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La caída del Imperio Romano
The Fall of the Roman Empire
     
    Director (es) : Anthony Mann
    Año : 1964
    País (es) : USA
    Género : Histórico
    Compañía productora : Bronston/Roma Productions para Paramount
    Productor (es) : Samuel Bronston
    Productor (es) asociado (s) : Jaime Prades
    Compañía distribuidora : Chamartín Producciones y Distribuciones Cinematográficas
    Guionista (s) : Ben Barzman, Basilio Franchina, Philip Yordan
    Fotografía : Robert Krasker en Technicolor y Ultra-Panavision
    Diseño de producción : Veniero Colasanti, John Moore
    Decorados : Veniero Colasanti, John Moore
    Maquillaje : Mario Van Riel
    Música : Dimitri Tiomkin
    Montaje : Robert Lawrence
    Montaje de sonido : Milton Burrow
    Sonido : David Hildyard, Gordon K. McCallum
    Efectos especiales : Alex Weldon
    Ayudante (s) de dirección : José López Rodero, José María Ochoa
    Duración : 188 mn
   
     
    Sophia Loren
Stephen Boyd
Sir Alec Guinness
James Mason
Christopher Plummer
Anthony Quayle
John Ireland
Mel Ferrer
Eric Porter
Omar Sharif
   
   
    Año 180 D. C. Marco Aurelio, el Emperador de Roma, desvela a su hija Lucilla la intención de abandonar el cargo y cedérselo a su único descendiente varón, Livius. La intención de Marco Aurelio es comunicárselo en persona a su hijo, pero la confesión no se producirá ya que es asesinado por Commodus, su hijo ilegítimo. A excepción de Lucilla, el único que conocía la noticia era Cleander, un profeta ciego que se encontraban en palacio en aquellos momentos. Ante la impotencia de Lucilla, Commodus se proclama nuevo Emperador de Roma en lugar de hacerlo Livius. El objetivo que se fija Lucilla es el de recuperar el mando del imperio romano. Para tal finalidad, Lucilla se cada con el rey Sohamus de Armenia. El retorno de Lucilla a Roma se hará inminente cuando Sohamus fallezca en el curso de una revuelta. El asesinato de Commodus a manos de Livius vaticina el principio del fin del imperio romano.
   
   
   

KOLOSSAL MANN
 
Por Lluís Nasarre
En el momento de su estreno, La caída del Imperio Romano (1964), el antepenúltimo film dirigido por Anthony Mann, supuso un fracaso económico. De la misma manera que otra producción de similares características, también producida por Samuel Bronston, y que podemos atrevernos a decir que fue la última película de Nicholas Ray, 55 días en Pekín (1963) la cual corrió pareja suerte en cuanto a su aceptación. Con ambas, se estAnthony Mann (de negro con listas blancas) escuchando las indicaciones de Andrew Marton, director de segunda unidad de "La caida del imperio romano".aba a punto de poner fin aún faltaba la aventura de Hathaway en Barcelona a una serie de proyectos de Hollywood que pretendían competir con el auge que la televisión estaba teniendo en aquellos años, los cuales ofrecían unas películas (el kolossal) que desarrollaban unas epopeyas mayestáticas que tan solo podían disfrutarse en la amplitud y con las prestaciones técnicas de las pantallas de las salas cinematográficas. Por ello, por su inicial atractivo, se hace extraño ver el poco calado popular de un film tipo, del gusto de las masas, lleno de estrellas y realizado por una de las primeras espadas de Hollywood, amén de un aparato técnico respaldado por una de las maquinarias existentes más ambiciosas en términos de producción que aunque se llevará a cabo fuera del habitual sistema de estudios, y que a la sazón no conllevara el éxito esperado. Quo Vadis (1951), La túnica sagrada (1953), Ben-Hur (1959) y Espartaco (1960) tampoco estaban tan lejanas en el tiempo. Sin embargo, como el público y algunos críticos pasan por soberanos, la cosa ya no funcionó. Cleopatra, realizada el año anterior tampoco disfruto de las mieles del éxito. Es más, normalmente los historiadores cinematográficos, mencionando el film de Mann y el citado anteriormente de Ray, se refieren a ellos únicamente como los detonantes de la quiebra de los estudios Bronston, descartando (¿de un plumazo?) cualquier atisbo de logro artístico que podrían albergar ambos films. Deteniéndonos un instante en las razones de esa fracaso financiero, estas parecen hallarse más en la idiosincrasia del producto en sí, que no en sus valores comerciales y/o artísticos. Los films producidos por Bronston tienen de todo, bueno y malo; además de la melomanía «a lo Cecil B. de Mille» que transmitía el productor nacido en la actual Moldavia, debemos tener presente que los realizadores contratados para la labor, formaban todos parte de un Hollywood clásico y pretérito que ya no existía por ninguna parte y por tanto, se encontraban algo desubicados. John Farrow, Henry Hathaway y los mencionados Ray y Mann (los cuales trabajaron en un par de ocasiones para Bronston) no veían con claridad su futuro cinematográfico por lo que los films para Bronston en algunos momentos tenían un matiz más alimenticio que otra cosa. Ahora bien, como se dice popularmente quien tuvo, retuvo y en el caso de Anthony Mann para Bronston, el paso de los años ha demostrado que sus dos trabajos, La caída del Imperio Romano y la anterior El Cid (1961) no son en absoluto despreciables sino todo lo contrario; unos trabajos (encargos) en los que la magistral impronta del realizador de Tierras lejanas (1954), afortunadamente se hace notar.   
 
El origen del film
 
Parece ser que la génesis de La caída del Imperio Romano forma parte del anecdotario hollywoodense. El propio realizador,  explicó que un día caminando por la londinense Picadilly se detuvo ante una librería y en su escaparate vió la obra de Edward Gibbon Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano. Recién finalizado El Cid, Mann opinó que Bronston y él mismo podían llevar a cabo un film interesante con ese material, por lo que le comentó la idea a los guionistas Ben Barzman y Basilio Franchina a fin de llevar a cabo un primer tratamiento de guión para presentárselo al productor. Hasta aquí la versión de Mann, sin embargo Bronston explica que la historia partió de él hablando un día con su jefe de guionistas, el reputado (y habitual colaborador de Anthony Mann) Philip Yordan, el cual posteriormente le presentó un pequeño borrador de guerras, traiciones y tragedias en el marco temporal del mandato del emperador romano Marco Aurelio. No obstante, dejando de la lado la veracidad de la anécdota de la gestación del film, Mann y Yordan, amén de los otros dos guionistas mencionados, utilizan ese marco histórico y socio-político y focalizan el nudo de la historia que tienen entre manos en el retrato de unos personajes concretos cuyas psicologías a lo largo de su historia se encuentran sometidas por las circunstancias a un perpetuo estado de cambio. Enumeremos los trazos principales del argumento. Uno: el estoico emperador Marco Aurelio (Alec Guinness) encontrándose a las puertas de la muerte, decide pasarle su legado a su general Livio (Stephen Boyd) en detrimento de su hijo Cómodo (Christopher Plummer) a quien ama pero no considera preparado para el gobierno del imperio. Dos: Livio y Cómodo son grandes amigos; incluso Livio está enamorado (cuyo amor es correspondido) de Lucilla (Sophia Loren) la hija del emperador, la cual también considera a Livio un perfecto heredero del legado de su padre. Tres: antes de llevar a cabo tal designación del nuevo César, Marco Aurelio muere y Livio entrega el trono a Cómodo de manera que los personajes principales y algunos que les rodean se dispersarán por el imperio creándose diferentes frentes y situaciones que harán buenos los pesimistas temores de Marco Aurelio. Y cuatro: al final se encontrarán todos en Roma y se desencadenará la tragedia, tanto personal como histórica.
El film, a pesar de disponer de una anónima voz en off al principio y al final para situar al espectador en una época crucial en el desarrollo de importantes acontecimientos de cara al futuro de la civilización occidental, la utiliza no con carácter premonitorio sino para delimitar la época que vamos a presenciar. Las intenciones de Mann no pasan por el didactismo histórico. Lo suyo son las tragedias en marcos huérfanos de sentido común; recordemos sus personajes obsesivos tanto en el noir de La brigada suicida (1947), como en el western de Colorado Jim (1953) o incluso en frescos históricos acaecidos en plena Revolución francesa, El reinado del terror (1949). Y con La caída del Imperio Romano, no iba a ser diferente. De nuevo y como ya había llevado a cabo en El Cid, Mann exploró los terrenos de la épica. Sin embargo, aunque la épica como tal, prescribe sus pautas, por ende mayestáticas y en algunos casos sobredimensionadas, el realizador americano lo lleva a su terreno y lo personaliza en un microcosmos anidado en la España de la Reconquista o en la Roma de los césares. Por eso, para esto último, describe perfectamente a través de sus personajes, un proceso donde las semillas de la caída del Imperio se plantan con la desaparición de Marco Aurelio. Un César cuyo sueño de unificación mediante la Pax Romana no tan solo se frustra sino que dará paso al conflicto fratricida entre su inestable hijo Cómodo y el consecuente Livio. Y como de Mann estamos hablando recordemos Winchester 73 (1950) el vinculo fraternal de ambos se transmutará en una rivalidad sangrienta. Una vez más, una rivalidad entre seres queridos que Mann desarrolló (y de forma ejemplar) al amparo de Bronston con sus dos films. Porque la diferencia entre El Cid y La caída del Imperio Romano es la diferencia (valga la redundancia) entre la fe en un concepto de heroísmo que puede trascender incluso a la muerte y la firme constatación de que el destino del mundo no está en manos de valientes guerreros (Rodrigo Díaz y Livio) sino en las de de tortuosos intrigantes (El rey de Castilla y su corte o Cómodo y su camarilla) que hablan suavemente mientras empuñan dagas envenenadas a los sones de las risas de los dioses que oye Cómodo. Para La caída...Mann alterna/conjuga los colores para describir el estado de ánimo que muestran todos sus personajes. Sus expresionistas luces y sombras, servidas por la mano del operador Robert Krasker, son de otoño e invierno (de caída). Tanto en sus vestimentas, como en las estancias por las que pasean como en los exteriores ya sean de las calles de Roma o de los bosques de Germania. Profundidad visual para marrones, ocres y los blancos grises de la nieve que cae. Dolorosos visualmente.El crítico Robin Wood, señaló en una ocasión que Anthony Mann era de los pocos cineastas americanos capaces de transmitir el dolor de la violencia. Y una secuencia magistral a tal efecto es la de la tortura mediante una antorcha por parte de los bárbaros, soportado por el liberto/filósofo Timónides (James Mason) en un ejemplo de brutalidad mostrado fuera de pantalla similar a otro instante antológico llevado a cabo por Fritz Lang en Los sobornados (1953) con el café hirviendo sobre el rostro de Gloria Grahame. El dolor de los personajes y el freno que ello provoca. Su trágica impotencia. Como Marco Aurelio ante el dolor que lo desgarra por dentro o Lucilla gritándole en silencio a su amada Roma que está ciega, sorda y adentrándose en un callejón sin salida.
 
La «armadura» de la tragedia clásica
 
La obsesión de Mann con la tragedia clásica y especialmente su fijación con el Rey Lear,se erige en su obra como una fuente inagotable de recursos para alimentar el material dramático sobre el que se construye su filmografía. En el film que nos ocupa, utilizó la caída del Imperio Romano como una nueva vuelta de tuerca sobre un tema que le apasionaba. Retocando conceptos. Reordenando la iconografía que nace del original de Shakespeare para ver como este se mueve en diferentes ambientes. Incluso lo lleva a cabo en mayor medida que en Las furias (1950) o Hombre del Oeste (1958), sendos westerns que hablan del envejecimiento de patriarcas y de sus movimientos para encontrar heredero. La caída... coge prestado de ellas algunas ideas y altera la mayor parte de los componentes clave de la historia del Rey Lear para satisfacer sus propias necesidades dramáticas organizando sus escenas como si de momentos teatrales se tratase. Así pues, a nivel de personajes, el Loco o el Bufón del original teatral se transforma en celuloide en Timónides y/o la locura de Lear alcanza en Mann a la figura de Cómodo. Sin embargo, el final cinematográfico es mucho más trágico que el del autor de Hamlet, nace de las entrañas del un realizador que sabe que su tiempo se está acabando y que "presume" que nadie recogerá su testigo. De ahí que, a mi juicio, y por el tono pesimista y autodestructivo que despliega, considero que Akira Kurosawa tenía más en mente el trabajo de Mann para su lúcida y soberbia Ran (1985) retomando en cierta manera su testimonio. Es más, la primera parte de ambos films, se asemejan incluso en el tratamiento visual y de puesta en escena (uso de la variación del la altura natural y los espacios horizontales) que se da a las fortalezas aisladas, por el sentido que alcanzan dentro de la historia como lugar donde principalmente anidarán las reflexiones que han de convertirse en el motor de la trama.  
   Por otro lado, independientemente de las marcas de Anthony Mann en el film, sería injusto no reseñar algunos aspectos que demuestran la copaternidad de Bronston en una película como La caída del imperio romano. Anteriormente mencionábamos los aires de De Mille que tenía el productor, sin embargo, éste estaba más interesado en convertirse en narrador de coherentes historias que no en armar bulliciosos espectáculos. En las producciones de Bronston es difícil ver la separación del Mar Rojo o la destrucción de un templo por los envites de Sansón. Además Bronston siempre confió sus ideas a un pequeño grupo de colaboradores a los que, en cierta medida, les dio una relativa libertad a la hora de adaptar "sus" ideas. Con la excepción de El fabuloso mundo del circo (1964) quizás su film más De Mille todas sus demás películas abordan alguna rebelión antiimperialista, la desunión o el multiculturalismo; unos temas que liberales transgresores como los referidos (blacklisted) Barzman y Yordan también firman como propios a lo largo de sus carreras.
   La caída del Imperio Romano no es una película perfecta, pero es superior al Gladiator (2000) de Ridley Scott con la que se la compara habitualmente cuando se habla de ambos films. Y no es perfecta porque en algunos de sus pasajes y debido a su larga duración, adolece de la intensidad que ofrece la boscosa y magnífica primera parte. Puede ser que la elección de Stephen Boyd y de Sophia Loren no ayude a desarrollar ese equilibrio emocional que el film necesita en algunos momentos una vez ha desaparecido la figura de Marco Aurelio. El recuerdo del Messala de Ben-Hur le ofreció la posibilidad al protagonista de la estupenda Viaje alucinante (1966) encarnar un personaje cuya composición demandaban a algún actor con más registros dramáticos y Sophia Loren, acertada en El Cid no consigue imprimir la ambigua vehemencia que desprende el personaje en el libreto. Pero ahí estaban Alec Guinness, James Mason y Christopher Plummer (en un papel inicialmente pensado para Richard Harris, que interpretó de forma magnífica a Marco Aurelio para Scott) para dar equilibrio en el apartado interpretativo y convertir al film en una obra ejemplar, premonitoria y testimonial del conjunto de la obra de un realizador que empezaba a decir sus últimas palabras. Quedaban la aplicada Los héroes del Telemark (1965) y la incompleta experiencia de Sentencia para un Dandy (1967) que dejo inconclusa como Marco Aurelio, cuya labor también quedó en manos de otros, los cuales le ofrecieron unos funerales que sirven para mostrar uno de los momentos más sublimes de su realizador y porque no, de la Historia del Cine. •  
   
     
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Características DVD: Contenidos: Menús interactivos / Acceso directo a escenas. Formato: Widescreen 2.35:1. Idiomas:  Castellano e Inglés, Subtítulos: Castellano.Duración: 92mn. Distribuidora: Divisa Red.

 

 

 

   
       
   

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