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Stanley Kubrick
     



 
  Fecha y lugar de nacimiento :
26 de julio de 1928, en el Bronx, Nueva York (Estados Unidos).
  Fecha y lugar de defunción :
7 de marzo de 1999, en Hertfordshire (Inglaterra), por causas naturales.
  Actividades previas :
estudia en la Taft High School; viaja por todos los Estados Unidos como fotógrafo de Look (1945-1949) tras no poder acceder a la Universidad; realiza tres cortometrajes, Day of the Fight (1951), The Flying Padre (1951) y The Seafarers (1952), que le sirven de aprendizaje para elaborar su primer largometraje con un exiguo presupuesto, El beso del asesino (1955); durante este periodo juega al ajedrez de forma semiprofesional y actúa esporádicamente en una banda de jazz.
  Otras actividades :
productor, guionista, montador y director de fotografí­a.
  Premios :
Oscar a los Mejores Efectos Especiales por 2001: una odisea del espacio (1968); Nominado al Oscar al Mejor Director por ¿Teléfono Rojo?, volamos hacia Moscú (1964), por 2001: una odisea del espacio (1968), por La naranja mecánica (1971) y por Barry Lyndon (1975); Nominado al Oscar a la Mejor Película por ¿Teléfono Rojo?, volamos hacia Moscú (1964), por La naranja mecánica (1971) y por Barry Lyndon (1975); Nominado al Oscar al Mejor Guión Adaptado por ¿Teléfono Rojo?, volamos hacia Moscú (1964), junto con Peter George y Terry Southern, por La naranja mecánica (1971), por Barry Lyndon (1975) y por La chaqueta metálica (1987), junto con Gustav Hasford y Michael Herr; Nominado al Oscar al Mejor Guión Original por 2001: una odisea del espacio (1968), junto con Arthur C. Clarke; León de Oro Honorífico del Festival de Venecia (1997).
  Otros datos :
casado y divorciado de Toba Kubrick (1948-1953) y de la bailarina Ruyth Sobotka (1954-1956); casado con la pintora Susanne Christian Kubrick (1958-1999)(hijas: Anya Renata, Vivian Vanessa y Katharina); yerno del productor Jan Harlan.
     
    Fascinado desde su adolescencia por el poder de la imágenes, Stanley Kubrick fue tejiendo a lo largo de más de cuarenta años una obra cinematográfica sin parangón entre sus colegas, constituyendo una filmografía relativamente corta pero fundamental para entender la evolución del cine contemporáneo. Sus inicios vislumbraban un talento innato para reflejar en imágenes historias fascinantes, cuando a los diecisiete años ya era un respetado fotógrafo de la revista Look. Personaje polifacético —aficionado al jazz, piloto de aviones, buen jugador de ajedrez, etc.—, combinaba su actividad profesional como fotógrafo con su devoción por el cine. Asentado en un amplio conocimiento de diversas materias, Kubrick se propuso introducirse en la industria cinematográfica con un único objetivo: la búsqueda de la perfección. Para ello confió en su propio talento, adjudicándose gran parte de las funciones técnicas para la elaboración de sus primeros largometrajes, Fear and Desire y El beso del asesino. No sería hasta Atraco perfecto, un film noir que mantenía cierto parecido argumental e idéntico protagonista (Sterling Hayden) que la producción de la Warner Bros. concebida seis años antes, La jungla de asfalto (1950), y en el que Kubrick demostró su incuestionable conocimiento de la técnica cinematográfica, y que le valió los elogios del propio Orson Welles. Su siguiente film, Senderos de gloria, se circunscribe en uno de los universos preferidos de Kubrick, el espacio bélico, como muestra de la irracionalidad y la naturaleza violenta del hombre, que había esbozado en su ópera prima Fear and Desire y tendría continuidad con La chaqueta metálica, cambiando el marco de la Primera Guerra Mundial por la Guerra del Vietnam. Recuperada y revalorizada con el tiempo después de sufrir la censura en diferentes países europeos, Senderos de gloria fue producida por la Bryna, la compañía creada por Kirk Douglas —asimismo protagonista de este alegato antibelicista—, quien sería reclamado para substituir a Anthony Mann una vez iniciado el rodaje de Espartaco. La magnitud de la producción —-la segunda más cara tras otro peplum, Ben-Hur (1959)— que requería de multitud de decorados y escenarios para recrear los avatares del esclavo Espartaco durante el imperio romano, puso a prueba a Stanley Kubrick. A partir de entonces, el cineasta de origen judío demostró que estaba capacitado para poner en marcha empresas de similar dimensión. No obstante, Kubrick rechazaría sistemáticamente que se tratara de un film propio, atendiendo al hecho que no pudo tener el control absoluto, a diferencia de Lolita y sus posteriores obras, ya con el realizador neoyorquino residiendo en Inglaterra. Aunque limitada por los problemas de censura impuestos por la Legión de la Decencia, Kubrick supo salvaguardar el poder de sugestión de la novela de Vladimir Nabokov, una de las obras literarias clásicas del siglo XX. Al igual que en Lolita, Kubrick contó con Peter Sellers por su capacidad camaleónica para interpretar ¿Teléfono Rojo?, volamos hacia Moscú, una fábula sarcástica y corrosiva en torno al lanzamiento de la bomba atómica durante la Segunda Guerra Mundial, que le daría el pasaporte para proyectos aún más ambiciosos.Cuatro años de intenso trabajo aguardaban a Kubrick para la confección de un film, 2001: una odisea del espacio, que marcaría el antes y el después, no tan sólo en su carrera, sino dentro de la propia evolución del cine de ciencia-ficción. Kubrick interpretó el relato de Arthur C. Clarke como un film metafísico, cuestionando aspectos como la existencia de vida inteligente fuera de la órbita terrestre, en un período que se iniciaba la escalada por la conquista del espacio. Pocos cineastas se encontraban a esta altura de su carrera, en una posición tan privilegiada como la que gozaba Kubrick, quien disponía de toda la tecnología punta para desarrollar sus fantasías visuales. La naranja mecánica —adaptación surgida a partir de la novela homónima de Anthony Burgess—, y Barry Lyndon, un fresco histórico que relata las andanzas del caballero Redmond Barry en la Europa del siglo XVIII, mostraron nuevamente la versatilidad de Kubrick a la hora de recrear escenarios y épocas distintas con un tratamiento estilístico diferenciado, pero siempre girando sobre un mismo eje temático: las sociedades pueden cambiar sus normas de funcionamiento pero su naturaleza violenta y destructiva sobre el individuo permanece inmutable. Convertido en un megalómano, el director de Atraco perfecto se vio sorprendido por la incomprensión que produjo la adaptación cinematográfica de la obra de William M. Thackeray Las aventuras de Barry Lyndon, traducida en un relativo fracaso económico. La respuesta del público era un aspecto que Kubrick siempre tuvo presente a la hora de escoger y afrontar sus proyectos. Sabedor de la ingratitud que provoca, en ocasiones, la dedicación a un medio sujeto a tantas variables como el cinematográfico, Kubrick dosificaría cada vez más sus producciones, hasta el punto que en un período de veintiún años tan sólo hubiera realizado un par de films, El resplandor y La chaqueta metálica, y que en cierto modo, no rayaron a la misma altura que sus anteriores trabajos. El mito Stanley Kubrick, alimentado en parte por él mismo —la premiosidad con la que llevó a cabo sus proyectos, su carácter obsesivo a la hora de controlar hasta el más mínimo detalle de su obra— encontraría su último ejemplo en el thriller erótico Eyes Wide Shut, una ejemplar fábula sobre la omniopresencia del sexo en la sociedad actual. La postproducción de Eyes Wide Shut coincidía con el inesperado fallecimiento de Kubrick. De esta forma, quedaba sin efecto el proyecto de AI (Artificial Inteligent) del que Kubrick ya había hecho los primeros tests con la nueva tecnología digital disponible . Se trataba de un film de ciencia-ficción que pretendía emular el hito que supuso 2001: una odisea del espacio, el título que dio a K ubrick el reconocimiento internacional y que traspasó el hermetismo que produce el nombre de un director al ámbito del saber de todo aficionado al séptimo arte.
   
     
director  : 1999    Eyes Wide Shut   [ Eyes Wide Shut ]
director  : 1987    Full Metal Jacket   [ La chaqueta metlica ]
director  : 1980    The Shining   [ El resplandor ]
director  : 1975    Barry Lyndon   [ Barry Lyndon ]
director  : 1971    A Clockwork Orange   [ La naranja mecnica ]
director  : 1968    2001: A Space Odyssey   [ 2001: una odisea del espacio ]
director  : 1964    Dr. Strangelove or How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb   [ Telfono Rojo?, volamos hacia Mosc ]
director  : 1962    Lolita   [ Lolita ]
director  : 1960    Spartacus   [ Espartaco ]
director  : 1957    Paths of Glory   [ Senderos de gloria ]
director  : 1956    The Killing   [ Atraco perfecto ]
director  : 1955    Killer's Kiss   [ El beso del asesino ]
director  : 1953    Fear and Desire
   
     
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LOS ARCHIVOS PERSONALES DE STANLEY KUBRICK
Editorial: Taschen.
Editora: Alison Castle.
Fecha de publicación: 2005.
544  pp. 33,5 x 25,0 cm. 
Tapa dura con sobrecubierta.
Edición en inglés con un cuaderno
que contiene el texto del libro traducido al castellano, incluidos los pies de foto.

COMENTARIO (Por Christian Aguilera): Si existe un cineasta universal que suscita la curiosidad cinéfila más allá de su propia obra, sin duda, se trata de Stanley Kubrick. Un par de biografías confeccionadas casi a la par podrían cubrir este flanco de conocimiento que remite a la vida personal, pero a sabiendas que tanto Vincent LoBrutto como John Baxter nunca llegaron a entrar en contacto con Stanley Kubrick, la propuesta editorial de Taschen, Los archivos personales de Stanley Kubrick cobra un sentido absoluto. Con la anuencia de los familiares del realizador neoyorquino, la editora Alison Castle ha escudriñado en la documentación guardada celosamente en la residencia de Stanley Kubrick en St. Albans, en Hertfordshire, donde yace su cuerpo enterrado en el jardín desde su repentino deceso en marzo de 1999.
   Vaya por delante que Los archivos personales de Stanley Kubrick se revela como una obra maestra de la edición que entra invariablemente por los ojos pero no tan sólo para perseguir con la mirada fotografías inéditas —este es uno de los «juegos» que los amantes del cine de Kubrick suelen hacer: puro deleite fetichista— sino para quedar absortos con la lectura de entrevistas, textos varios, aforismos, reflexiones y un largo sinfín de documentación que pivota sobre la figura del cineasta de origen judío. En una solución de edición brillante por parte de los responsables de Taschen, este espectacular libro consagrado al mercado anglosajón ha optado por abrirse a otros públicos lectores potenciales al traducir al castellano (en un cuaderno anexo de idéntico formato) los textos incluidos en el mismo. Éstos se localizan básicamente en la segunda parte del volumen publicado en tapa dura, ya que la primera se reserva a un despliege fotográfico inconmensurable, mostrando secuencias de imágenes de cada una de sus películas —a excepción, una vez más, de Fear and Desire (1953), el título defenestrado, a todos los niveles, de la filmografía de Kubrick— que nos ayudan a entrar en materia, a recrearnos en un universo visual que hubiera caído en el puro esteticismo y/o manierismo si no fuera porque detrás de las cámaras se significaría una de las personas con mayor capacidad de absorción de conocimientos de la historia del cine. En este sentido, Los archivos personales de Stanley Kubrick no defrauda por cuanto, además de la inclusión de entrevistas y cartas que ya habían sido de dominio público —por ejemplo, la larga entrevista que Playboy publicó a raíz del estreno de 2001: una odisea del espacio (1968), o la respuesta epistolar de Kubrick a los ataques vertidos por el crítico Fred M. Hechinger en el New York Times en los tiempos de controversia suscitados a raíz del estreno de La naranja mecánica (1971)—, aparecen documentos inéditos que refuerzan la idea de que el neoyorquino no tenía rival en su metodología de trabajo. De los pocos colaboradores que llegaron a conocer en profundidad a Kubrick —aunque esta consideración deba tomarse con todas las reservas posible—, Michael Herr, autor de la obra Despachos de guerra, es quien nos brinda un retrato bastante revelador del mismo. La presente monografía reproduce unos fragmentos de Kubrick, de Michael Herr, publicado en su integridad en España por Anagrama en 2001. Una obra limitada a relativamente pocas páginas pero harto clarificadora de una personalidad que Herr tilda de extraordinariamente brillante, cálido en las distancias cortas, tacaño, «cinéfago» y bibliófilo contumaz, entre diversos apelativos que provocan un sentimiento ambivalente sobre su persona. Junto a los textos de Herr, lo más sorprendente para todos los que se acerquen a Kubrick con unos cuantos prejuicios a sus espaldas son sus aficiones por el béisbol (un apasionado seguidor de los Yankees: de ahí que situara un inserto de un partido de la NFL en el clímax de El resplandor), seguir sitcoms del estilo Roseanne o Seinfeld, coleccionar máquinas de escribir o preservar un archivo de posibles títulos de películas. Este último aspecto, por consiguiente, no quedaba soslayado por Kubrick a la hora de orquestar la campaña de publicidad de su nueva película, en un ejemplo más que aspiraba a un control absoluto de su obra. Ya en las primeras entrevistas que concedió para medios de difusión nacional e internacional, Kubrick mostraba sus hechuras de cineasta total, pero al mismo tiempo exhibía un tono un tanto vacilante en sus respuestas que contrastaría con la solidez de sus afirmaciones en los años venideros. Un proceso de maduración obvio si atendemos a que su ritmo de lectura fluctuaba entre los diez y los veinte libros por semana (un apéndice nos permite recrearnos en sus variopintos gustos literarios, siempre escritos en inglés, que era su auténtica obsesión para dar con aquella obra susceptible de ser adaptada a la gran pantalla), se encomendaba al visionado de todo tipo de películas y creció intelectualmente al calor de las conversaciones que tuvo con personas de la talla intelectual de Arthur C. Clarke, Vladimir Nabokov, Joseph Heller (el autor de Trampa 22: se reproduce una conversación inédita, sin especificar fecha), Diane Johnson o Michael Herr, entre muchos otros.
   Stanley Kubrick deviene uno de aquellos cineastas cuya obra nos acompaña a lo largo de nuestras vidas; en la medida que vamos madurando, nuestra percepción sobre la plana mayor de las películas que jalonan su filmografía varía, desentrañando algunos de los secretos o misterios que esconde. A tal efecto, Clarke confesó a Kubrick que si «la gente entendía 2001 a la primera, hemos fracasado». Por esta misma razón, la adquisición de una obra como Los archivos personales de Stanley Kubrick nos garantiza volver sobre la misma en numerosas ocasiones a lo largo de nuestras vidas; entonces calibraremos que ha sido una de las mejores inversiones que hayamos hecho en materia de documentación cinematográfica.•
STANLEY KUBRICK: UNA ODISEA CREATIVA
Editorial:  Dirigido por.
Colección: Serie Mayor nº 9.
Autor: Christian Aguilera.
Fecha de publicación:
noviembre de 1999.
416 pp. 14,5 x 24,0 cm. 
Tapa dura.

COMENTARIO (Por Joaquín Vallet Rodrigo): Contrariamente a lo que cabría pensar a tenor de la excepcional importancia de Stanley Kubrick dentro del cine actual, son muy pocos los libros que se han acercado a su figura de una manera seria, sin simplificar aspectos y ateniéndose a una base esencialmente analítica en la incomparable filmografía del cineasta neoyorquino. De hecho, desde su fallecimiento, se han publicado una exigua cantidad de libros dedicados al autor de 2001: Una odisea del espacio siendo la espectacular edición de Los archivos secretos de Stanley Kubrick, confeccionada por Taschen, uno de los que ofrecen mayores atractivos debido más a lo inédito de su contenido (con especial relevancia en el material gráfico y la documentación sobre sus proyectos frustrados) que a la, por otra parte escasa, aportación al estudio de todos y cada uno de sus films.
   Ante ello, la publicación de este libro de Christian Aguilera por parte de Dirigido por…, puesto a la venta el mismo año del fallecimiento del director, se ha beneficiado de dos elementos trascendentales que lo han convertido con el paso del tiempo en un estudio verdaderamente imprescindible dentro de todo lo que se ha escrito sobre Stanley Kubrick: primero que nada, el hecho de ser uno de los libros que con mayor rigor y capacidad de análisis se enfrenta a una de las cinematografías más complejas de toda la Historia del Cine. La inexistencia de una obra literaria lo suficientemente competente en este aspecto (al menos dentro de lo que se ha traducido al castellano) ha acabado por ratificar la valía de la propuesta, apoyado por la sensatez del conjunto que se deshace completamente de la visión apasionada propia de la admiración, para zambullirse con enorme precisión y objetividad en la gestación de cada proyecto y las claves internas que acaban por sustentarlo.
  El segundo aspecto radica en la admirable soltura del libro para transitar por distintos derroteros sin que haya la más mínima sensación de descompensación entre ellos. En efecto, Stanley Kubrick. Una odisea creativa oscila entre la constante exposición de referencias biográficas, el examen de sus películas, incidiendo especialmente en el período de preparación de las producciones y, sobre todo, en la detallada información que se ofrece de los proyectos frustrados del cineasta, aspecto que, generalmente, suele pasar de todo punto desapercibido a la hora de tratar la figura de Kubrick, pero que resulta capital cuando de habla de películas como, por ejemplo, Barry Lyndon (1975).
Una de las grandes virtudes del libro es, precisamente, la cohesión y coherencia con la que están tratados estos elementos que, más allá de la mera acumulación de datos o la somera exposición de ideas (que es en lo que, habitualmente, se incurre en varias biografías de Kubrick que apenas sobrepasan las 170 páginas) se realiza un viaje absorbente al fondo de toda la filmografía donde no únicamente se nos desvelan los aspectos vitales del cineasta, sino su vinculación en el marco de su obra, así como un intento de desentrañar ciertos flancos de la personalidad de un genio poseedor de una vastísima cultura que plasmó en todos y cada uno de sus films, y que Aguilera dilucida con profundo conocimiento del terreno que pisa, así como con una pasmosa agilidad. Prueba de ello son los capítulos dedicados a Senderos de gloria (1957) o, sobre todo, 2001: Una odisea del espacio (1968). Piezas de tal dimensión que su examen podría dar pie a intrincadas explicaciones históricas o infinitas teorías filosóficas y que, sin embargo, Christian Aguilera logra esclarecer con un lenguaje profundamente ameno y, al mismo tiempo, manteniendo el nivel intelectual que merece (y necesita) cualquier tipo de aproximación a la figura del autor de La naranja mecánica (1971).
   Stanley Kubrick. Una odisea creativa bien se podría considerar, por consiguiente, como la pieza más lograda sobre el cineasta surgida a partir de su repentino e inesperado fallecimiento en 1999. Una obra que, asimismo, sortea tópicos y aspectos irritantemente manidos sobre Kubrick (la tendencia habitual —básicamente, entre sus detractores— a considerar su estilo cinematográfico como «frío»), prueba fehaciente de la sólida personalidad con la que su autor se involucra en los distintos aspectos del biografiado, ofreciendo valiosas valoraciones y aportando una luz más que intensa a una carrera cinematográfica caracterizada, precisamente, por su cerrazón y por la infinidad de vías de interpretación que puede (y debe) suscitar.•
 
Joaquín Vallet Rodrigo
 
STANLEY KUBRICK: BIOGRAFÍA
Editorial:  T&B Editores.
Colección: Biografías Serie Oro.
Autor: John Baxter.
Fecha de publicación: 1999. Reedición en abril de 2009.
374 pp. 17,0 x 24,0 cm. Rústica.Incluye 2 pliegos
centrales en papel couché con 81 fotografías en
blanco y negro.  

COMENTARIO (Por Christian Aguilera): Stanley Kubrick hizo suya esa expresión anglosajona que reza «The Pain Is a Good Doctor» («el dolor es un buen profesor»). Su colega y coetáneo Curtis Harrington declararía, a requerimiento de uno de los biógrafos de Kubrick, John Baxter, que «Fear and Desire no fue bien recibida. En concreto, la interpretación de Paul Mazursky daba risa. (...) todo parecía sobreexpuesto y sobredimensionado. Y después de todo ello, Stanley estaba llorando. Era muy duro que ese joven cineasta hubiera reaccionado de esa forma por lo que suscitó el pase del film. Algunos de mis films no habían sido bien recibidos, pero nunca brotaron lágrimas de mis ojos». Este podría ser un ejemplo paradigmático de cómo Baxter se enfrenta a la biografía sobre la figura de alguien a quien se le privaría la posibilidad de entrevistarlo, es decir, recurriendo a infinidad de testimonios surgidos de su entorno familiar, de su reducido círculo de amigos o de la amplia nómina de los técnicos e intérpretes (difícilmente solía repetir con los mismos: signo inequívoco de la dificultad de trabajar con él) que participaron en sus trece largometrajes y tres cortometrajes, además de los proyectos que se quedaron por el camino. Es evidente que el haberse limitado a reproducir viejas historias sobre Stanley Kubrick, Baxter no hubiera alcanzado el grado de interés que sí presenta esta biografía que recoge numerosos testimonios. La virtud de Baxter ha sido armonizar todas estas voces con el ánimo de trazar un retrato lo más certero posible sobre un personaje y su obra, que van de la mano, debido a que Kubrick vivió para y por el cine, haciendo de la obsesión un mecanismo más para conseguir una perfección que se dibujaría en el horizonte a partir de su segundo largometraje, El beso del asesino (1955), en la que ya mostraba sus hechuras de cineasta completo al asumir labores de director, guionista, productor, montador y técnico de sonido.
Indudablemente, los que ya conozcan al detalle todas las vicisitudes en torno a los rodajes de los films que llegó a cumplimentar Kubrick —existe amplia bibliografía al respecto en diversos libros que glosan su cometido profesional— podrían cuestionarse cuál es la aportación real del volumen de Baxter en relación a lo ya escrito. Unas dudas que pronto se despejan al centrarse en aquellas «páginas puente» entre uno y otro proyecto que cristalizarían en la gran pantalla. En número similar a las producciones que llegó a completar, los proyectos frustrados cuentan con un amplio despliegue documental en el libro de John Baxter, desde aquel que quedó definitivamente aparcado en la década de los setenta —Napoleón— hasta otros menos conocidos, caso de Blue Movie —con guión de Terry Southern en torno a un director, Boris Adrian, responsable del «film pornográfico más exitoso de Hollywood»—, The Burning Secret —a partir de una novela de Stefan Zweig que acabaría dirigiendo su colaborador Andrew Birkin— o Inside the Third Reich: The Secret Diaries, de Albert Speer —que había barajado al finalizar la postproducción de La naranja mecánica—, el arquitecto «de» Adolf Hitler. Baxter no tan sólo se limita a hacer una exposición puramente informativa, a golpe de datos puestos al servicio de la curiosidad del lector, sino que reflexiona sobre lo acontecido con episodios concretos —por regla general, aquellos que provocarían una frustración personal-profesional en Kubrick— con el afán de dar cobertura a  una explicación razonable y razonada sobre la implicación en un determinado proyecto, con lo que ello comportaba viniendo de un cineasta tan meticuloso, perfeccionista y obsesivo. En este sentido, plenamente ilustrativo sería que, a raíz del descomunal éxito de El exorcista (1973) —en el que figuraría como candidato para su realización—, Kubrick quiso desquitarse asumiendo la confección de su particular film de terror —El resplandor (1980)—, en una decisión que provocó división de opiniones entre sus seguidores.
  A diferencia de la otra biografía que aparecería en las librerías coincidiendo con la muerte de Stanley Kubrick, la de Vincent LoBrutto (Ed. Da Capo Press, 1999) (ir a enlace), la virtud del libro de Baxter estriba en buscar la proporción justa entre lo anecdótico y lo que realmente sirve para hacernos una composición lo más certera posible de un realizador al que generalmente se ha colocado el foco sobre su lado más estrafalario, recluido en su castillo desde 1962 y del que acabarían filtrándose verdades a medias, que a veces son más dañinas que las mentiras absolutas. Sin desdeñar el componente de excentricidad de Kubrick en algunos de sus comportamientos —se hacía llamar «el maestro» en los círculos ajedrecísticos que frencuentaba durante su juventud—, al concluir la lectura de la obra de Baxter se tiene el convencimiento que mucho de lo que se había escrito hasta entonces sobre Stanley Kubrick obedecía más a la fabulación que a otro asunto. Por consiguiente, John Baxter: biografía desmonta muchos tópicos en su recorrido por una vida cuyo centro de gravedad se situaba en el cine, al mismo tiempo que nos sirve de reflexión sobre el valor del compromiso artístico asumido hasta sus últimas consecuencias en el debe de una figura que ya hacía prever un brillante futuro cuando Kirk Douglas le llamó un viernes para dirigir una monumental producción —Espartaco (1960)— y al lunes siguiente se situaba ante las cámaras con la voluntad de no dejarse amilanar por nadie. Todo un carácter para este cineasta de «rostro impenetrable».•

STANLEY KUBRICK'S NAPOLEON

Editorial: Taschen. 
Editora: Alison Castle.
Fecha de publicación: 2011.
1112 pp. 22,0 x 35,0 cm.
Tapa dura. Incluye traducción de los textos,
en  forma de apéndice, en alemán y francés.

De la serie de proyectos que Stanley Kubrick manejaría con la intención de llevarlos a la gran pantalla y que no llegarían a cuajar, sin duda, el de Napoleón es el que tuvo más avanzado. Prácticamente podría decirse que la imposibilidad de su rodaje se debió a cuestiones que conciernen al ámbito financiero sin menoscabo del infortunio de contar con un título «rival» vehiculado por Rod Steiger para dar cabida a Napoléon Bonaparte. Doce años después de la muerte de Kubrick, coincidiendo con una ambiciosa exposición que se le dedica en la Cinematéque de París (confeccionada por el equipo comandado por Christiane Kubrick y Jan Harlan, a la sazón viuda y cuñado del director), el aficionado al cine movido por elevados estándares de calidad desde todas las ópticas posible al que nos han acostumbrado cineastas como el neoyorquino afincado en Inglaterra, tienen en Stanley Kubrick's Napoleon: The Greatest Movie Never Made un tesoro de incalculable valor. Una primorosa edición que Taschen ha lanzado al mercado sin una serie de elementos complementarios (con el membrete de la exclusividad), pero con el cuerpo central intacto, esto es, un voluminoso libro compilatorio de un trabajo al que es difícil poner una fecha de inicio y otro de finalización. En las notas preliminares se indica que Kubrick inició el proyecto en el verano de 1967, toda vez que se encontraba inmerso en el proceso de postproducción de 2001: una odisea del espacio (1968). No obstante, en razón de la copiosa bibliografía que barajaría para el proyecto de Napoleón —convenientemente indexada por Alison Castle en uno de los múltiples apartados/capítulos o subcapítulos de los que consta la presente monografía— cabría tomar como opción válida que antes incluso de su incursión en el viaje espacial que le ocuparía varios años de ingente labor, Kubrick se iría familiarizando con un personaje que le obsesionó hasta el extremo de Jan Harlan (izqda.), uno de los alma mater de la edicion de la monumental obra editorial sobre el proyecto de Napoleon que iba a dirigir Stanley Kubrick (dcha). Imagen tomada del set de rodaje de "El resplandor" (1980). disponer de un auténtico «ejército» de «soldados-investigadores» localizados en distintos puntos del planeta que crearon una base de datos en forma de fichas correspondientes a cada día de los cincuenta y un años que vivió el mariscal francés. En esa inmersión sobre el estratega galo en cuestión, no cabe duda que Kubrick encontraría notables puntos en común con su propia naturaleza. Solo desde ese carácter megalómano y obsesivo que caracterizaría a Kubrick se puede entender que emprendiera una aventura que exigía una inversión de tiempo monumental aun a sabiendas que podría darse el escenario que todo el operativo cayera en saco roto, como así fue.
    SK' s Napoleon: The Greatest Movie Never Made ha sido una obra compilatoria que parece guiada desde el más allá por el propio Kubrick. Una labor estajanovista a la que se aplicó Alison Castle —asimismo la responsable de edición de Stanley Kubrick Archives (2005, Ed. Taschen)— en la voluntad por sacar a la luz hasta el más nimio detalle relativo a un trabajo de preproducción que tuvo en la fase de documentación sobre el personaje y su época uno de los principales caballos de batalla. En la comparativa entre Napoleon and the Awakening of Europe (The English University, 1966) y el guión que dio por válido Kubrick en septiembre de 1969 —reproducido en su integridad (el equivalente a tres horas de metraje), constituyendo, a mi juicio, la auténtica «joya de la corona» de esta espectacular edición—, escrito por él mismo, se podría extraer la conclusión que el cineasta norteamericano tomaría buena nota del contenido del libro del historiador británico Felix Markham. La reproducción de una extensa entrevista sostenida entre Kubrick y Markham, que tiene algo de cuestionario, razona en este sentido, pero conociendo los antecedentes del director de El beso del asesino (1955) se filtrarían ideas, datos, conceptos que no tuvieron cobertura en la obra Napoleon and the Awakening of Europe. Por ello resulta sumamente arriesgado afirmar que su Napoleón debía rendir «honores», en forma de créditos en la gran pantalla, al textoDetalle del interior del libro de Taschen versado sobre el proyecto del Napoleon de Stanley Kubrick. de Markham. Lo que parece fuera de toda duda es que, una vez postpuesto el proyecto sine die por razones de intendencia económica, Kubrick confrontaría el parecer sobre el personaje con Anthony Burgess, el autor de La naranja mecánica (1962) que el primero había adaptado al celuloide. Burgess, que entre sus preferencias no estuvo hacer fortuna como guionista, puso a disposición de Kubrick su erudición. Al cabo, Kubrick le conminaría a escribir un texto que pivotara sobre el militar de alcurnia galo, dando lugar a una obra de la singularidad de Napoleon Symphony: A Novel in Four Moviments (1974). Por entonces, las posibilidades que algún día Kubrick viera cristalizar su monumental proyecto iban menguando. Pero aquel esfuerzo titánico no resultó del todo baldío, ya que, en cierta manera, Barry Lyndon (1975) emergería fruto del conocimiento de una época especialmente convulsa en el continente europeo, siendo el foco del relato un rufián irlandés (Ryan O’Neal) al que William M. Thackeray sublimó a la categoría de «héroe» errante en su fábula literaria. Observando Barry Lyndon podemos reparar en la manera cómo hubiera sido iluminado Napoleón —con la óptica servida por la compañía Carl Zeiss-Jena y empleando fuentes naturales dispuestas por velas para los interiores—; la utilización de la voz en off del narrador —que, valga decir, servía para rebajar costes en función de que se eliminaban personajes, algunos de ellos sin líneas de diálogo—; y el sentido estratégico de las escenas de batalla, que aportan el componente épico que precisaba la producción en su conjunto.
    Sin demasiado margen para equivocarse, puede concluirse que con la edición de Napoleon: The Greatest Movie Never Made se coloca una pieza o un conjunto de piezas de suma importancia para completar ese puzzle que conforma la magna obra ideada y ejecutada, en buena parte, por ese «corredor de fondo» de mente privilegiada llamado Stanley Kubrick. Su servicio al rigor, la dedicación al propósito intelectual no tienen precio ni parangón entre sus colegas de profesión. Kubrick consagró gran parte de su vida en torno al conocimiento a través de maratonianas sesiones de lectura, de visionados de películas, de documentales, de escuchar fuentes musicales esencialmente clásicas, escrutando datos por doquier "Barry Lyndon" se  beneficio, en parte, de la labor de documentacion de toda una epoca llevada a cabo por Stanley Kubrick desde finales de los sesenta.y sabiéndose envolver de personalidades que, como Markham, tenían un dominio absoluto sobre un tema determinado. Lejos de quedar a resguardo de archivistas e historiadores, el libro sobre Napoleón que está al alcance de cada uno de nosotros representa uno de los hitos de la edición —al menos, en lo que llevamos de siglo y cabría remontarse bastantes años atrás— referida a un entorno cinematográfico. Ese mariscal de campo francés de perfil altivo encontraría en Kubrick la horma de su zapato en cuanto al dibujo de una personalidad obstinada, que traspasaría los límites de la megalomanía. En su Napoleon Project que nació cara a la prensa en 1969 —se reproduce una entrevista con Joseph Gelmis que habla sobre el tema no sin ciertas reservas— para Kubrick acabaría transformándose en su particular «Waterloo». Pero como Napoléon, por ventura Kubrick ganaría otras «batallas» en el campo cinematográfico con una estrategia que nos descubre una inteligencia fuera de lo común. Esa capacidad organizativa, de liderazgo, de dotes de mando de la que hizo acopio el director de Lolita (1962) se puede palpar a medida que vamos pasando las páginas de esta obra mayúscula, indispensable para «habitar» indefinidamente en las estanterías de los kubrickianos, una acepción que llama a las puertas de la British Encyclopedia. Los catedráticos, lingüistas y demás personal que participa en la confección de la misma podrían afinar mejor en su definición si se acercaran al contenido y al «continente» de Stanley Kubrick's Napoleon: The Greatest Movie Never Made. Tras el asombro y la admiración, la construcción de las frases saldrían por sí solas.• 

THROUGH A DIFFERENTE LENS:
STANLEY KUBRICK PHOTOGRAPHS
Editorial: Taschen. 
Editores: Donald Albrecht y Sean Corcoran.
Fecha de publicación: julio de 2018.
328 pp. 27,0 x 34,0 cm. Tapa dura con sobrecubierta.
Idioma: Inglés (partes traducidas al francés
y alemán).
Enlace a web Taschen.

COMENTARIO (Por Christian Aguilera): No puede existir un conocimiento completo sobre la obra de Stanley Kubrick sin atender a su actividad de fotógrafo para la revista Look. Fundada en 1937, Look gozó de una extraordinaria popularidad en los tiempos de la postguerra, siendo su etapa de declive los años sesenta, al punto que en 1971 se clausuró su edición. Allí Kubrick obtuvo su primera credencial como profesional, desarrollando centenares de reportajes fotográficos en el periodo comprendido entre 1945 y 1950. Un lustro de frenética actividad, en que Kubrick dejó constancia de sus dotes de observador, captando instantáneas aptas para captar un mosaico de realidades la ciudad que le vio nacer. Confeccionado a raíz de la exposición celebrada en el Museum of the Citiy of New York (con punto de partida en mayo de 2018), Through a Different Lens: Stanley Kubrick Photographs (2018, Taschen) deviene un documento de incalculable valor para kubrickianos prestos a familiarizarse con ese universo visual en blanco y negro que sirvió de antesala a su etapa de cineasta iniciada de una manera semiprofesional a principios de los años cincuenta. En torno a un millar de fotografías con la rúbrica de Kubrick concurren en el presente volumen, todas ellas en positivadas en blanco y negro con la excepción de la imagen en color en primer plano del clown Jacobs que ocupó la portada de uno de los número de Look. En la elección preferente del blanco y negro el futuro cineasta perseguía capturar el realismo que emana de numerosos espacios de la ciudad de Nueva York, ya sea en interiores con la plasmación de edificios públicos o en exteriores, donde quedarían inmortalizados toda clase de transeúntes, con mención especial para Mickey, un trasunto del Pasquale Maggi de El limpiabotas (1946), una cinta paradigmática del neorrealismo italiano. El país transalpino asimismo cobra protagonismo —de manera indirecta— en el volumen que nos ocupa a través de la figura del púgil Rock Graziano (1919-1990), del que Kubrick capta en una serie de instantáneas, al parecer en un clima de concordia que propició incluso que apareciera desnudo pero acomodando un dispositivo lumínico que cubriera sus genitales. Semejantes fotografías encuentran su complemento en otra tanda de imágenes sobre otro boxeador de la época, Walter Cartier (1922-1995), quien junto a su hermano gemelo Vincent intervinieron en el corto documental firmado por Kubrick, Day of Fight (1951). De ahí, pues, radica el interés por esa sesión de fotos, la más extensa de cuantas realizó para Look, con un total de unas mil doscientas imágenes, de la que se reproducen una veintena en Through a Differente Lens… De algún modo, puede entenderse semejante labor un ejercicio preparatorio de cara a un documental dispuesto a reclamar el interés de los que, al cabo, serían sus colegas de profesión. Entre éstos podríamos encontrar a Jules Dassin, al que Kubrick retrató a propósito del rodaje en Nueva York de los exteriores de La ciudad desnuda (1948), un noir de estilizada fotografía cortesía de William H. Daniels que ganaría a la influencia de producciones como El beso del asesino (1955) y Atraco perfecto (1956). Esas instantáneas en que aparecen Dassin y Daniels no llegaron a publicarse, al igual que lo ocurrido con las más de setecientas imágenes captadas por la cámara del neoyorquino con el leit motiv de la showgirl Rosemary Williams. La imagen de Williams maquillándose y observada al fondo del plano por Kubrick fue la escogida para ilustrar la portada de un volumen de grandes dimensiones (27 cm x 34 cm), pero aún así inferior al tamaño de Look (28 cm x 36 cm). Eso sí, la calidad de papel de Through a Different Lens (con un gramaje muy superior al de la revista de marras) permite una excelente reproducción de este millar de imágenes en que podemos recrearnos con algunas instantáneas de celebreties o en curso de serlo —en singular, Leonard Bernstein, el presidente de los Estados Unidos Dwigh D. Eisenhower, Betsy Von Furstenberg (de linaje aristocrático), el citado Rocky Graziano o Montgomery Clift (en el hogar de Kevin McCarthy, su esposa Augusta y su hijo de corta edad Flip) en el artículo titulado “Glannon Boy in Baggy Pants” (julio de 1949)—, pero predominan esos rostros anónimos que pasean por las calles, actúan en espectáculos circenses, visitan night-clubs o asisten a funciones teatrales, entre otros quehaceres extraídos de la cotidianeidad. Sin duda, la mirada fotográfica de aquellos años condicionó sobremanera el desarrollo (semi)profesional de Kubrick a lo largo de la siguiente década, quedando patente en primera instancia por su elección del blanco y negro, el color que mejor se ajustaría para edificiar visualmente tramas noir (Killer’s Kiss, Atraco perfecto), dramas (Fear and Desire, Senderos de gloria, Lolita) e incluso sátiras de contenido político (¿Teléfono Rojo?, volamos hacia Moscú).• 
Editorial: Anagrama.
Colección: Nuevos Cuadernos nº 18.
Autor: Vicente Molina Foix. 
Fecha de publicación: marzo de 2019.
132 pp. 11,0 x 18,0 cm. Tapa blanda. Incluye
Incluye entrevista con Stanley Kubrick.

Veinte años después de su fallecimiento la sola mención del nombre de Stanley Kubrick sigue mereciendo atención por parte de editoriales ociosas que la llama de su descomunal prestigio ganado a pulso entre buena parte de la cinefilia se mantenga encendida. Cubierto, en buena medida, el área consagrada al estudio pormenorizado de su obra, aún parecen quedar flancos por cubrir que atañen a su metología de trabajo y, en particular, a la larga relación de técnicos y escritores que colaboraron con el cineasta neoyorquino, por lo general, de manera puntual, algunos de cuyos «testimonios» han dado lugar a una serie de escritos de verdadero interés. Sería el caso de los guionistas y escritores Michael Herr y Frederic Raphael, quienes vieron publicados en las postrimerías del siglo XX Kubrick (Chronicles) (1999) —publicado en castellano en 2001 por el sello Anagrama— y Eyes Wide Open: A Memoir of Stanley Kubrick (Ballantine Books, 1999), respectivamente, coincidiendo con el reciente deceso del responsable tras las cámaras de Atraco perfecto (1956). Al igual de Herr y Raphael, Vicente Molina Foix (1946, Elche) tuvo el privilegio de conocer en persona a Stanley Kubrick por motivos de trabajo. El quehacer profesional de éste El escritor, critico cinematografico y ensayista ilicitano Vicente Molina Foix.último, empero, no guarda relación con la tarea encomendada a Herr y a Raphael (coguionistas de La chaqueta metálica y Eyes Wide Shut, respectivamente); se le convocó a la residencia de Childwick Bury —próximo a St. Albans, a varias decenas de quilómetros de la megápolis londinense— para que adaptara el libreto en inglés de A Clockwork Orange a la lengua española con motivo de su estreno en versión doblada —por primera vez en nuestro país— previsto para marzo de 1980. El encargo lo recibió a través de una llamada telefónica de Carlos Saura dada la condición de profesor de Lengua Española de Vicente Molina Foix en Oxford. Ese mismo año, Carlos Saura y Molina Foix se vieron involucrados en el doblaje de El resplandor (1980).
    Evidentemente, el encargo de A Clockwork Orange representó una auténtica prueba de fuego para el escritor, ensayista y crítico cinematográfico ilicitano, ya que se trataba de dar carta de naturaleza a un guión que se sustenta en la práctica totalidad de sus diálogos en el lenguaje inventado por Anthony Burgess (el «nadstad»). En la presente obra Vicente Molina Foix detalla aspectos de este complejo proceso que requirió de su erudición, su dominio del inglés (no en vano pasó gran parte de la década de los setenta residiendo en las Islas Británicas) y unos destellos de inspiración para salir airoso del envite. La siguiente propuesta, si bien de menos calado intelectual, le llevó a su «momento de gloria» cuando accedió a la proyección de The Shining en la residencia de los Kubrick, dos días después de que se estrenara en dos grandes ciudades de los Estados Unidos el film con un montaje de ciento cuarenta y seis minutos. La opinión favorable que le mereció El resplandor, además de alguna que otra observación pertinente que remite a sus desvíos en relación a la novela de partida urdida por Stephen King (que le llevó a visitar una librería londinense para hacerse con una antología de cuentos de otro Stephen, de apellido Crane: The Blue Room) sirvió de puerta de entrada para que Kubrick le concediera una entrevista que acompaña, a modo de coda, este librito integrado dentro de la colección «Nuevos cuadernos» de Editorial Anagrama. En buena lógica, el mayor número de preguntas realizadas por el polifacético Molina Foix hacen referencia a la adaptación sui generis de la novela homónima de Stephen King, cuyo cuestionado doblaje sigue persiguiendo a Carlos Saura cuando, en realidad, la responsabilidad de las elecciones de las voces de Verónica Forqué (Shelley Duvall) y Joaquín Hinojosa (Jack Nicholson) recayó exclusivamente en el propio Kubrick. En cierta manera, ese carácter obsesivo del que hizo acopio Stanley Kubrick, al punto que trataba de ejercer un control absoluto sobre asuntos que la inmensa mayoría de colegas de profesión descuidan o simplemente delegan, recibe el aplauso de Molina Foix. No en vano, para el autor de Kubrick en casa el cineasta afincado en Inglaterra desde principios de los años sesenta (aunque nunca renunció a la nacionalidad estadounidense; irónicamente consideraba Londres «el barrio Este de Nueva York»), tamaña actitud eleva un grado más su grandeza, la inherente a un cineasta que convirtió cada una de sus películas filmadas  posiblemente a partir de ¿Teléfono Rojo?, volamos hacia Moscú (1964) en auténticos acontecimientos cara a la cinefilia, tratando de llegar, eso sí, a un público mayoritario pero sin renunciar a unos estándares de calidad y con una carga de profundidad en los temas tratados. Así pues, Molina Foix levanta acta de ese conocimiento de primera mano sobre los cinco últimos trabajos cinematográficos de Kubrick, con un regusto amargo por lo que concierne a Eyes Wide Shut (1999) dado que quedó en el aire una traducción plausible del original y algunos desajustes que, a buen seguro, hubiesen merecido la revisión del cineasta norteamericano. En el ínterin de satisfacer las exigencias de Kubrick con una respuesta lo más certera posible, Molina Foix relata el momento en que conoció la noticia del fallecimiento, a los setenta años, de quien no duda en calificar en repetidas ocasiones de «gran cineasta». Una de estas colaboraciones que quedan grabadas para siempre, de cuya experiencia Molina Foix comparte con el lector, ávido de satisfacer la curiosidad sobre alguien tildado por sus detractores de misántropo, recluído en su propio mundo, envuelto de sus familiares y amigos más allegados (su esposa Christiane, su cuñado Jan Harlan, sus hijas, Leon Vitali, su chófer y pocas personas más). Una imagen que el escritor levantino trata de rebatir, poniendo el valor (a través de una prosa que «imboca» en algunos de sus tramos al espíritu burlón de Vladimir Nabokov, el autor de Lolita), su devoción por su trabajo que contribuyó a ennoblecer sobremanera el denominado Séptimo Arte.•