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Aflicción
The Affliction
     
    Director (es) : Paul Schrader
    Año : 1997
    País (es) : USA
    Género : Drama
    Compañía productora : Reisman / Kingsgate Productions
    Productor (es) : Linda Reisman
    Productor (es) ejecutivo (s) : Nick Nolte, Barr Potter
    Productor (es) asociado (s) : Eric Berg, Frank K. Isaac
    Compañía distribuidora : Largo Entertainment
    Guionista (s) : Paul Schrader
    Guión basado en : la novela homónima de Russell Banks
    Fotografía : Paul Sarossy, en color DeLuxe
    Diseño de producción : Anne Pritchard
    Director (es) artistico (s) : Michel Beaudet
    Vestuario : François Laplante
    Música : Michael Brook
    Montaje : Jay Rabinowitz
    Sonido : Patrick Rousseau
    Ayudante (s) de dirección : Burtt Harris, Pedro Gandol
    Duración : 113 mn
   
     
    Nick Nolte
Sissy Spacek
Willem Dafoe
James Coburn
Mary Beth Hurt
Jim True
Marian Seldes
Wayne Robson
Sean McCann
Homes Osborne
   
   
    Wade Whitehouse es un hombre maduro de unos cuarenta y cinco años. Su vida está repleta de frustraciones. Todo el mundo le dice lo que tiene que hacer. Desde LaRievere, el concejal del pueblo para el que trabaja, pasando por su padre, un anciano violento y alcohólico, que ya causó, por su comportamiento años atrás, la marcha del hermano pequeño de Wade, Rolfe. Asimismo, recibe las presiones de su mujer, Lillian, que no le deja ver a la hija que tuvieron en común, la pequeña Jill. Wade encuentra consuelo en Margie, una camarera del lugar con la que mantiene un fragmentado romance. En una de la tantas cacerías que se organizan por el lugar, Wade acompaña a Jack, uno de sus mejores amigos. En el transcurso de la caza, resulta muerto un dirigente sindical de Boston. Todo el mundo cree que se trata de un accidente, pero Wade tiene justificadas sospechas que le hacen pensar que Jack lo mató aposta. A pesar de ser su mejor amigo, Wade tratará, por todos los medios, de descubrir la verdad.
   
   
   

LA TRAGEDIA DE WADE WHITEHOUSE
 
Por Víctor Manuel Rivero
Aflicción (1997) inicia el metraje mostrando una serie de postales del rural americano. Reflejan un territorio apenas conquistado que, no obstante, condensa la idiosincrasia del país, con una comunidad pequeña de sacrificados trabajadores que desarrollan su existencia cotidiana en la familiaridad y la intrascendencia absoluta. Son estampas de la nevada New Hampshire que transmiten la esencia presuntamente sencilla y apacible que forma la médula espinal de la nación más poderosa del orbe, la tierra prometida de los sueños y la libertad. Pero son al mismo tiempo fotografías entre las que se filtra un trasfondo apesadumbrado, de lánguida decepción y profundo abandono. En ellas, ni siquiera asoma un rostro humano. Solo propiedades, objetos materiales. Al arrancar el relato en sentido estricto, Paul Schrader abre el plano para que la voz en off de Rolfe Whitehouse (Willem Dafoe), narrador puntual y prácticamente externo de los sucesos que acontecerán —autorizado además por su título de profesor de Historia—, comience a reconstruir el capítulo del «extraño comportamiento y desaparición» de su hermano mayor, Wade (Nick Nolte, a la sazón productor ejecutivo de la cinta, lo que se percibe en la laxitud con la que es dirigido en algunas escenas). La Historia vulgar y silenciada de los Estados Unidos, su genética verdadera más allá de la recopilación oficial de grandes hechos y que el propio Rolfe intuirá como el fruto envenenado de «una tradición de violencia masculina».
   Cronista de la oscuridad que subyace bajo las luces de América, del pecado, la culpa, el remordimiento y la contradicción puritana que colisionan en las rendijas y los sótanos de la potencia económica y la preeminencia política del país, Paul Schrader alcanzaría la cima de su trayectoria como realizador merced a una obra escrita a partir de una novela de Russel Banks –otro experto en esta turbulenta materia- y que, una vez más, refleja los tortuosos conflictos interiores que sufre el ciudadano medio en el entorno tremendamente hostil que conforman una sociedad y un sistema que lo aíslan, alienan y destruyen. En cierta manera, el Wade Whitehouse de Aflicción es un pariente directo del icónico Travis Bickle (Robert De Niro) que Schrader modelase para Martin Scorsese en la mayúscula Taxi Driver (1976), representación definitiva de la deriva psicótica de la sociedad norteamericana. Cada uno de ellos representa un paso más allá en la negrura que manaba desde el traumatizado y traumático Ethan Edwards (John Wayne) de Centauros del desierto (1956). Si Bickle se autoproclamaba el hombre solitario de Dios, inmerso en cuerpo y alma en una misión redentora —en el sentido personal y colectivo—, Wade se describirá como el perro apaleado que está a punto de dejar de gruñir lastimeramente para arremeter a dentelladas contra quien lo oprime —una existencia miserable, un fracaso matrimonial, un vacío vocacional, la paternidad cercenada por el divorcio—. En ambos, aunque por vías radicalmente distintas, este camino regenerador conduce a una niña —la prostituta Iris (Jodie Foster); la hija perdida por la custodia materna—. En ambos, la salvación, deformada en obsesión, se orienta hacia alguien que no desea ser salvado y que, probablemente -en especial en el presente caso-, bien le vendría que este hombre desquiciado no velase por su persona.
   Bickle y Whitehouse son dos antihéroes que se imponen un calvario crísitico —los dos aparecerán con los brazos en cruz en sus respectivos filmes, símbolo revelador de la naturaleza que creen encarnar—, pero que en realidad se lanzan al abismo que pretenden combatir, tal es la monomaníaca confusión que les aplasta. Bickle, de hecho, bien podría pasar por el tercer hermano de los Whitehouse, Elbourne, perdido en las junglas de Vietnam de las que sí regresó él, aunque tan solo convertido en una carcasa vacía de persona, rellena de rencor, violencia, paranoia y miedo. Sin embargo, a diferencia del taxista que patrulla insomne las cloacas de Nueva York, en la tragedia de Wade Whitehouse la misión adquirirá rasgos todavía más patéticos. Porque, ensamblada a partir de lo que semeja una incipiente trama de cine negro —la misteriosa muerte de un jefe sindicalista de Massachussets envuelto en asuntos delictivos durante un accidente de caza— es tan solo un trampantojo destinado a empujar con violencia el definitivo descalabro psicológico de un individuo gris, que trata de revolverse con desesperación y torpeza contra la impotencia que lo somete y abruma. El hombre absurdo que trata de extraerse con alicates una muela podrida. No estamos por tanto ante el paradigma del sheriff paleto que se rebela contra el status quo que le ha condenado a ser el ignorante bufón de la corte, reduciendo igualmente la Justicia a un mal chiste comprado por un puñado de dólares, al estilo de lo que, por poner un ejemplo, ofrecería la coetánea Cop Land (1997).
En realidad, Aflicción ahonda en esa aludida tradición de violencia masculina que deja tras de sí un rastro de víctimas congénitas, nacidas del dolor y que morirán en el dolor. Si el paralelismo entre Whitehouse y Bickle es notorio, la relación que establece Whitehouse con su padre se aproxima incluso a las premisas del doppelgänger de la literatura de terror. El gemelo malvado; el otro yo diabólico. Durante la primera mitad de la película, Schrader presenta la figura de Glen Whitehouse (James Coburn) como si de un monstruo mitológico se tratase, envuelto en una niebla terrible de fotogramas granulosos, desenfocado entre encuadres inestables y temblorosos, vulnerables a la ira irracional de la criatura. Es la plasmación, pues, del génesis de esta historia subterránea, que surge del abismo para acoplarse como una sombra a la espalda del protagonista —imagen que, en efecto, centrará alguno de los carteles promocionales del filme—. Para Wade, Glen es pasado y es futuro, en tanto que en el presente el cineasta dibujará este encuentro casi metafísico a través de escenas donde se trazan movimientos y acciones especulares entre padre e hijo, como ese encuentro en la cocina de casa mientras Margie Fogg (Sissy Spacek), la novia de Wade, percibe la situación con un sexto sentido femenino, de mártir habitual de esta agresividad machista, y huye.
Oscar® al Mejor Actor Secundario para Coburn, único en la tarea de ser veraz a la hora de parecer intimidante para un tipo duro como Nolte —por su parte nominado a Mejor Actor Principal, que perderá ante Roberto Benigni por La vida es bella (1999)—.•
 
   
       
   

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