido tras el espíritu de un film (otro) sobre la mafia: una radiografía de una generación de personas perdidas entre sus sueños y su realidad, entre las mentiras y la lealtad. Y el espectador (re)conoce a donde va a llevar todo eso, pero no tiene ningún inconveniente en acompañarlos en su periplo humano. Un periplo que deviene aventura reflexiva (como en Gray), reviviendo el pasado y restaurando frustraciones. Como hace Terry Noonan (Sean Penn), el protagonista, intentando con su regreso tras diez años, reparar todo aquello que dejo atrás en suspenso. Una realidad pretérita para él, pero que continua siendo presente para las personas que reencuentra. En definitiva, una excusa para una segunda oportunidad.
    Asimismo, y como ya hemos apuntado,El clan de los irlandeses toma a Nueva York como marco geográfico. El mismo Nueva York de Scorsese, de Coppola o de Friedkin. Y al igual que los citados, la analogía de la urbe que efectúa Joanou la convierte en un personaje más. Un personaje, un espacio del que el director de Prisioneros del cielo (1996) se apropia y lo utiliza para, a través de él, de Hell’s kitchen, dar forma a los personajes y a sus relaciones. Un ejemplo significativo puede ser el de que, cuando un personaje, cualquier personaje, sale de algún inmueble, Joanou lo enmarca en un plano en el que hay cabida para dos calles, para una intersección, para una encrucijada que simbolice, en cierto modo, sus movimientos. Una metodología que nos recuerda a algunos westerns, ya que a través de esos movimientos de cámara, esenciales, en muchas ocasiones se daba paso a momentos de reflexión. Y ya que de western hablamos, El clan de los irlandeses se beneficia en modo mayúsculo de la intervención de Ennio Morricone como responsable de la banda sonora. Un compositor ideal para construir personajes y emociones mediante la reconciliación de la música y la composición de espacios. Morricone le regala a Joanou una partitura elegante, opulenta, de matices operísticos, que enaltece el estado de ánimo en cada instante, aportando intensidad para los momentos dramáticos y subrayando perfectamente las acciones de violencia que se dan a lo largo del film. Es curioso comprobar que, siendo también Morricone el compositor de la bellísima banda sonora de Érase una vez en América (1984) de Sergio Leone, un realizador ineludible del universo western, sea El clan de los irlandeses un film más afín a ese género (una suerte de western moderno), que la última obra (maestra) del realizador transalpino, más social e íntima.
 
La calle sin nombre
 
    Por otro lado, uno de los activos de El clan de los irlandeses es su guión. En medio de instantes pletóricos de whisky, cerveza y sangre, el libreto de Dennis McIntyre (su único guión ya que falleció ese mismo año) evoca tanto a Shakespeare como a James Joyce. Un guión que cayó en las manos de Phil Joanou, un protegido de Steven Spielberg, cuya experiencia cinematográfica pasaba por formar parte de la nómina del realizador de Salvar al soldado Ryan (1998), cuando este desarrolló y llevó a término el serial televisivo Cuentos Asombrosos (1985-1987), donde Joanou habría de hacerse cargo de un par de episodios. Tras esa etapa, se ocupa de la simpática Pánico a las tres (1987) y se hace compañero de viaje -para su gira- del grupo irlandés U2, realizando varios video clips y el documental U2: Rattle and Hum (1988). Empero, el deseo de Joanou era el de llevar a cabo un film sobre los westies por lo que empieza a documentarse sobre ello. La casualidad hace que la productora Orion y Sean Penn se crucen en su camino con un proyecto similar: el que tiene como base el guión de McIntyre. A continuación, formalizado ya el acuerdo, Penn, ya con status de estrella en potencia, echa mano de David Rabe, el guionista de Brian de Palma en Corazones de hierro (1989) para que lleve a cabo algunas modificaciones en el guión que sean de su gusto e introduce en el cast tanto a John C. Reilly como a Robin Wrigth, con la que acabaría casándose. Por su parte, Joanou convence tanto a Gary Oldman como a Ed Harris y a Jordan Cronenweth, al que conocía de sus tiempos con U2 y que tenía en su curriculum vitae el ser el director de fotografía tanto de Blade Runner (1982) como de algún que otro film de Coppola. La cinematografía ahumada, melancólica y estilizada, de calles empapadas de lluvia, callejones en sombras y viviendas desmoronadas, atrapan y dan forma a los instantes más intensos del film merced a la deslumbrante delicadeza fruto del visor del cameraman norteamericano fallecido en 1996.
     No obstante, a pesar de contener todos estos condicionantes que puedan jugar a su favor (en un momento incluso se barajó la posibilidad —descartada por calendario—que U2 se hiciera cargo de la banda sonora), El clan de los irlandeses no triunfo en taquilla. Es cierto que ahí estaban Martin Scorsese, los hermanos Joel y Ethan Coen, Abel Ferrara y Francis Coppola para cegarle el paso, pero es que Joanou, además, nadaba contracorriente: ofertaba al público una tragedia clásica, fúnebre. Con dos hilos argumentales, el del tormento de Noonan (romance incluido) y el de los dos hermanos irlandeses (fuera de la ley) de relación fracturada. Dos hilos que no confluyen y que se vehiculan sin humor ni guiños al espectador para que este pudiese posicionarse de algún lado. Además, suena a contradictorio que una productora del empaque de Orion en aquellos años, le diera libertad creativa a un bisoño de veintisiete años. Licencia para que manejara (acelerando y desacelerando introspectivamente) una historia de un tipo que debe sumergirse en sus raíces, en su identidad, para poder traicionarlas. Una elegía de una época moribunda además de un tributo a una ciudad en plena transición. Una historia oscura, que un extraordinario Sean Penn carga sobre sus hombros. Al inicio del film, hay un primer plano del rostro de Penn, antes que John Turturro le entregue una bolsa, que nos revela casi todo lo que necesitamos saber acerca del personaje. Sus ojos contenidos y enojados. Su mirada cansada. A partir de ella descubriremos que su personaje ha pasado por muchas cosas. Es más, con esa mirada, a través del modo en que Terry Noonan mira la ciudad, nosotros los espectadores, sabremos más cosas sobre los personajes que viven en ella. Sobre su relación con ellos. Con Jackie (un versátil Gary Oldman), su amigo de la infancia. Un espíritu libre. El irlandés por excelencia. Una avalancha del caos obnubilado por esas decepciones que ahoga en la neblina del alcohol, tan melancólico como exasperado, pero leal hasta la muerte. Con Kathleen (Robin Wright), hermana de Jackie y el amor que dejo atrás y que, ahora, a pesar de ese amago de renacimiento ha de sucumbir igualmente a raíz de los acontecimientos. O con Frankie (maquiavélico Ed Harris) hermano de los otros dos. El antagonista y el rostro y objetivo de la encrucijada personal de Noonan, de su retorno al pasado.
    En unas declaraciones (de intenciones) de Joanou acerca de la película, el californiano afirmó que «del mismo modo que las sinfonías, todas las películas han de tener ritmo: han de poseer una estructura en la que se dispongan de puntos bajos y de crescendos…con cada toma, los responsables de la película han de contribuir a ese ritmo. Ya sea mediante una toma larga, un montón de cortes rápidos o en cámara lenta, porque todos ellos afectan al impacto visual y emocional de la película en el espectador». El clan de los irlandeses, independientemente de estar fuera de sintonía (como algunos de sus personajes) de los modos que se podían encontrar en el cine que se daba en los años 90 es, a mi modo de ver, un film extraordinario. La constancia de su belleza formal y maestría se perciben como conmovedores para muchos de sus instantes. Unos instantes que consiguen convocar en mi (osada) opinión, a los espectros de John Ford, Howard Hawks y de Raoul Walsh por su voluntad de no suavizar nunca los perfiles de unos personajes que, si bien, es difícil amarlos, del mismo modo es imposible odiarlos. Joanou, en cada escena mueve a sus peones con la firmeza de un plot, serio y riguroso (irónico quizás) y que sabe vehicularse firme, en línea recta. De igual modo, considero que su sentido del realismo se asemeja a tanto a Jules Dassin como a Sidney Lumet y que posee la pasión/pulsión de Sam Peckinpah y/o Sergio Leone para que, tras el sacrificio de Jackie y Kathleen, Terry y Frankie alcancen ese clímax violento en forma de western que, para sí, hubiese deseado firmar el John Woo de la excelente The Killer (1989).•                                 
   
       
   

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