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The Fringe Dwellers
(Titulo original)
   
    Director (es) : Bruce Beresford
    Año : 1986
    País (es) : AUS
    Género : Drama
    Compañía productora : Damien Nola Productions/Ozfilm Limited
    Productor (es) : Sue Milliken
    Productor (es) ejecutivo (s) : Damien Nolan, Hilary Heath
    Guionista (s) : Bruce Beresford, Phoisin Beresford
    Guión basado en : la novela de Nene Gare
    Fotografía : Don McAlpine, en color
    Director (es) artistico (s) : Stewart Way
    Decorados : Kerri Barnett
    Música : George Dreyfuss
    Montaje : Tim Wellborn
    Sonido : Max Bowring
    Ayudante (s) de dirección : Mark Egerton
    Duración : 98 mn
   
   
   
En el sudoeste de Australia la familia Comeaway, de sangre aborigen, se siente impelida a abandonar su comunidad para buscar fortuna en otro rincón del país australiano, allí donde mayoritariamente la población de de raza blanca. Trilby, una joven que mantiene un idilio con Phil, a quien ha conocido recientemente, se muestra contraria a seguir las dinámicas de la tradición y de las costumbres que incriminan a los abordígenes australianos. Ello le lleva a mantener desavenencias con su hermana mayor Mollie.
   
   
   

UN HITO DEL CINE AUSTRALIANO
 
Por Christian Aguilera
Casi a la par que Francis Ford Coppola recurriera a las novelas escritas por una adolescente —Susan E. Hinton— para conformar el díptico Rebeldes (1983)-La ley de la calle (1983), su coetáneo Bruce Beresford hizo lo propio con la novel autora australiana Gabrielle Carey, la artífice del texto que dio lugar a Puberty Blues (1981), igualmente relativa al tema del inconformismo juvenil. Con ello Beresford estableció un hito en la cinematografía australiana, al ser la primera producción que parte de una novela articulada por una adolescente. Un lustro más tarde, Beresford, a caballo entre sus compromisos profesionales adquiridos en los Estados Unidos y su necesidad de seguir teniendo voz en el cine de su país de origen, volvió a consignar un nuevo hito. Así pues, The Fringe Dwellers (1986) —traducida por «los moradores de la pobreza» o «los habitantes de la pobreza»— pasaría por ser el primer largometraje australiano en que los protagonistas devienen aborígenes. Aunque la novela homónima de partida escrita por Nene Gare (1919-1994) había sido publicada por primera vez en Inglaterra en 1961 tardó un cuarto de siglo en ser plasmada a la gran pantalla de la mano de Bruce Beresford y su mujer por aquel entonces, Rhoisin Beresford. Convertido en un longseller, el libro de Nene Gare —Doris Violet May Wadham fue su nombre verdadero— cayó en manos de Bruce Beresford bien entrada la década de los ochenta, encomendándose a renglón seguido a una adaptación que necesariamente orillaba algunos pasajes de la obra seminal, pero que trataba de preservar la esencia del mismo.
   Mientras se encontraba inmerso en la preproducción de Crímenes del corazón (1986), otro largometraje en que tributa una mujer como autora de la obra original —en este caso, el texto teatral de Beth Bentley—, Bruce Beresford dio acomodo a una historia que compromete a una familia aborigen —los Comeaway— llevando a cabo para tal menester una puesta al día de un sustrato literario que había hecho acto de presencia en librerías inglesas a principios de los sesenta, y en el continente oceánico a mediados de esa misma década. De ahí que el guión mancomunado entre Bruce y Rhoisin Beresford procure algún que otro guiño al star-system del cine aussie —la escena en la Trilby Comeaway (Kristina Nehm) entra en una tienda de comestibles, justo después de referirse en unas líneas de diálogo a Mel Gibson y Bryan Brown (presente en el reparto coral de Asalto al furgón blindado y en el de Consejo de guerra)—, si bien sin perder de vista un enunciado narrativo que trata de preservar un tono naturalista en la exposición de una realidad tocada por el sentimiento de desesperanza y aflicción. El relato coloca la lupa preferentemente en el quehacer diario de Trilby, una joven aborigen que trata de corregirse en sentido contrario a las pautas determinadas por una comunidad resignada a seguir representando un papel subsidiario, de vasallaje en el seno de la sociedad australiana. A pesar que los intérpretes de The Fringe Dwellers eran amateurs, Beresford supo extraer de ellos una naturalidad en pantalla que gana a la autenticidad, el principal activo de un film que alterna un sentir romántico —la escena en la que Trilby se baña junto a phil (Ernie Dingo) bajo la luz de la luna (el fondo sonoro corresponde a una pieza del repertorio de Béla Bártok, de la que no se hace refeencia en los títulos de crédito)— con un aire de tragedia y una cierta comicidad surrealista. Esta última queda bien definida en la viñeta en que una furgoneta de reducidas dimensiones lleva en la parte de arriba toda clase de material (colchones, muebles, utensilios de cocina, etc.), provocando que su velocidad quede ralentizada. En la misma secuencia teñida de comicidad se inserta un plano en que el propio Bruce Beresford se muestra a cámara leyendo un diario en la parte exterior de una tienda. En esta formulación hitchcockiana Bruce Beresford trataría de desviar momentáneamente la atención sobre una pieza cinematográfica de un gran valor historiográfico por lo que atañe al cine australiano, al punto que a partir del estreno de The Fringe Dwellers —todo un fracaso comercial, un escenario que ya había previsto de antemano el propio cineasta oriundo de Sydney— la comunidad aborigen empezó a formar parte del cine australiano desde una óptica profesional.•
   
       
   

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