Ampliar imagen
   
La leyenda de la mansión del infierno
The Legend of Hell House
     
    Director (es) : John Hough
    Año : 1973
    País (es) : USA
    Género : Terror-Misterio
    Compañía productora : Academy Pictures Corporation para Twentieth Century-Fox
    Productor (es) : Albert Fennell, Norman T. Herman
    Productor (es) ejecutivo (s) : James H. Nicholson
    Compañía distribuidora : Arturo González Rodríguez
    Guionista (s) : Richard Matheson
    Guión basado en : en la novela La casa infernal de Richard Matheson
    Fotografía : Alan Hume en Color DeLuxe
    Director (es) artistico (s) : Robert Jones
    Maquillaje : Linda DeVetta
    Música : Delia Derbyshire, Brian Hodgson
    Montaje : Geoffrey Foot
    Montaje de sonido : Delia Derbyshire, Brian Hodgson
    Sonido : Leslie Hammond, Bill Rowe
    Efectos especiales : Roy Whybrow, Tom Howard
    Ayudante (s) de dirección : Bert Batt
    Duración : 95 mn
   
     
    Roddy McDowall
Pamela Franklin
Clive Revill
Gayle Hunnicutt
Peter Bowles
Roland Culver
Michael Gough
   
   
    Inglaterra, diciembre de 1973. Los médiums Florence Tanner y Ben Flecher, y el matrimonio Barrett, reciben una suculenta oferta económica de cien mil libras esterlinas para cada uno de ellos si permanecen durante una semana en la Mansión del Infierno. Veinte años antes, Ben Flecher había estado en esta mansión encantada y había podido escapar de sus entrañas, convirtiéndose de esta forma en el único superviviente entre el grupo de expedicionarios. A pesar de esta traumática experiencia, el Sr. Flecher acepta acompañar a su colega, la joven Florence Tanner, al doctor Barrett y a su esposa Ann, con la intención de desvelar los secretos que esconde la Mansión del Infierno, a priori poseída por el espíritu del Sr. Belasco, un siniestro personaje nacido a finales del siglo XIX.
   
   
   

EN LOS DOMINIOS DE EMERIC BELASCO
 
Por Christian Aguilera
En la dinámica del cine de terror de mediados-finales los años sesenta se dio un cierto trasvase de guionistas que pasaban desde los Estados Unidos a formar parte de la rueda de la industria cinematográfica británica, y a la inversa. Así pues, las dos «casas madre» del género en las Islas Británicas por antonomasia, esto es, la Hammer y la Amicus, a medida que iban exportando algunos de sus principales «activos» en materia de escritura y en otros ámbitos profesionales, acogían a guionistas y/o novelistas procedentes del otro lado del Atlántico. Tal fue el caso de Robert Bloch (1917-1994), al que Milton Subostsky le reservaría un puesto de relevancia en el organigrama de la Amicus, y el de Richard Matheson (1926-), quien suscribió contrato con la Hammer para la confección del script de The Devil Rides Out (1967). Existía en el ánimo de esta compañía británica sondear nuevos caminos que derivaran en la contratación de personal «externo» y evitar, pues, repetir prácticas un tanto «viciadas» como el recurrir sistemáticamente al mismo cuerpo de guionistas encabezado por Anthony Hinds, actuando a menudo bajo el alias de John Elder. Tras quedar temporalmente al amparo de la factoría de los hermanos Gene y Roger Corman, en particular encomendado al «ciclo Poe», Matheson pasó a la ofensiva con la adaptación por parte de él mismo de dos relatos suyos: El diablo sobre ruedas (1971) y El último… hombre vivo (1971). El primero sorprendió a la propia empresa, hinchándose a 35 m/m para su estreno en salas comerciales, «contradiciendo» su origen televisivo. El segundo toma el texto Soy leyenda que Matheson había escrito a mediados los años cincuenta y del que, hasta la fecha, se han realizado cuatro versiones «oficiales» cinematográficas. Matheson, por tanto, se encontraba en una posición de fuerza en el periodo en que una pequeña productora, la Academy Pictures Corporation, compró los derechos para trasladar al celuloide La casa infernal. Celoso de su propio trabajo, Richard Matheson se plegó a un ejercicio de reescritura sobre la base de alumbrar un guión cinematográfico. Éste conocía las herramientas propias del medio, con el fin de armar un guión que favoreciera más unos desarrollos climáticos, de suspense que hacer acopio de lo explícito a través de un despliegue de violencia que impactara al espectador. Llegados a este punto, La leyenda de la mansión del infierno (1973) casi puede catalogarse de «accidente» porque escapaba de esa espiral de (ultra)violencia que inundaban numerosas producciones de la época. Para apuntalar un proyecto que nacía en sentido opuesto a ese caudal de violencia que se había instalado por igual en el cine y en la pequeña pantalla, el concurso del productor Albert Fennell (1920-1988) fue determinante. Un somero repaso a su filmografía da la medida del gusto de Fennell por un cine de terror que apuesta por lo sugerido frente a lo explícito. Tan sólo cabe observar ¡Suspense! / The Innocents (1961), Doctor Jekyll y su hermana Hyde (1971) y La leyenda de la mansión del infierno para apercibirse de ello. Fennell pudo vanagloriarse de haber participado en este terceto de producciones de primer rango dentro del fantástico. Igualmente, otro trío de films de postín embellecen la trayectoria artística de Pamela Franklin, a la que Fennell reclutaría para la causa después de haberla tratado en el curso del rodaje de The Innocents. Además de la producción que toma de partida el clásico de Henry James Otra vuelta de tuerca, Franklin haría alarde de su talento innato para la interpretación en A las nueve, cada noche (1967) —nuevamente bajo las órdenes de Jack Clayton— y un lustro más tarde en el papel de Florence Tanner en The Legend of Hell House. Fennell, que ya había dado pruebas evidentes de su finura a la hora de escoger quién debía asumir la dirección de un largometraje a uno u otro —por ejemplo, Roy Ward Baker para Doctor Jekyll y su hermana Hyde—, se inclinó por John Hough para que se colocara al frente del equipo de La leyenda de la mansión del infierno. Ambos habían coincidido en el set de rodaje de la serie televisiva Los vengadores. Mientra Hough se familiarizaba con el texto de Matheson, la Academy Pictures Corporation conformaría un reparto de lo más estimulante —Roddy McDowall, Gayle Hunnicutt y Clive Revill (partícipe en algunas de las comedias de Billy Wilder) se unían a Pamela Franklin— que tuvo su rúbrica en forma de guiño explícito a la Hammer Films. Allí había recalado Matheson por primera vez en su destierro británico. Luego, el destino le depararía ser la punta de lanza de un proyecto que debía corregirse sobre un funcionamiento orgánico en que entraran en danza diversos aspectos, por lo general, orillados de la puesta en escena del cine de género que se estilaba a finales de los sesenta y en los prolegómenos de los setenta. Conociendo el detalle de sus antecedentes profesionales, Fennell reparó en Hough, entre otras consideraciones, por su labor desempeñada en calidad de técnico de sonido, en su etapa de meritoriaje para posteriormente dar el salto a la dirección de largometrajes. No en vano, The Legend of Hell House demandaba para su engranaje creativo un trabajo de diseño de sonido de primer orden. Con este propósito se hicieron con los servicios de Delia Derbyshire y Brian Hodgson, free lances de la música evaluada desde patrones electroacústicos en sus fases embrionarias. En ese revestimiento sonoro atonal que precisaba el film dirigido por Hough se encontraba una de las claves dispuestas a perpetuar la propia «leyenda» oriunda de Mahteson.
 
El Everest de las «casas encantadas»
 
El precedente más directo de The Legend of Hell House, sin duda, se sitúa en el corazón de la producción norteamericana The Haunting (1963). Pero varios son los elementos diferenciales a tener en cuenta entre una y otra película. El tema del lesbianismo, que corre en paralelo a la trama principal de forma harto sutil en la película dirigida por Robert Wiseun aspecto ya presente en su original literario obra de Shirley Jackson—, no se prorroga en la propuesta orquestada por Hough y Fennell. Perfilada a través de una infinita paleta de grises, The Haunting encontraría en esta emulsión una baza para favorecer su recorrido por lo insano de esa «casa encantada» situada en un lugar apartado de la civilización. Por el contrario, La leyenda de la mansión del infierno toma el pulso a la emulsión en color con un propósito que contribuya a vestir un espacio pesadillesco, ilusorio, espectral… Apelativos a los que se acoge el «Everest de las casas encantadas», sabedor que es el principal personaje de la función. Para dar la sensación que esa «casa encantada» late, diseñadores de producción, director y operador —Alan Hume— muestran los distintos «estados de ánimo» vistiendo sus estancias ya sea de colores rojizos —la habitación donde descansa Florence o la iluminación que se crea para las sesiones de esperitismo— o dotándolos de recubrimientos asimilados dentro de la cultura gótica —la cripta que acoge el «cuerpo y el espíritu» de Emeric Belasco—. Hough multiplica ese efecto de situarnos en un espacio único al colocar la cámara en posiciones imposibles. Ángulos en exagerados picados —el cuarteto de especialistas, invadidos por la neblina, a las puertas de la «casa encantada»—, planos zenitales, e incluso algún que otro requiebro formal que acompaña la paranoia que invade a Florence, campan a sus anchas en La leyenda de la mansión del infierno. Hough se ocupa y preocupa por extraer el máximo partido posible de los primerísimos planos de los cuatro personajes principales de la función —en aras a aprehender cualquier registro, por nimio que resulte, del miedo incubado en el organismo de cada uno de ellos— pero sabe tomar distancia cuando lo importante para mostrar es la misma composición espacial de la mansión. No existe tregua en ese incesante vaivén de primeros planos focalizados en las personas y planos generales para los «objetos». Objetos que cobran autonomía propia guiados por poderes sobrenaturales. La leyenda de la mansión del infierno se aparta de tentativas de subrayados innecesarios y se lanza al ejercicio de la síntesis narrativa «gratificado» con la aportación de un cuarteto de protagonistas en perfecta sincronía.
    Transcurridos casi cuarenta años desde su estreno comercial, La leyenda de la mansión del infierno sigue gozando de una salud de hierro. La obra maestra de John Hough —quedarían a gran distancia sus otras contribuciones al género, algunas de las cuales plegadas al mundo infantilizado de ciertas producciones Disney— gana hoy en día a cada visionado por haberse anticipado a una imaginería visual que en su época respondía a criterios vanguardistas —en su evaluación de la puesta en escena, pero también por el uso del sonido— y por el hecho de haber extraído un partido tremendo a la escasez de elementos que estaban a disposición de una producción más bien modesta. Al cabo, esa modestia lo sería únicamente desde el plano presupuestario, alcanzando en la actualidad un estatus de clásico contemporáneo una vez superado el listón de su (primeriza) calificación de película «de culto». En todo caso, cualquier de esas calificaciones vale para saludar la excelencias de una obra que devolvería el crédito un tanto perdido (en naderías) por parte del otrora niño prodigio (como asimismo lo fue Pamela Franklin) Roddy McDowall, a través de un personaje de nombre compuesto de reminiscencias de inventor —Benjamin Franklin (Fisher)— que fía una y otra vez su destino al del «Everest de las casas encantadas».•
Editorial: Norma.
Colección: Made in Hell nº 37 (cómic).
Autor: Richard Matheson.
Fecha de publicación: 2006.
200  pp. 17,0 x 26,0 cm. 
Tapa blanda.

   
     
Comprar en dvdgo.com
   


Características DVD: Contenidos: Menús interactivos / Acceso directo a escenas / Tráiler. Formato: Widescreen 1.85:1, 16:9. Idiomas: Castellano e Inglés. Subtítulos: Inglés. Duración: 90 mn. Distribuidora: Twentieth Century-Fox.
   
     
Comprar en casadellibro.com
   
Editorial: Minotauro. 
Colección: Clásicos.
Autor: Richard Matheson.
Fecha de publicación: junio de 2011.
320 pp. 14,0 x 23,0 cm. Tapa dura.

COMENTARIO (Por Christian Aguilera): Cuarenta años después de su bautizo editorial, The Hell House (1971) conoce una publicación en lengua castellana encuadrada en la soberbia colección que Minotauro dedica a los clásicos de la fantaciencia. Descatalogadas las ediciones precedentes de Vidomara —1995— y La factoría de ideas —2002—, La casa infernal se presenta en 2011 en una cuidada publicación que recupera sino una de las obras clave de Richard Burton Matheson (1926, Allendale, Nueva Jersey) cuanto menos el título que se sitúa como punta de lanza de las contribuciones de éste en el espectro de la parapsicología, de los fenómenos sobrenaturales aplicados a los literatura. A lo largo de su prolífica singladura profesional iniciada en los prolegómenos de la década de los cincuenta, Matheson ha abordado esta serie de fenómenos en algunos de sus relatos como The Path: A New Look at Reality (1999), Come Fygures, Come Shadowes (2003) y The Link (2006), pero La casa infernal se lleva la palma en cuanto a un prestigio que ha ido forjándose en boca de la legión de fans del escritor norteamericano.
   Pese a que el arte de escribir le ha ocupado gran parte de su jornada laboral, Richard Matheson se ha creado su propio espacio para ir cultivando un dominio sobre determinadas materias, evaluándose el de los fenómenos parapsicológicos a modo de debilidad personal. Todo ello se traduce en los fundamentos (para)científicos que amueblan un relato del cariz de La casa infernal, la obra que Matheson publicaría en un periodo en que su nombre parecía asociarse El prolificio escritor Richard Matheson, artifice tanto de la novela como del guion que dio pie a "La leyenda de la mansion del infierno".más que nunca al cinematográfico al haberse transferido a la gran pantalla por segunda vez Soy leyenda (1954) —la más célebre hasta entonces de sus adaptaciones del clásico homónimo bajo el título en inglés The Omega Man (1971) —en nuestro país, El último hombre… vivo— y uno de sus relatos cortos favoritos, Duel (1971), más conocido en el estado español por su título de estreno en salas comerciales, El diablo sobre ruedas (1971). El camino quedaba, por tanto, franco para que Matheson acometiera el guión de su propia novela, The Hell House, con una supuesta libertad de acción que difícilmente hubiera imaginado años antes y, por descontado, en la época donde florecería su singular relato El increíble hombre menguante (1956) y, a renglón seguido lo haría su adaptación al celuloide. Pero en contra de lo que se pudiera imaginar, La casa infernal no nació para el cinematográfico producto de una traducción pautada en forma de guión al pie de la letra de la novela seminal por parte de Matheson. Desconozco los pormenores de la preproducción de La leyenda de la mansión del infierno (1973) en lo relativo al proceso de escritura del guión de Matheson, pero lo que parece constatarse en pantalla es que el artífice del libreto siguió unos derroteros bien distintos a los que se podría calibrar a priori. El planteamiento del escritor de Nueva Jersey —impuesto o no por los productores y/o el director de turno (John Hough)— le hizo alejarse lo máximo posible del relato publicado en papel, dando lugar, por así decirlo, una obra «nueva» construida sobre un premisa argumental bien conocida por los entusiastas de esta cult movie que alcanzaría la consideración de clásico del cine de terror de la década de los setenta —tanto como decir del cine contemporáneo— con el discurrir de los años.  
 
Los secretos de Matarasvie Valley
 
   Siguiendo los cánones habituales del cine de terror de la época, La leyenda de la mansión del infierno se ciñió a un metraje estándart que rondara la hora y media de duración. La razón de esta duración se debía —cuestiones presupuestarias al margen— a que si el estreno no funcionaba todo lo bien que apuntaban lasLa eleccion de Pamela Franklin para el papel de Florence no siguio el modelo fisico literario creado por Matheson. estimaciones iniciales, podría gozar de una nueva «vida» en los programas dobles o las midnight sessions. Con esta decisión, Matheson, más que por convicción, debido a las dinámicas inherentes al cine de género de aquel tiempo, se vio forzado a «amputar» muchos de los bloques del libro —evaluado en forma de diario, en que los capítulos son substituidos por fechas del calendario del mes de diciembre de 1970 con sus segmentaciones en horarios concretos—, sobre todo aquellos dispuestos para que el lector se recreara en el conocimiento del pasado de Florence Tanner, Benjamin Franklin Fischer, Lionel Barrett y su mujer Ann, y por supuesto, el de Emeric Belasco, el morador eterno de la «casa infernal». Visto que esos «sacrificios» hubieran podido dejar sin sentido determinadas líneas de diálogo, Matheson optaría por crear lo más parecido posible a un guión original en vez de seguir un tratamiento propio de un guión adaptado. Inclusive, la definición que hace Matheson en su libro de la médium Florence —una mujer de cuarenta y tres años, alta y pelirroja— quedaría sin efecto cuando la Academy Pictures Corporation (APC) se decidió por la contratación de Pamela Franklin que contaba por aquellas fechas con la mitad de la edad de la «heroína» literaria. La propuesta fílmica, por consiguiente, pretendía asegurarse que al menos uno de los personajes tuviera una edad razonada para que un sector juvenil del público «empatizara» con el mismo. No obstante,  La leyenda de la mansión del infierno se adueña desde el primer fotograma de una idea bien clara en su concreción de relato vehiculado más por lo que creemos ver que en lo que, en realidad, vemos. En ese propósito de sugerir se incriminaría en cuerpo y alma Matheson para la confección del libreto y, de esta forma, quedaría aparcada cualquier opción de dar lustre en la gran pantalla ese microcosmos sito en Matarasvie Valley donde los poltergeist, las apariciones demoníacas y, en definitiva, los fantasmas del pasado campan a sus anchas sin necesidad de invocar a los espíritus en sesiones que pongan a prueba al potencial de cuatro personajes tocados por un poder o un conocimiento superior en materia de fenómenos paranormales. En la actualidad, no cabe duda que la traducción de ese espectáculo gran guignolesco, perfectamente fijado en el sustrato literario urdido por Matheson —en especial,  los episodios en que se recrea esa vida lujuriosa a la que se había plegado Emeric Belasco (propicios para ser evaluados a la manera de flashbacks) o las apariciones de su vástago, Daniel Mayron Belasco en las sesiones de espiritismo y fuera de las mismas— se hubiera impuesto. Pero a principios de los setenta se daba el margen suficiente para alumbrar obras que se corrigieran hacia lo sutil. Richard Matheson contribuyó «solidariamente» a tal enmienda, a pesar de «traicionar», en buena medida, las esencias de no pocos pasajes de su original literario.• 
   
       
   

   Ingresar comentario

Valoración media: 7,3

Comentarios: 0

Total de votos: 4


¿Qué valoración le darías a esta película?

Valoración:

Enviar