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El bosque del lobo
(Titulo original)
   
    Director (es) : Pedro Olea
    Año : 1970
    País (es) : ESP
    Género : Drama-Fantástica
    Compañía productora : Amboto
    Productor (es) : J. Sánchez
    Compañía distribuidora : Lecas Films
    Guionista (s) : Pedro Olea, Juan Antonio Porto
    Guión basado en : la novela El bosque de encines de Carlos Martínez Barbeito
    Fotografía : Aurelio G. Larraya en Eastmancolor
    Decorados : Pablo Runyán
    Maquillaje : Emilio Puyol
    Montaje : José Antonio Rojo
    Ayudante (s) de dirección : Federico Canudas
    Duración : 88 mn
   
     
    José Luis López Vázquez
Amparo Soler Leal
Torray Nuria
Antonio Casas
John Steiner
María Fernanda Ladrón de Guevara
   
   
    Galicia, siglo XIX. Benito Freire, un buhonero gallego, se gana la vida vendiendo sus baratijas en las ferias de los pueblos, ejerciendo el celestineo entre amores difíciles y acompañando hasta Castilla a las mujeres que salían de su tierra en busca de mejor trabajo. En el trayecto, al detenerse para descansar en el bosque, asesinaba, robaba y profanaba a sus víctimas. A través de una pista que deja —el chal de una de las victimas que regala a una prostituta— comienza el cerco. Benito continúa su carrera de crímenes. Acompaña a doña Pacucha con el fin de que se reúna con su amante, y la mata en el bosque. A causa de diversos traumas infantiles y del ambiente de miseria y superstición, el mismo Benito cree ser un alobado. El pueblo descubre que el hombre-lobo es el buhonero y se prepara para la cacería. Benito acaba atrapado por un cepo en el lugar de sus fechorías, «el bosque del lobo».
   
   
   

EL FILM «FANTÁSTICO» DE PEDRO OLEA
 
Por Joaquín Vallet Rodrigo
La figura de Pedro Olea ha quedado completamente desdibujada por el paso del tiempo hasta llegar a la más absoluta inactividad mostrada a lo largo de esta década (su último film, Tiempo de tormenta, data de 2002). Sin embargo, durante los años setenta, fue uno de los directores fundamentales del cine español, así como uno de los abanderados del cambio de mentalidad que comenzaba a operarse dentro de la industria desde finales de los sesenta. Tras un par de productos intrascendentes —Días de viejo color (1967) y En un mundo diferente —(1970)—, llevados a cabo con la única intención de familiarizarse con el medio tras sus años de estudios en la EOC (Escuela Oficial de Cine), la realización de El bosque del lobo supone el espaldarazo definitivo a una de las trayectorias más brillantes del período. La casa sin fronteras (1972), aún a pesar de sus errores, resultaba un producto personal y, en ciertos momentos, incluso fascinante que representaba un lógico complemento a su anterior film; No es bueno que el hombre esté solo (1973), su mejor película, es una turbia historia psicológica con la que Olea acabó de explotar los infinitos recursos interpretativos de José Luis López Vázquez. Por su parte, Tormento (1974), excelente adaptación de la difícil obra de Galdós, Pim, pam, pum, fuego (1975) o Un hombre llamado Flor de Otoño (1978), acabaron por corroborar la poderosa personalidad de su máximo responsable quien, no obstante, a partir de los años ochenta comienza una caída en picado, marcada por films completamente fallidos —Bandera negra (1986), un irracional vehículo de lucimiento para Isabel Pantoja (El día que nací yo ), o desdibujados intentos por acercarse a un cine que se hiciera eco de recientes best-sellers literarios —El maestro de esgrima (1992), Más allá del jardín (1996)—.   El bosque del lobo surge del deseo de Olea por afrontar un cine más serio y profesional, tras los dos films coyunturales con los que inició su trayectoria. La novela de Martínez-Barbeito en la que se basa, tenía interesado también a Juan Antonio Bardem quien le había ofrecido al escritor doscientas cincuenta mil pesetas por los derechos de adaptación. Tanto Olea como su coguionista Juan Antonio Porto no contemplaban la posibilidad de dar el proyecto por perdido, lo que originó que el cineasta incrementara la suma creando, para ello, Amboto Producciones, con la que llevaría a cabo la producción del film. Desde un principio, surgieron serios problemas con los distribuidores debido tanto a lo espinoso del argumento como a las propias intenciones del director. La idea inicial de Olea consistía en rodar el film en blanco y negro y con José M. Prada interpretando al protagonista. Sin embargo, uno de los condicionantes para que El bosque del lobo tuviera una distribución regular fue, por el contrario, que se filmara en color y con actores de renombre popular. A este respecto, la intervención de José Luis López Vázquez se convirtió, aunque no estuviera prevista desde un principio, en uno de los grandes aciertos de la película. Los previsibles problemas con la Censura no tardaron en llegar debido a que en el guión original aparecían algunos desnudos y a la fusión que se planteaba entre la religión y la superstición. Aunque Olea rebajó algunos elementos de impacto durante el rodaje, la visión del cristianismo continuó siendo un fuerte handicap para que la película se estrenara. Algo que consiguió superarse gracias al premio que El bosque del lobo consiguió en el Festival de Valladolid, el cual facilitó que la Censura ablandara su posición respecto a la película.   
 
El triunfo de López Vázquez
 
   Ante todo, y entre otras muchas virtudes, la película posee un descomunal trabajo de José Luis López Vázquez. El actor, recientemente fallecido, había obtenido su primer éxito dramático apenas tres años antes en el excelente film de Carlos Saura Peppermint Frappé (1967). El «descubrimiento» de sus posibilidades interpretativas tuvo su más celebrada confirmación en este film, cuyo trabajo fue recompensado en varios festivales entre ellos el de Chicago donde logró el premio al mejor actor. Sin ningún género de dudas, el impacto de El bosque del lobo hubiera sido notoriamente inferior de no mediar López Vázquez. La construcción que éste realiza del personaje tiene su base en dos elementos trascendentales: la mirada y su aparente y calculado estatismo. Todo el tormento que acontece en la existencia de Benito Freire, se ve reflejado en los ojos del actor. Ojos sempiternamente envueltos en el más absoluto vacío, que expelen al exterior la represión y la obsesión sexual de un ser que no puede evitar los impulsos que lo obligan a matar. No es nada gratuíto, a este respecto, que los créditos de la película se sobreimpresonen sobre un plano detalle de la mirada del personaje. Mediante este recurso, Olea centra toda la atención del espectador en el elemento más importante a la hora de cimentar y definir la psicología de su protagonista. Por su parte, el estatismo en la movilidad del cuerpo resulta una impresión aparente que, en el fondo, esconde un descomunal trabajo de composición. Los gestos del actor acontecen de manera pausada, sin impulsos ni subrayados, con el fin de que las secuencias en las que comete los crímenes posean un mayor grado de impacto, ya que su movilidad en estos momentos será instintiva, nerviosa, deformando el rostro y manipulando en cuerpo para dar la impresión (plenamente conseguida) de que acontece una transformación en su físico. Una conversión a un estado de salvajismo que lo enlaza con la subtrama de la licantropía.
   Pero, más allá del soberbio trabajo de un actor en estado de gracia, El bosque del lobo resulta una de las películas más importantes para que el cine español asumiera el cambio de mentalidad que venía esbozando años atrás. La película es, en efecto, una diatriba contra la superstición de una España todavía anclada en el atavismo, en la obsesión religiosa y en el radical desprecio hacia todo lo que tuviera que ver con aspectos racionales. Olea fusiona dos factores de culpabilidad en el trauma de Benito. Por una parte, ciertas taras congénitas que se sitúan en primer término cuando descubre la sexualidad en el período de adolescencia; por otro, la imposición de la religión y de todo el aparato represor y manipulador que esta lleva consigo. La secuencia en la que, de muchacho, ve a un caballo montando a una yegua y otra en la que, portando una cruz en una procesión, se desmaya cayendo por una pendiente, ilustran los dos aspectos que condicionan la personalidad de Benito y que, en gran parte, causan su desequilibrio.
   Debido a lo extremo de su argumento en unos años tan difíciles para materializar una propuesta tan arriesgada, la puesta en escena concebida por Olea posee la valentía de mantener toda la turbiedad del ambiente y de sus líneas temáticas, sin que estas acontezcan de manera evidente. La frondosidad del bosque (otra de las grandes virtudes del film: las excelentes localizaciones) unido al rostro de López Vázquez, son capaces de transmitir, por sí solos, el horror que se puede desatar en cualquier momento. Ante ello, los asesinatos mantienen plenamente la capacidad de impacto muy a pesar de su sobriedad, ya que no resulta necesaria una mayor inmersión en recursos morbosos o provocadores debido a que el ambiente reflejado en la película se encarga de transferir todas estas sensaciones.
   El bosque del lobo es una de las grandes películas del cine español de los setenta. Un título arriesgado y complejo que no ha perdido ni un ápice de su capacidad de impacto aunque hayan transcurrido casi cuarenta años desde su estreno. Algo que, en gran parte, se debe a José Luis López Vázquez.•
   
     
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Características DVD: Contenidos:
Menús interactivos / Acceso directo a escenas / El lobishome de Allariz / El bosque de Ancines / Pedro Olea / Trailer / Galería / Fichas / Filmografías. Formato: Pal 1.66:1. Idiomas: Castellano. Duración: 87 mn. Distribuidora: Divisa Red.
   
       
   

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